La caída de la natalidad dejó de ser en las últimas décadas un fenómeno asociado exclusivamente a países desarrollados para transformarse en una desconcertante tendencia global. Más de dos tercios de los 195 países del mundo registran actualmente menos de 2,1 hijos por mujer, el nivel considerado necesario para mantener estable su población.
Lo que más llama la atención de los demógrafos es que el fenómeno atraviesa contextos muy diferentes. Ya no se limita a economías avanzadas ni a sociedades occidentales. Países de ingresos medios y bajos comenzaron a recorrer el mismo camino, como es el caso de Brasil, Túnez e Irán. En Argentina la tasa de fecundidad descendió a 1,23 hijos por mujer, un valor muy inferior al nivel de reemplazo poblacional; y México alcanzó en 2023 una tasa inferior a la de Estados Unidos, algo impensado décadas atrás.
La explicación clásica vinculada con problemas económicos o con cambios culturales tampoco alcanza para explicar la magnitud del proceso. La mayoría de las encuestas realizadas entre jóvenes sigue mostrando que hombres y mujeres desean tener alrededor de dos hijos. El problema parece ubicarse en otro lugar: cada vez menos personas llegan a formar una pareja estable y a tener el primero.
Los investigadores hablan de una “brecha de fertilidad”, es decir, la distancia entre el proyecto familiar que las personas imaginan y aquello que finalmente ocurre. Además, la caída no afecta a todos de la misma manera. El descenso es mucho más marcado entre grupos con menores ingresos y niveles educativos, mientras que entre universitarios la formación de familias permanece estable o incluso aumenta.
Frente a este escenario la falta de acceso a la vivienda propia aparece como una de las causas señaladas. Investigaciones realizadas en Estados Unidos y Reino Unido estiman que cerca de la mitad de la baja registrada desde los años noventa puede explicarse por el aumento de jóvenes que continúan viviendo con sus padres y postergan proyectos a largo plazo.
Sin embargo, ese argumento tampoco termina de explicar lo ocurrido en la última década. Países nórdicos con estabilidad económica, amplios beneficios sociales y altos niveles de independencia juvenil también experimentaron un derrumbe de la natalidad.
Es en este punto donde comenzó a ganar fuerza otra hipótesis: el papel de los teléfonos inteligentes y las redes sociales.
UN PATRÓN RECURRENTE
Para analizar esa sospecha, investigadores de la Universidad de Cincinnati cruzaron los datos de nacimientos con la llegada de redes 4G en distintas regiones de Estados Unidos y Reino Unido. Y lo que hallaron los sorprendió por incuestionable vinculación. Su estudio confirmó que la natalidad comenzó a caer antes y más rápido en las zonas donde primero se expandió el servicio de internet móvil de alta velocidad.
El mismo patrón se repitió luego en numerosos países. El punto de quiebre apareció en Estados Unidos, Reino Unido y Australia hacia 2007; en Francia y Polonia desde 2009; y en México, Marruecos e Indonesia alrededor de 2012. En todos los casos, el descenso coincidió con la masificación de los smartphones.
Como aclaran los responsables del estudio, no es el celular en sí mismo lo que genera menos nacimientos, sino el modo en que su uso modifica hábitos y formas de interacción. Las investigaciones detectaron que los jóvenes pasan menos tiempo socializando cara a cara, salen menos, retrasan relaciones estables y encuentran más dificultades para sostener vínculos duraderos.
Los cambios también parecen impactar sobre las expectativas afectivas. Las redes sociales y las plataformas digitales modificaron la manera de relacionarse, ampliaron las comparaciones permanentes y trasladaron parte de la vida social a las pantallas.
En cualquier caso, la preocupación que suscitan este hallazgo ya excede el plano demográfico. Más allá de que el envejecimiento poblacional pone presión sobre sistemas previsionales, mercados laborales y modelos de crecimiento económico, para muchos investigadores la caída de la natalidad muestra algo más profundo: una transformación acelerada de la vida cotidiana, donde una generación cada vez más conectada parece atravesar, al mismo tiempo, mayores niveles de aislamiento social.
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