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Maestros “de guardia”: el desafío de enseñar en tiempo de urgencias

Docentes platenses describen una tarea atravesada por la angustia, el desgaste y la sobrecarga

Los maestros deben detectar situaciones personales por demás complejas

Por Francisco L. Lagomarsino

Más que un lugar de formación y aprendizaje, la escuela se volvió un espacio de contención permanente para numerosos chicos. Y en ese ámbito de conflictos y carencias, de privaciones y esperanzas, es que ponen manos a la obra los docentes. Su tarea es cada vez más exigente, más desbordada de funciones y más difícil de definir.

Ante una realidad siempre crítica, la escuela pública fue absorbiendo lo que otros espacios institucionales y resortes sociales dejaron de sostener. Enseñar empezó a convivir -y muchas veces a quedar en segundo plano- con urgencias que no figuran en ningún diseño curricular. “Hoy dar clase es apenas una parte del trabajo”, resume Juan Marcuzzi, maestro de primaria en el casco urbano y la periferia de La Plata, con más de diez años de experiencia.

En su relato, el aula aparece como un ámbito donde hay que regular emociones, intervenir en conflictos y, muchas veces, detectar situaciones personales por demás complejas. “Todo eso tiene un costo, sobre todo emocional. Terminás el día agotado, golpeado, no sólo por lo que diste, sino por todo lo que absorbiste”, admite.

Una red que todo contiene

Facundo Stazi, docente secundario, investigador y asesor pedagógico en establecimientos de la Región, plantea una definición “incómoda” y encuadra el debate: “La escuela no está desbordada: está sosteniendo lo que otros soltaron. No se volvió asistencial porque los docentes hayan decidido abandonar la enseñanza, sino porque muchas otras estructuras sociales llegaron tarde, mal o directamente no llegaron. Sabemos que cinco de cada diez pibes en Argentina viven en hogares pobres, y el 12,3% en hogares indigentes. Y eso entra al aula como cansancio, hambre, irritabilidad, ausentismo… Estamos hablando de recibir, todos los días, una parte del dolor social que nadie sabe muy bien dónde poner”.

Desde esa premisa, el analista introduce una pregunta que, advierte, el sistema evita: “¿Para qué tienen que ir hoy los chicos a la escuela? Si uno entra a cualquier institución y les pregunta a diez docentes, probablemente reciba diez respuestas diferentes… Algunos dirán que van a aprender contenidos. Otros, a socializar. Otros, a comer. Otros, a estar cuidados. Otros, a tener una rutina. No es que la escuela no tenga sentido, sino que tiene demasiados sentidos al mismo tiempo”. En ese marco, describe un desplazamiento del rol docente que no es nuevo, pero sí más visible: “En los últimos años se aceleró un corrimiento evidente hacia funciones de contención emocional y social; desde ya, enseñar siempre implicó cuidar. No existe enseñanza verdadera sin vínculo, sin escucha, sin autoridad afectiva. Pero tenemos un problema cuando el docente contiene, asiste, registra, deriva, media, calma, escucha, documenta, acompaña, justifica, carga datos, responde mensajes, resuelve conflictos familiares y, si queda tiempo, da clase…”.

“la escuela necesita discutir pedagogía en serio”

De acuerdo con el diagnóstico de Stazi sobre el sistema, “la escuela argentina necesita discutir pedagogía en serio. No sólo convivencia, no sólo inclusión, tecnología o resultados; no solo ‘innovación’ como palabra decorativa. Sino qué vale la pena aprender, cómo se aprende hoy, qué autoridad necesita un docente, qué lugar ocupa el conocimiento, qué experiencias escolares producen pensamiento y qué rutinas institucionales solo producen papeles, estrés y sobrecarga administrativa”.

COMPROMISO, IGUAL A DESGASTE

“No todos los docentes se queman por igual, porque no todos se toman la escuela del mismo modo” reconoce el profesional: “Hay quienes encuentran escuelas en que no los joden, y se van a jubilar sin haberse preocupado un segundo... El sistema, en general, no los incomoda demasiado. En cambio, los que más sufren suelen ser los que todavía creen que algo importante se juega todos los días en el aula. Los que planifican, prueban, se equivocan, corrigen, escuchan, llaman a una familia, piensan una salida educativa, inventan una actividad, sostienen un conflicto, vuelven a empezar, siguen estudiando para encontrar respuestas. La formación docente, mientras tanto, sigue muchas veces preparando gente para una escuela que ya no existe”.

La escuela se volvió un punto de concentración de demandas cada vez más amplias

Aquí vuelve a resonar el testimonio del “profe Juan”, como llaman a Marcuzzi sus alumnos más pequeños. “Hay días en que antes de arrancar la clase tenés que ver si los chicos comieron”, sentencia: “Con el tiempo entendés que casi todos arrastran algún problema. Y eso te obliga a correrte de lo programado todo el tiempo. Los chicos llegan sin límites claros, con mucha ansiedad y frustración; el problema no está en el aula, sino afuera, porque poner reglas te enfrenta con las familias. Sos como un punching ball al que todos aprovechan para pegarle o cuestionarlo”.

Jerónimo Larsen, profesional en Ciencias de la Educación egresado de la UNLP e integrante de un centro de innovación educativa, coincide en que la escuela se convirtió en un punto de concentración de demandas sociales cada vez más amplias.

“Gran parte de las demandas llega al aula”

“La escuela sigue siendo una de las pocas instituciones con presencia cotidiana y sostenida en la vida de niños y adolescentes”, señala, y agrega que, en ese contexto, “frente a crisis económicas, familiares o sociales, gran parte de esas demandas termina llegando al aula”. El problema, advierte, no es el acompañamiento en sí, que siempre fue parte de su función social, sino las condiciones: “Muchas veces se le transfieren responsabilidades sin recursos, sin equipos interdisciplinarios y sin espacios institucionales adecuados”.

“El desplazamiento del rol docente no es nuevo, pero sí cada vez más evidente y visible”

Larsen plantea que este escenario no puede explicarse de manera lineal. “Sería injusto cargar toda la responsabilidad sobre la escuela cuando estamos atravesando transformaciones sociales muy profundas”, sostiene, y enumera algunos factores: “precarización, hiperconectividad, fragmentación de los vínculos, desigualdad, problemas de salud mental, una crisis de autoridad sobre el saber académico -atravesada ahora por el impacto de la inteligencia artificial-... La escuela absorbe esas tensiones y las procesa como puede”.

Acerca del vínculo entre enseñanza y cuidado, Larsen considera que es indisoluble. “No se pueden separar completamente. Enseñar siempre implica trabajar con personas concretas, con contextos emocionales y sociales reales, pero una cosa es una mirada integral del estudiante y otra muy distinta es convertir al maestro en psicólogo, trabajador social, orientador familiar y administrativo al mismo tiempo”. Desde esa perspectiva, propone un camino posible: “Fortalecer la escuela con equipos interdisciplinarios y redes institucionales que permitan compartir responsabilidades”. En ese esquema, el docente debería recuperar centralidad en su función pedagógica, pero “acompañado por estructuras que sostengan las otras dimensiones que hoy atraviesan la vida escolar”.

Reflexionar mirando al futuro

Con todo, Larsen sostiene que hay que pensar la escuela hacia adelante. “Si bien hay institutos y universidades que vienen haciendo esfuerzos muy valiosos, a veces seguimos formando docentes para una escuela que ya no existe. El aula actual convive con redes sociales y sobreestimulación digital. Eso obliga a repensar profundamente la formación inicial y la continua. Hace falta una política educativa más conectada con el futuro, que incorpore tecnología con sentido pedagógico, fortalezca la educación científica, ambiental y digital, y recupere una idea central: que la escuela vuelva a ser un espacio de construcción de proyectos de vida”.

“Tampoco podemos caer en la fantasía tecnocrática de separar todo”, indica Stazi: “En contextos de alta vulnerabilidad, enseñar y asistir van a convivir. Lo que no puede ocurrir es que convivan de cualquier manera. Hay escuelas que necesitan más acompañamiento social que otras. Hay comunidades donde la escuela es una institución educativa, pero también es refugio, comedor, frontera de protección, lugar de escucha y primer detector de derechos vulnerados. Negarlo sería cruel. Pero naturalizar que todo eso lo resuelva el docente solo es directamente irresponsable”.

Stazi concluye exponiendo lo que ve como un riesgo latente: “Se le empieza a pedir menos a la escuela porque el contexto es difícil… se confunde inclusión con baja exigencia”. Y agrega una advertencia que resume su mirada: “La pregunta no es si los docentes deben contener o enseñar. La pregunta es qué sistema vamos a construir para que puedan hacer ambas cosas sin romperse en el intento”. Porque, insiste, el problema no es que la escuela haya fallado, sino que, tal vez, “está sosteniendo demasiado bien lo que otros soltaron”.

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