La casa donde vivo tiene casi 70 años y está a un paso de Plaza Rocha. La construyeron mis abuelos, le heredó mi papá y luego yo. Desde siempre tuvo un canasto en la vereda para poner la bolsa de la basura, lo suficientemente elevado para que los perros no llegasen a romper la bolsa y el recolector la pudiese acarrear sin mayores dificultades.
El canasto siempre cumplió con su función. Incluso, cuando no existían los amplios y modernos contenedores dispuestos por la Municipalidad para agilizar la recolección. De hecho, la cuadra pasó a tener un contenedor que convivió por varios meses con el canasto de mi abuela. Y aunque yo dejé de usarlo, para colocar la basura en el contenedor, muchos transeúntes que a diario pasan por la cuadra de mi casa, se “enamoraron” del canasto y todos los días lo iban llenando con su mugre. Botellas, yerba, papelitos, envases de todo tipo, pañales usados, cáscaras de mandarina, caca de sus perros, cajas, y un largo etc. Lo tapaban de basura y yo lo limpiaba. Lo tapaban de basura y yo lo limpiaba. Así, casi todos los días, pese a que a unos pocos metros había un gran contenedor. Un día dije basta. Llamé a un herrero y le dije: “Por favor, sacá el canasto, porque estoy harto de lidiar con los mugrientos”. Chau canasto de la abuela.
SUSCRIBITE a esta promo especial