Hay duelos que llegan con nombres claros: una muerte, una separación, una pérdida concreta. Otros, en cambio, se instalan de manera silenciosa, casi imperceptible, hasta que dejan un vacío imposible de ignorar. Adriana, psicoanalista de 49 años, conoce bien ambos territorios.
Primero atravesó la muerte de sus padres. Después, una ruptura de pareja abrupta que, según cuenta, “irrumpió con efectos de verdad” y quebró algo de su propia trama subjetiva. “No fue solo la pérdida de un amor -dice-, sino la caída de un proyecto idealizado: una casa, una vida compartida, una idea de futuro”.
El duelo le llevó tiempo. Habla de una tristeza desconocida hasta entonces, de sentirse por primera vez deprimida, aunque también de una red afectiva que sostuvo, conformada por amigos, familia y psicoanálisis. “Pude poner a trabajar esa pérdida”, explica, retomando un concepto central de la teoría freudiana. Elaborar el duelo no significa olvidar, sino encontrar una forma de seguir.
Por eso, cuando piensa en las amistades que se rompen o se diluyen, reconoce mecanismos similares. “La amistad es también un lazo de amor, aunque desexualizado. Su pérdida implica poner en marcha un trabajo de duelo”, reflexiona.
En esos vínculos, asegura, pesa especialmente la identificación entre pares y cierta idealización. El dolor aparece cuando esa imagen cae. “Nos duele la desilusión, la decepción. Esa persona deja de ser excepcional como creíamos”.
A diferencia de las separaciones amorosas, en las amistades muchas veces no hay una escena concreta de cierre. El distanciamiento puede darse sin explicaciones claras. “A veces no se sabe bien por qué dejamos de compartir. Esa pregunta también forma parte del duelo”, completa Adriana, y aunque reconoce que cada pérdida deja marcas, insiste en que el dolor puede transformarse. “Si hay trabajo de duelo, se elabora y se sigue”.
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