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“Letras robadas”: sinfonía agridulce

John Carney, el director de “Sing Street”, vuelve con otra comedia musical: en la pantalla enfrenta, por los derechos de autor de una serie de canciones, al querible Paul Rudd con Nick Jonas, uno de los Jonas Brothers
Paul Rudd y Nick Jonas, dos a odiarse

Por Redacción

Los personajes de John Carney, el cineasta que hace películas sobre músicos y música, suelen sentirse fracasados. Varios de ellos no lograron el éxito, o lo lograron y nadie se enteró. También es así Rick Power, el personaje que Paul Rudd interpreta en “Letras robadas”, uno de los estrenos que llega mañana a los cines de La Plata.

Power es un cantante de Kansas City instalado en Dublín, casado, con una hija, que toca en una banda de covers para casamientos llamada The Bride and Groove. Pasó su mejor momento, varado en el loop de “I Will Always Love You” y “September” para audiencias que no lo escuchan realmente, Rick se cruza en un castillo con Danny Wilson (Nick Jonas), ex integrante de una boy band en caída libre. La química es inmediata: comparten una sesión musical improvisada de madrugada, la clase de noche que parece decirte que todavía sos quien creías ser. Pero cuando Danny recupera su carrera usando una de las canciones de Rick —sin crédito, sin reconocimiento— la cosa se complica de una manera que la película no resuelve con simpleza.

La película ya es parte de lo que en las redes llaman el “Carney-verse”, una especie de chiste sobre los universos cinematográficos en boga hoy: y todos los personajes del universo Carney, en efecto, podrían compartir un mundo. Un mundo sumamente musical, reflejo de la obsesión de su director.

Es que antes de hacer películas, John Carney tocaba el bajo en The Frames junto a Glen Hansard, viajaba, grababa y eventualmente se paró ante una bifurcación: eligió el cine, y en esa elección encontró su tema. No la música como asunto, sino la música como modo de entender lo que la gente carga cuando el mundo deja de prestarle atención.

“Once” (2006), “Begin Again” (2013), “Sing Street” (2016), “Flora and Son” (2023). Cada una de sus películas es reconociblemente suya no porque se vean igual, sino porque se sienten igual: gente ordinaria para quienes la música no es una preferencia estética sino algo más parecido a un mecanismo de supervivencia. Canciones que funcionan como confesiones. Y siempre, el remate emocional llega a través de la música y no del diálogo.

Con “Letras robadas” el dispositivo se vuelve también argumento. Carney coescribió el guion junto a Peter McDonald (que hace de baterista de la banda de Rudd), y ambos comparten una misma biografía musical interrumpida. Como él mismo explicó: “Él es músico, yo soy músico. La música es algo que abandonamos para hacer otra cosa, pero todavía la llevamos con nosotros. Eso es probablemente la manera más honesta de decirlo”. Esa experiencia compartida —el “casi”— impregna cada escena con una textura que no se puede fabricar.

A CADA VACA SU TERNERO

En el guion de “Letras robadas”, estos dos se hacen una pregunta: ¿de quién es una canción? La pregunta sobre la autoría que articula la trama no es nueva, pero Carney la aborda desde un ángulo inusual. En una entrevista con Script Magazine, reflexionó: “Los orígenes del copyright están conectados con los monjes que hacían esas hermosas copias iluminadas de la Biblia. Alguien las copiaba y decía: bueno, solo estoy escribiendo lo que estaba en la Biblia. Pero eventualmente alguien dijo: no, estás copiando mi trabajo. Había un dicho: a cada vaca su ternero, y a cada libro su copia.”

Pero la pregunta, dice Carney, no es técnica sino humana: “Una canción sí se siente más personal. La estás cantando. Es más de tu corazón”. Y en ese punto la película toca algo que va más allá de la industria musical. Rick no demanda simplemente regalías. Quiere que alguien reconozca que eso que salió de su interior existió, que fue real, que fue suyo.

La imagen más perturbadora de la película lo condensa sin palabras: en una fantasía, Rick comparte escenario con Danny en un estadio repleto, pero cuando abre la boca para cantar, no sale nada. Como explicó Carney: “Lo peor que puede pasar es que nada salga en absoluto. Que haya quedado sin voz. Que no se le escuche es tan grave como decir algo equivocado y que te escuchen. La gente desea desesperadamente ser escuchada.”

EL ETERNO SIMPÁTICO

El casting de Rudd en el rol del pobre Powee no es azaroso. Carney eligió caras antes que actores en el sentido convencional. “¿Puede la cara de Paul registrar ese tipo particular de ambivalencia? Ese dolor de que tu familia no vea del todo lo que está pasando, de que la gente no sepa que él escribió esa canción”, explicó. La simpatía irradiante de Rudd —esa cualidad que lo ha convertido en el más querible de los hombres comunes de Hollywood— funciona aquí como trampa: lo hace a uno más vulnerable frente a su humillación.

Del otro lado de Rudd está nada menos que Nick Jonas, el pop star que hace de pop star en declive. Carney describió el contrapunto: “Nick tiene esta extraordinaria cara de póquer. Todavía me encuentro con Nick hoy y genuinamente no puedo decir qué está pensando. No sé si siquiera le caigo bien. Mientras que Paul es un libro abierto”.

Esa tensión pone en juego “Letras robadas”, que llegó a la pantalla después de un proceso largo. Carney es directo al respecto: el dinero no cae solo por más que el nombre de “Sing Street” aparezca en el currículum. “Esto tomó mucho tiempo en conseguir financiamiento. Teníamos todos los ingredientes que todavía tiene la película. Solo que todavía no teníamos los actores”, relató.

En ese sentido, su diagnóstico sobre el estado del cine musical —o del cine adulto en general— no es optimista, pero tampoco es resignado. “Parte de ello es el post-Covid. La gente ahora es reacia a ir a cosas en las que no está ya bastante segura de que va a disfrutar”, afirma. Y en ese contexto, una película que no promete explosiones ni muertes masivas —solo una canción al final y cierta esperanza— sigue siendo un acto de confianza hacia el espectador.

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