El primero de junio de 1926 nació en Los Ángeles Norma Jean Mortenson, hija de madre soltera con problemas de salud mental, criada en hogares de acogida y orfanatos, víctima de abusos desde la infancia. Nadie habría apostado entonces que esa chica se convertiría en la imagen más reproducida del siglo XX. Hoy, al cumplirse cien años de su nacimiento, el mundo recuerda a Marilyn Monroe con una pregunta que se vuelve cada vez más urgente: ¿qué vimos realmente en ella?
La respuesta que impuso Hollywood fue simple y rentable: un símbolo sexual. Una rubia de labios entreabiertos, inocente y provocadora al mismo tiempo, moldeada por los estudios para cautivar a productores, directores y espectadores. Esa construcción tuvo un costo altísimo. Monroe falleció a los 36 años el 5 de agosto de 1962. Desde hacía años consumía grandes cantidades de alcohol y drogas que la habían puesto al borde de la muerte en varias ocasiones, y arrastraba las consecuencias de una infancia traumática a las que se había sumado la enorme presión de ser una estrella. Un estudio publicado en 2023 en la revista Clinical Neuropsychiatry señaló que padecía un cuadro maníaco-depresivo, con ansiedad, insomnio y conductas autolesivas.
Su carrera fue, sin embargo, formidable. Tras algunos papeles secundarios, la consagración en el cine le llegó en 1953 con “Niágara”, una película de bajo presupuesto que recaudó casi seis veces lo que costó, y dos años después con “La tentación vive arriba” de Billy Wilder, con quien también rodaría “Una Eva y dos Adanes” en 1959. Entre medio, matrimonios con el beisbolista Joe DiMaggio y el dramaturgo Arthur Miller, quien la describió en grabaciones que salieron a la luz años después como una mujer inteligente, de gran sentido del humor y notable generosidad, aunque dominada por la paranoia.
Rodó la célebre “Una Eva y dos Adanes” junto a Tony Curtis y Jack Lemmon, y en 1962 cantó el feliz cumpleaños más famoso de la historia frente al presidente Kennedy. Menos de tres meses después, era hallada sin vida.
Su imagen, en cambio, no murió. Andy Warhol la convirtió en símbolo del arte pop el mismo año de su muerte, en 1962, a partir de una fotografía promocional de “Niagara”. Las repeticiones de su rostro en colores brillantes se convirtieron en una de las imágenes más reconocibles del siglo XX. Desde entonces, Monroe no dejó de aparecer en pinturas, novelas, canciones y campañas publicitarias. Madonna la citó en “Material Girl”, Elton John la inmortalizó en “Candle in the Wind”, Joyce Carol Oates la convirtió en personaje de ficción en “Blonde”, que Ana de Armas llevó al cine en 2022.
OTRA MIRADA
Pero el centenario abre una lectura distinta, más justa y más compleja. Una exposición en la Cinemateca francesa en París propone distanciarse de las leyendas que rodean a Monroe para salir de la lectura anecdótica y sensacionalista de su vida. Su curadora, Florence Tissot, lo formula con precisión: los discursos sobre Monroe siempre se centraron en su vida privada, sus divorcios, sus abortos espontáneos, sus dificultades para sentirse realizada, “y es una forma de denigrarla”.
La muestra revela otra Marilyn: la que peleó contra el sistema. En los años cincuenta, renunció a participar en la adaptación del musical “The Girl in Pink Tights” al considerar que el guión era mediocre y que cobraba tres veces menos que Frank Sinatra, con quien compartía cartel. Prefirió escoger papeles más oscuros aunque fueran fracasos en taquilla. Y más de medio siglo antes del movimiento MeToo, Monroe escribió en 1953 un artículo titulado “Los lobos que he conocido”, donde describía las maniobras de falsos agentes y productores para obtener favores sexuales. Su propio acceso a la fama estuvo teñido de abusos: cuando Hugh Hefner publicó en portada del primer número de Playboy unas fotos antiguas de ella desnuda, lo hizo sin pedirle autorización.
Desde el caso Weinstein, Monroe es considerada cada vez más un icono feminista que denunció los abusos en Hollywood antes que nadie. Cien años después, lo que emerge no es la rubia ingenua que los estudios quisieron vender, sino una mujer que entendió el juego, lo jugó en sus propios términos cuando pudo, y pagó un precio demasiado alto por vivir en un mundo que nunca terminó de verla.
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