Mucho antes de que miles de fanáticos platenses peregrinaran hacia el Estadio Único, Atenas o Gimnasia para participar de las "misas ricoteras", otro Carlos Solari ya convocaba misas en La Plata. No llevaba lentes oscuros ni camisas llamativas. Vestía sotana y ocupaba el púlpito mayor de la Catedral. Se llamaba Tomás Juan Carlos Solari y fue el tercer arzobispo de La Plata (entre 1948 y 1954).
La coincidencia del apellido parece un simple dato de color. Sin embargo, al mirar la historia de la Ciudad, el paralelismo resulta inevitable. Porque La Plata tuvo dos Solari capaces de reunir fieles, despertar devociones y transformar corazones con cada encuentro. Altares y escenarios, biblias y discos, fieles y seguidores. Palabra y prosperidad. Cultos.
Tomás Juan Carlos Solari había nacido en Buenos Aires en 1899 y fue ordenado sacerdote en el Vaticano en 1924. Dirigió coros religiosos y tuvo una destacada participación en la vida cultural católica argentina antes de llegar al Arzobispado platense. En septiembre de 1948 fue designado arzobispo de La Plata, en tiempos peronistas, y asumió ese mismo año, permaneciendo en el cargo hasta su fallecimiento en 1954.
Desde la Curia ubicada en 14 y 53, a metros de la Catedral, gobernó la arquidiócesis y encabezó las grandes celebraciones religiosas de una Ciudad que todavía estaba construyendo buena parte de su identidad social y cultural.
Décadas más tarde aparecería el otro Solari. Carlos Alberto Solari, el Indio. También ligado profundamente a La Plata, donde se formó y desarrolló la historia de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Sus recitales comenzaron a ser definidos por los propios seguidores como "misas", aunque nada que ver uno con el otro pero la filosofía era similar.
Uno predicaba el Evangelio desde el altar. El otro construyó una liturgia propia desde los escenarios, su altar, aunque su palabra también era santa. Los dos convocaron multitudes. Los dos generaron pertenencia. Los dos encontraron en la música de su voz una herramienta fundamental para fortalecer el vínculo.
La historia platense conoció dos Solari distintos, separados por generaciones y universos culturales quizás opuestos (o no tanto). Uno representó la fe religiosa de una época. El otro encarnó la fe popular del rock argentino, una religión. Y aunque jamás pudieron cruzarse en el tiempo, ambos dejaron su marca. Cuando se fue uno, la familia del otro empezaba a llegar a vivir entre diagonales.
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