Hacía falta. Después de una seguidilla de días grises, con tensa neblina, lluvia y temperaturas invernales, que obliga a mirar a través de la ventana, además de una humedad que parecía haberse instalado en los huesos de todos, la Ciudad amaneció ayer domingo con otro semblante. El termómetro marcó apenas un dígito a las nueve de la mañana, pero el cielo, con pocas nubes y un celeste de a ratos relucientes, más los rayos de sol, traía una promesa. Y los platenses, que no se pierden una, no tardaron en salir a cobrarla.
El otoño en La Plata tiene un magnetismo especial. Cuando el sol finalmente rasga las nubes, la arquitectura de tilos y fresnos se convierte en un espectáculo de hojas doradas, cobrizas y crujientes. Ayer, las plazas no fueron un simple lugar de paso; fueron el escenario de un reencuentro al aire libre y los rituales de siempre entre grandes y chicos.
Para la fresca mañana, al mediodía y la tarde, ya se notaba un importante movimiento en las distintas plazas de la Ciudad, como lo reflejan estas imágenes.El frío obligaba a mantener las camperas infladas y las bufandas bien arriba, pero nadie parecía dispuesto a ceder un centímetro de su porción de sol. Los bancos estaban cotizadísimos pero cualquier lugar sin sombra fue bueno para absorber hasta el último rayo de calor.
“Estuvimos encerrados toda la semana con los chicos por el resfrío y la lluvia. Hoy no nos importó el frío; nos pusimos tres buzos cada uno, cargamos el termo y vinimos a ver el sol”, comentaba entre risas una vecina mientras vigilaba el zigzaguear de una bicicleta con rueditas.
En algún lugar de cualquier plaza, el vapor de los mates funcionaba como una chimenea colectiva. Mientras, el olor a tierra húmeda que todavía quedaba en los canteros, creaaban esa atmósfera tan típica de los domingos platenses.
Los perros, abrigados con capas de polar y un entusiasmo envidiable, se adueñaban del sector de caniles. En las plazas con juegos, el reino lo manejaban los más chicos, con el disfrute de tener un día más de descanso escolar por el feriado de hoy.
A medida que el sol alcanzaba su punto más alto, las veredas de las plazas, en su mayoría reformadas, se llenaba de visitantes. Nadie quería entrar. Comer adentro era casi un pecado en una jornada donde la luz solar cotizaba en bolsa.
La Plata recuperó su ritmo dominical y demostró, una vez más, que su vida late en los espacios públicos. Con algo de sol, alcanza.
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