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Cuando el anhelo de ser papás le gana a los prejuicios

En el Día del Padre, dos parejas platenses del mismo sexo cuentan cómo la adopción les permitió cumplir el sueño en familia

Javier García de Souza y Javier Pérez en un festejo familiar / el dia
Mariano D’Angelo y Emanuel Guerreo junto a Eme / kaloian santos

Quince años atrás, cuando comenzaron su relación, Javier García de Souza y Javier Mariano Pérez no imaginaban que algún día celebrarían el Día del Padre junto a una hija. Hoy, B. es el centro de sus vidas y la protagonista de una historia que comenzó con el deseo compartido de formar una familia.

García de Souza, de 43 años, es biólogo, investigador del Conicet, docente de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo, además de actor y bailarín de danza contemporánea. Pérez, de 44, es psicólogo y músico pianista. Con el paso de los años, el deseo de ser padres comenzó a colarse en conversaciones cada vez más frecuentes hasta transformarse en un proyecto concreto.

En una pareja de dos hombres, las conversaciones sobre la llegada de un hijo suelen sumar interrogantes que otras familias tal vez no enfrentan: qué camino elegir, cómo transitarlo y de qué manera concretar ese proyecto. Sin embargo, para ellos esa nunca fue una discusión. Desde el principio tuvieron claro que la adopción era su camino.

“No solo para cumplir nuestro deseo de ser padres, sino también para brindarle un hogar y una familia a una niña o niño que lo necesitara. Nunca dudamos ni tampoco nos parecía importante lo biológico”, señaló García de Souza.

Algunos familiares se sorprendieron al enterarse de sus planes. Porque, a pesar de los cambios sociales de los últimos años, los prejuicios todavía persisten. “Quizás habían pensado que por ser dos varones no íbamos a tener hijos, algo cultural, instalado socialmente. Pero todo fue alegría y emoción”, analizó el investigador.

Así emprendieron el proceso de adopción. Aunque atravesó momentos difíciles, resultó más corto y llevadero de lo que habían imaginado. Hasta que llegó el llamado que cambiaría sus vidas para siempre.

“Fue increíble. Sin ánimos de romantizar en exceso, fue una conexión instantánea. Una pequeña de un año y medio, con mirada profunda, la cabecita llena de rulitos, mucho amor y mucho cariño. Salimos de la Comunidad Malú, donde estaba con una familia de abrigo, y nos pusimos a llorar porque no lo podíamos creer”, recordó aquella jornada.

A partir de entonces todo cambió. “La vida se nos puso patas para arriba, con todo lo que eso significa. Es hermoso compartir, acompañar su crecimiento y tratar de transmitir valores, pero también es bastante caótico. De repente hay una agenda más que atender, y es la más importante”, analizó sobre la nueva de padres que comparten con Pérez.

Todo cobró otro significado cuando escucharon por primera vez la palabra “papá”, que en realidad sonó más a un “tatá”. Era una niña dando sus primeros pasos en el lenguaje, pero también acercándose por primera vez a una figura paterna que acompañaría su vida.

Con ese primer “papá” llegaron también todas las demás primeras veces: verla aprender a nadar, compartir viajes, escucharla cantar o verla bailar en una casa donde el arte forma parte de la vida cotidiana.

“Aprendimos a tener paciencia. A entender que hay cosas que no son tan graves. A que no se puede estar educando las 24 horas, al menos no de manera explícita. Y a la importancia de negociar”, reflexionó García de Souza. Y para quienes tienen dudas sobre la adopción dejan un mensaje claro: “Una vez que sos padre, la cuestión de cómo llegó tu hijo deja de ser central. La adopción es un momento. Ser familia es toda la vida”.

Mariano, Emanuel y Eme

A sus dos años Eme vivía en un hogar de niñas. Fue allí donde entre juegos su psicólogo le dijo “ahí vinieron unos amigos que quieren conocerte”, la niña que estaba acompañada por personal del juzgado se dio vuelta y para Mariano D’Angelo y Emanuel Guerreo en ese momento el tiempo se detuvo. “Charlamos y dibujamos mucho durante ese encuentro, al día de hoy conservamos cual tesoro esos primeros dibujos que nos hizo. Cuando tuvo que irse al Jardín le preguntaron si quería volver a vernos y respondió que sí, con una sonrisa enorme. Cuando llegamos al auto nos quedamos en silencio y lloramos. Sentíamos que algo muy importante estaba comenzando”, recordó Mariano D’Angelo.

Mariano y Emanuel son diseñadores y docentes de la UNLP, se conocieron hace 21 años en la Facultad de Artes, comenzaron a salir y al año empezaron a convivir. “Siempre trabajamos con el objetivo de formar una familia, pero en ese momento todo era muy utópico, casi un sueño ya que no teníamos los derechos que con el tiempo conquistó el colectivo LGBTIQ+. En 2016 pudimos tener nuestra casita, en 2020 nos anotamos en el Listado único de adoptantes (DNRUA) y en 2021 nos casamos para garantizar nuestros derechos y los derechos de los hijos que llegarán”, detalló uno de los diseñadores.

“Siempre soñamos ser papás por adopción. Pero en un momento bisagra, una amiga del alma nos ofreció su vientre para hacerlo por subrogación. Cuando finalmente nos decidimos por este segundo camino y consultamos con especialistas en leyes y reproducción llegó la pandemia. Ese sueño se esfumó y volvimos a la idea original”, contaron.

El camino no fue sencillo. “Pasamos cinco años de entrevistas, llamados, espera, hostilidad, falta de respeto y de respuestas, donde solo recibimos desprecio, mentiras y maltrato. Hasta que un día nos llamaron de un Juzgado de otra localidad y de entrada fue distinto. Quisieron conocernos, escucharnos y se comprometieron a acompañarnos en todo el proceso con mucho respeto y profesionalismo”, reconoció.

Todos esos malos momentos fueron opacados por la sonrisa de Eme. Tras ese primer encuentro repitieron las visitas durante dos meses hasta que finalmente se fue a vivir con ellos con una guarda preadoptiva. “A partir de ahí empezamos a construir nuestra familia de tres, en medio de la rutina, las obligaciones, el trabajo y el jardín fuimos encontrando espacio para seguir conociéndonos y construyendo el vínculo”, contó uno de los papás. La pareja se define como “familia por adopción” porque “ella nos adoptó a cada uno como papis y nosotros a ella como hija”.

Hoy Eme tiene cinco años y transformó por completo sus vidas. “El primer año dimos clases con ella dormida a upa. Una noche solos con una copa de vino la reemplazamos por una peli y pochoclos, los momentos de lectura por juegos en la plaza. Los intereses, responsabilidades, el eje y perspectiva de la vida nos cambió”, contó D’Angelo.

Y aunque la vida ya no es la misma, no lo cambiarían por nada. “Cada vez que nos dice ‘papi’ es como una inyección de felicidad que nos recorre el cuerpo y somos capaces de realizar hazañas dignas de un superhéroe por ella, o por lo menos así lo sentimos”.

Las rutinas cambiaron, las prioridades también, pero para ellos la mayor recompensa está en los pequeños momentos compartidos. “Caminar por la calle los tres de la mano nos hace brillar. Nos hace sentir que podemos contra lo más oscuro del mundo”, concluyó.

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