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Juana Molina nos visita esta noche: desde su planeta, bajará al Teatro Ópera (58 entre 10 y 11) con “Doga”, su último trabajo discográfico y el primer disco en más de un lustro. ¿Por qué? Juana cuenta que sufrió una especie de bloqueo creativo paradójico: grababa y grababa, junto horas y horas de material durante varios años, pero no podía terminar ninguna canción, no podía cerrar un disco, nada la convencía.
“Es la parte más aburrida para hablar”, se ríe Molina, en diálogo con EL DIA, al recordar esos días donde “estuve trabajando mucho, grabando muchísimas cosas, empecé muchísimos discos que descarté antes de terminarlos. Nunca me había pasado de descartar tantas cosas. Empezaba con algo, trabajaba unos meses con eso y me aburría, no me terminaba de cerrar, había algo que no me incitaba a seguir. No hay un motivo muy específico, pero no me interesaron lo suficiente para terminar las canciones. Y las abandoné”.
Esos sonidos, esas grabaciones sin destino, quedaron guardadas: bases, demos, ideas sonoras sin letra, que es lo último que Juana hace en su proceso creativo. Tal vez, dice, algo de todo eso reaparezca en otro momento. Pero en ese momento, nada le convencía, “nunca llegaba el momento para ponerle letra a la música”, cuenta, y “aunque en general la melodía es lo primero que viene, muchas cosas no tenían melodía, y cuando la melodía no viene enseguida en general no viene más”.
Así que Juana tiene ese archivo de los años sin discos, un archivo que, dice, “da para hacer tres discos instrumentales”. Quizás más, agrega: es que el método Molina consiste en grabar mucho, grabar durante largas sesiones ideas que van surgiendo. “Yo voy acumulando cosas, porque cada vez que ensayo, o que vocalizo, no practico con los temas, empiezo a tocar cualquier cosa, y de ahí, muchas veces, salen canciones nuevas, o quedan en ese estado embrionario en el que quedaron muchas de esas canciones en estos años: como la vida misma, algunas tienen más suerte que otras”. Ese método generó un volumen abrumador.
“Estaba algo abrumada con la cantidad de cosas que había, estaba en un bazar de cosas y no sabía qué elegir. Y había cosas muy disímiles y no sabía para dónde rumbear. Grabé cosas muy dispares, en distintas épocas, con instrumentos muy distintos: si yo hubiera hecho un disco cada vez, si alguien me hubiera dicho que o sacaba un disco ahí o no sacaba un disco nunca más, si hubiera editado cuando esos sonidos tuvieron la esperanza de ser disco, antes de sufrir la gran desilusión de terminar en un cajón, ‘Doga’ sería quizás el undécimo disco, no el octavo”, dice.
- ¿Cómo se empezó a resolver?
- Bueno, Mario González, que era mi productor, rescataba cosas que le gustaban de lo que había grabado, y me propuso acercar a alguien que me ayudara a enfocarme un poco. Y así se sumó Emilio Aro, y entre todos fuimos filtrando el material… Y Emilio me tenía medio con el látigo, me hizo trabajar muchísimo, y eso estuvo bien: yo soy un poco vaga. Y suelo pensar que lo primero que se hace es lo más valioso, porque es lo que tiene la impronta de la inspiración. Pero me di cuenta que no siempre es así, que trabajando sobre las mismas ideas aparecen aún más ideas.
“Muchas veces siento que estoy haciendo algo que ya hice. Tengo esa duda casi existencial de preguntarme si está bien hacer más de lo mismo”
- Contabas que de algunos proyectos que empezaste en estos años te aburriste. Cada disco tuyo sorprende con sus búsquedas, sus decisiones: ¿es importante para vos encontrar sonidos que te desafíen, es un motor que esas búsquedas sean nuevas?
- Bueno, muchas veces me pasa que siento que estoy haciendo algo que ya hice. Tengo esa duda casi existencial de preguntarme si está bien hacer más de lo mismo. Que es el caso de muchísimos autores recontra conocidísimos y referentes. Sin compararme con nadie, vos ponés una canción de Lennon y es Lennon, no es que varió enormemente desde que empezó con Los Beatles: tiene una secuencia de acordes que repite, una manera de armar las canciones, y tiene temas que se van a los márgenes pero tiene algo que hace que lo reconozcas siempre. Hay una manera de hacer las canciones que, por más que te muevas por todas partes, esa manera permanece. Y yo siempre trato de empezar un disco con algo que siento que no hice antes, pero como todos los caminos llevan a Roma, empiezo con algo que no tiene nada que ver con lo que hice, pero cuando el tema se fragua, va tendiendo al centro, que sería yo. Tiene algo que decís: “Esto es Juana”.
- Decías esto de que todos los caminos conducen a Roma. Alguna vez leí en una entrevista que tus letras no quieren decir nada: ¿uno de tus Romas, uno de tus centros, es trabajar con lo que no se puede decir?
- Lo que me pasa con las letras de las canciones es que siento que las letras anclan la canción, la canción deja de ser abstracta. Y a mi lo que me gusta del lenguaje musical es la abstracción. Yo crecí, como mucha gente, escuchando música en un idioma que no hablaba, y oía las canciones como una cosa, como un cuadro: las melodías, los sonidos, pero sin mensaje, no me llegaba esa idea. Y cuando empecé a entender el inglés, me desilusionaron mucho algunas letras… “No te puedo creer que estaba diciendo esa boludez”... Y las canciones que escuchaba en castellano, yo crecí escuchando también Eduardo Mateo, es al día de hoy que no sé las letras enteras. Me atrapa tanto la música que no le presto la debida atención a las letras.
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