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El Indio, un ángel para la soledad que pasó una noche por Comodoro

Los Fundamentalistas decidieron llevar adelante su show tras enterarse de la muerte de Solari: fue una especie de misa final
Un show emotivo en Comodoro para despedir al Indio

Por Redacción

Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado habían aterrizado en Chubut el viernes por la mañana con una fecha pautada desde hacía meses. Lo que no tenían en el itinerario era la noticia que los esperaba al bajar del avión: Carlos Alberto Solari, el Indio, había muerto a los 77 años. El hombre que les dio las canciones, el universo, la tribu. El hombre que los hizo posibles.

Las horas que siguieron fueron de deliberación y dolor. Finalmente, en comunicación con la familia del Indio, Los Fundamentalistas tomaron una valiente decisión: la banda decidió tocar. No porque hubiera una respuesta correcta, sino porque era lo único medianamente reparador. O una especie de último adiós como deben darse los adioses, en carne viva, todos juntos llorando y gritando. O algo de todo eso. Lo cierto es que una peregrinación más de la familia ricotera se transformó así en la última misa. O en la primera misa sin el profeta, sin el Indio.

Afuera del predio ferial, la gente llegó desde temprano desde distintos puntos del país. Doscientas mil personas más se conectarían por YouTube, porque el show —que no estaba planeado para ser transmitido— se volvió algo demasiado grande para contenerlo dentro de un predio: la banda decidió abrir esa despedida a todos los ricoteros. Después del encuentro del sábado en distintos puntos del país para saltar y llorar juntos, el sábado encontró a muchos solos, frente a la pantalla, aplastados por la atroz melancolía del que se da cuenta de lo que ya no es.

Los que estuvieron en Comodoro, y los que estuvieron frente a la pantalla, vieron a las 21.32 cómo la gigantografía del Indio apareció en pantalla: la multitud estalló. No en un grito de festejo ni exactamente en un grito de dolor: en algo que está en el medio y que el rock argentino conoce mejor que nadie. Un minuto después salieron los nueve músicos. Bañados en lágrimas. Abrazados entre sí. Parados frente al público como quien se para frente a un espejo enorme.

Y entonces tocaron.

Canciones sin palabras

Abrieron con “Pedía siempre temas en la radio” y engancharon directo con “Un ángel para su soledad”, sin mediar palabra. No había nada que decir. Todos lo sabíamos. Las presentaciones y los discursos podían esperar, o directamente no llegar: “Todos a los botes”, “Tomasito”, “Divina TV Führer”, “Nike es cultura”, “Por qué será que Dios no me quiere”. El público tampoco necesitó que le explicaran nada. Los cánticos aparecieron solos, precisos, casi como un instrumento más: “El Indio está presente”, “Si tocaras en la luna la luna vamos a copar”, “Soy redondo hasta que me muera”. Sonaban como una liturgia que nadie había ensayado pero todos sabían de memoria.

Con “El infierno está encantador” llegó lo que alguien podría llamar el capítulo pleno: el abrazo que se dieron Débora Dixon y Pablo Sbaraglia mientras armonizaban juntos fue quizás la imagen de la noche, dos personas diciéndose con el cuerpo lo que las palabras no alcanzaban.

El momento más devastador llegó con el cierre del set principal. Cuando se apagaron las luces después del último acorde de “El tesoro de los inocentes”, hubo cinco segundos de silencio. Después apareció la imagen de Solari en las pantallas para interpretar junto a la banda “Un ángel amateur”, el tema de su despedida más perfecta. Carlos Alberto Solari había prometido irse cantando. Y cumplió.

Lo que vino después —“Vencedores Vencidos”, “La hija del fletero”, “Todo un palo” con Luciana Palacios sosteniéndose con la voz firme y los ojos hechos un mar— ya era otra cosa. Era la resurrección dentro del duelo, esa paradoja ricotero que en los recitales siempre funcionó mejor que cualquier explicación.

Pasada la medianoche, Gaspar Benegas tomó la palabra por primera y única vez: “Gracias por contenernos en una noche como esta”. Después anunció “Mariposa Pontiac” y una promesa: festejar al Indio. Y entonces llegó lo inevitable. A las 00.35 del 7 de junio de 2026, el primer “Jijijí” subió al cielo patagónico. El pogo más grande del mundo, como siempre lo fue.

La noche terminó a las 00.44. El silencio que creció después fue ensordecedor. Nunca fueron tantos, tan solos. En el aeropuerto, de regreso, un quebrado Gaspar Benegas mostraba esa soledad insondable: “Quiero agradecerle a toda la gente de Comodoro que vino a apoyar anoche y que nos contuvo en una fecha muy difícil para nosotros. No quiero hablar del Indio, pero lo voy a recordar siempre con mucho cariño”, lanzó.

A ellos, a todos, nos quedan las canciones, como ángeles para nuestra soledad.

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