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La aparición de una cruz gamada enterrada en el Parque Saavedra produjo lógico revuelo entre el grupo de buscadores que hace años sueña con encontrar algo raro y subrepticio que le agregue sorpresa o incertidumbre al paisaje urbano. Pero no es fácil. La Plata tiene todo a la vista. Dardo Rocha y su muchachada fundadora tendrían que haber enterrado por ahí alguna incógnita para añadirle misterio a una ciudad súper diagramada que deja poco margen a lo inesperado.
Cada vez que los exploradores de curiosidades creen haber encontrado algo fuera de inventario, al final terminan con las manos vacías. Tras la sorpresa inicial, siempre aparece una explicación fechada y probada que le quita secretismo al hallazgo. A veces los misterios son encontrados hasta con facturas y comprobantes. Aquí no hay nada para espiar ni para asombrarse ni para inspirar a los arqueólogos. Todas las ventanas abiertas muestran que no hay arcanos secretos, a lo sumo algunos olvidos o curiosidades que no tienen categoría de reliquias históricas. Evidentemente, aquellos planificadores disciplinados y estrictos jamás pensaron reservarle un lugar a lo extraordinario. Todo sigue en su sitio sin ningún hallazgo que perturbe el riguroso trazado inicial.
“Un hallazgo fortuito en la zona de Parque Saavedra trajo al presente un pasado que oscila entre el espionaje y la prehistoria comercial de la Región”. Así presentó el diario esta semana la noticia. Todo comenzó cuando el luthier Mauricio Mentasti, aficionado a la búsqueda con detector de metales, recorría junto a su hijo la vereda de 63 entre 11 y 12. Un sonido metálico dio paso al descubrimiento de una pieza antigua: un lacre de plomo que, al limpiarse de la herrumbre, reveló la imagen de una cruz esvástica en una cara y la inscripción “La Plata” en la otra. El descubrimiento despertó interrogantes sobre su origen. La imaginación, la memoria y el anhelo de hallar una pieza desconocida, entraron a maquinar explicaciones y valor agregado. Se volvió a evocar las crónicas sobre “la fuerte presencia nazi en la zona durante la Segunda Guerra Mundial, porque –decía la noticia- La Plata albergó el centro de espionaje germano más importante después de Buenos Aires, con células operando frente al teatro La Nonna (47 y 3), allí donde Leo Ringer, en cada julio, desentierra a Cenicienta, Caperucita y la banda juguetona de siempre.
Este hallazgo le reforzó la esperanza a los alicaídos rastreadores de secretos. Pero otra vez nos quedamos con las ganas de poder descubrir algún asombro extraviado. Al final se supo que la pieza pertenecería a la firma Anglo Mexican Petroleum Products Co. (representante de Shell), empresa que a principios del siglo XX estaba instalada en la esquina de diagonal 80 y 48. Es una cruz gamada, invertida, distinta a la que usó el nazismo, pero que la empresa decidió sacarla para evitar algún dañino parentesco.
No tenemos ni un sótano chismoso con veleidades de reliquia oculta
Estamos acostumbrados a que por aquí los misterios se asoman pero nunca llegan. Hace unos años, el túnel de Plaza Malvinas ilusionó a los detectives de cosas olvidadas, pero al final se supo que era un conocido corredor, estrecho y hundido, con más humedad que intriga. Después, alguien salió a buscar por la calle 122 los restos de una antigua posada que desafiaba indiadas y salteadores. Hoy allí solo quedan los salteadores. Hace poco, los tuneleros le quisieron conceder estatura de pasillo sigiloso a un boquete cercano al arzobispado, imaginando poder dar con algún remanente de pecados fundadores. Hace menos, descubrieron unas arcadas ocultas en el Parque Saavedra, pero al final se trataba de una obra de albañilería que había sido ejecutada para atajar inundaciones. No tenemos ni un sótano chismoso con veleidades de reliquia oculta. En estos pagos, todo, lo bueno y lo malo, es a ras del suelo.
Como dijimos más de una vez, La Plata tiene un solo enigma: ese busto, que apareció arrumbado en el subsuelo del Palacio Municipal, que nadie sabe quién es, quién lo encargó y quién lo hizo. Un prócer de entrecasa que en ese lugar, donde siempre hay faltantes, sobra. Por favor, que se mantenga anónimo y olvidado, que no sepamos nunca quién es y cómo llegó allí. Es la única incógnita que ha sobrevivido, el único misterio que no nos abandona.
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