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“Ñandú”, la mujer que heredó la leyenda de “Mate y Venga”

Augusta Salinas Roberts fue la primera abogada penalista de la Provincia, en un ámbito y tiempo dominado por hombres. Su historia se entrelaza con la del mítico estudio jurídico fundado por su tío Víctor Roberts Alcorta y continúa hoy en la voz de su hija, Maucy, tercera generación de una familia atravesada por el Derecho
Maucy continuó el legado de su madre: “Ella todo lo resolvía, para bien”
Augusta Salinas Roberts se recibió en 1962 y ejerció hasta los 85 años
Ñandú, en sus inicios
Víctor Roberts Alcorta

Cuando Augusta Edelweiss Salinas Roberts entraba a Tribunales, no hacía falta anunciar su nombre. Para jueces, empleados, fiscales y abogados era simplemente Ñandú, apodo que identificó a una mujer que, durante más de seis décadas, se convirtió en una referencia ineludible del derecho penal platense.

Su figura rompió moldes mucho antes de que se hablara de igualdad de género en las profesiones. En 1962 juró como abogada y se transformó en la primera mujer dedicada exclusivamente al fuero penal en la provincia de Buenos Aires. En una época en la que las defensorías, las fiscalías, las comisarías y las cárceles eran territorio casi exclusivo de hombres, ella construyó una carrera basada en una idea clara: el abogado no defiende delitos, sino derechos.

Detrás de esa historia también había una herencia difícil de cargar. Ñandú pertenecía a una familia cuyo apellido estaba asociado desde hacía décadas al estudio jurídico más famoso de La Plata: “Mate y Venga”, que este año cumple 92 años y cuyo nombre alimentó infinidad de mitos urbanos.

Durante generaciones, muchos creyeron que aquella denominación respondía a una invitación para quien hubiera cometido un homicidio: “Mate... y venga”. La realidad era mucho más pintoresca.

UNA PARTIDA DE TRUCO

Todo arrancó con una partida de truco. Su tío, Víctor José Roberts Alcorta, apasionado por los caballos de carrera, frecuentaba un haras propiedad de un amigo conocido como “El Turco”. Una noche, entre naipes y apuestas, el dueño le propuso jugarse un establecimiento que ya no le resultaba rentable. Víctor ganó con un “mate y venga”, expresión con la que en el truco se anuncia una jugada decisiva. Aunque intentó rechazar el premio, el propietario apareció días después acompañado por un escribano para formalizar la transferencia. El establecimiento terminó llamándose “Mate y Venga”, y con el tiempo ese nombre también identificó al estudio jurídico que terminó por convertir a Roberts Alcorta en una leyenda.

Cuando Augusta era chica escuchaba fascinada las historias que su tío contaba durante las reuniones familiares.

“En mi casa se hablaba de todas las materias en la mesa porque había una variedad de profesiones impresionante. Cuando venía mi tío Víctor y contaba los juicios orales, eso era lo que más me interesaba”, recordaría ella en una entrevista que brindó en 2012, cuando celebró 50 años de profesión. Aquellas sobremesas definieron su destino.

LOS CUENTOS Y LA LOCUCIÓN

Antes incluso de estudiar Derecho ya trabajaba en la Suprema Corte bonaerense. Tenía apenas 17 años. Paralelamente era locutora de Radio Universidad, donde conducía programas y leía cuentos escritos por ella misma. Fue precisamente su voz la que terminó cambiándole también la vida.

Un joven estudiante de Ingeniería la escuchó por radio. Nunca la había visto, pero quedó cautivado por aquel relato de apenas ocho minutos. Decidió averiguar quién era esa locutora y, durante casi un año, esperó verla salir de la emisora. El azar hizo el resto: descubrieron amigos en común, él llegó un día a la casa familiar y, cuando Augusta lo vio, sintió que se conocían desde siempre. Se casaron en 1956, cuando ambos todavía cursaban sus respectivas carreras.

140 JUICIOS ORALES

El Derecho, sin embargo, seguía ocupando el centro de su vida.

Su maestro fue Víctor. Con él participó en 140 juicios orales, una cifra extraordinaria para la época, mientras su tío acumulaba cerca de cuatrocientos debates. Pero además de técnica jurídica, aprendió trucos, modos y maneras de manejarse en su carrera.

Nunca defender bandas organizadas para no terminar convertidos en sus empleados. No volver a representar a delincuentes reincidentes. Y rechazar a violadores. Esas reglas nunca estuvieron escritas en ningún manual, pero en el estudio se transmitía casi como un legado familiar.

Con el tiempo, Ñandú desarrollaría una personalidad propia. Quienes la conocieron recuerdan a una mujer de trato amable, alejada de los protagonismos y enemiga de las promesas imposibles. Solía repetir que no existían causas fáciles ni difíciles: “Lo que hay es un detenido y una causa por la que está detenido”, decía.

A eso agregaba una explicación que durante años tuvo que repetir una y otra vez frente a quienes confundían la tarea del defensor con una complicidad con el delito. “Yo no defiendo a un asesino. Defiendo el derecho de esa persona a que no reciba una pena mayor que la que corresponde”.

AUTORIDAD, SIN LEVANTAR LA VOZ

La convicción con la que ejercía la profesión le permitió abrirse paso en un universo casi exclusivamente masculino. Comisarías, unidades penitenciarias, juzgados y despachos judiciales eran escenarios donde las mujeres todavía eran una excepción. Sin embargo, quienes compartieron con ella esos ámbitos recuerdan que jamás necesitó levantar la voz para hacerse respetar.

Su hija, Alicia Edelweiss Cagnani Salinas -que también prefiere que la llamen por su apodo, Maucy- cree que la autoridad de su madre nacía de otro lugar.

“La respetaban por sobre todo. No solamente por el apellido, sino porque era seria, clara y jamás le prometía a un cliente algo que no pudiera cumplir. Tenía carácter, pero siempre con un trato afable. Muchas veces la acompañé a comisarías y unidades penitenciarias, y veía cómo se movía con absoluta naturalidad”, reveló a este diario.

Ese prestigio se había construido mucho antes de que los medios comenzaran a buscarla para opinar sobre causas resonantes o mediáticas, en las que ella trabajó. Quienes la conocieron coinciden en que nunca buscó notoriedad. “Era de perfil bajísimo. Si aparecía en los diarios o en la televisión era porque la iban a buscar para consultar sobre algún caso importante. Nunca le interesó hacerse famosa”, resume Maucy.

La hija también recuerda el enorme respeto que despertaba dentro de los tribunales platenses. Ir junto a ella significaba demorarse varias horas porque cada recorrido se convertía en una sucesión de saludos, conversaciones y consultas.

“Entraba a un juzgado y hablaba con jueces de primera instancia o de Cámara con la misma naturalidad. Nunca necesitó ‘chapear’. Todos la conocían por su trayectoria y por el respeto con el que trataba a cada persona, desde un magistrado hasta un empleado judicial”.

Ese reconocimiento tenía una explicación. Antes de dedicarse al ejercicio profesional había trabajado en la Suprema Corte bonaerense, copiando sentencias cuando todavía era muy joven. Después llegaría la matrícula profesional y una carrera que se prolongó hasta los 85 años. Falleció cuatro años después, el 15 de junio de 2021.

UNA INSPIRACIÓN PARA LA FAMILIA

Su pasión por la abogacía también marcó a la siguiente generación. Cuando terminó el secundario, Maucy fantaseó con convertirse en arquitecta, pero “mi mamá me sugirió estudiar Derecho. Me anoté sin cuestionarlo, aunque terminé enamorándome de la profesión cuando empecé a ser ayudante de cátedra en segundo año.”

No fue sencillo construir un camino propio llevando un apellido tan conocido. “Muchos profesores me identificaban enseguida como ‘la hija de Ñandú’. Eso significaba una exigencia extra. Sentía que tenía que demostrar que podía valer por mí misma. Con el tiempo conseguí mi propio reconocimiento, aunque todavía hoy muchas personas me siguen nombrando por el apellido de mi mamá.”

La tradición familiar continúa. Hoy el estudio fundado por Víctor Roberts Alcorta sigue funcionando en el casco histórico de La Plata, en la misma casa donde vivió Augusta. Maucy y su esposo Sebastián Colón, también abogado, lo modernizaron incorporando nuevas ramas del Derecho y abriendo sus puertas a estudiantes de la Universidad Nacional de La Plata para que realicen allí sus prácticas profesionales obligatorias.

“Somos seis personas trabajando y seguimos creciendo. Me gustan los desafíos. Incluso concursé para jueza laboral. Veremos si ese termina siendo mi destino”, cuenta.

La cuarta generación también parece asegurada. Sus dos hijos eligieron estudiar Derecho por decisión propia, después de realizar orientación vocacional. “Los dejé elegir libremente. Los dos terminaron inclinándose por la abogacía, aunque cada uno con intereses distintos”. La historia de la familia también está atravesada por anécdotas vinculadas con la profesión.

Maucy recuerda que, muchas veces, los clientes pagaban los honorarios con aquello que tenían a mano. Un día le prometieron a Ñandú regalarle un cordero para un asado.

“Mi mamá les dijo que lo dejaran en la cocina porque ella estaba ocupada. Al rato escuchamos unos balidos. No era carne: habían llevado un cordero vivo.” La escena todavía provoca sonrisas entre quienes la conocieron.

Esa sencillez convivía con un apellido que había protagonizado algunos de los casos judiciales más importantes de la historia argentina. Víctor Roberts Alcorta defendió a protagonistas de causas que ocuparon durante meses las portadas de los diarios nacionales; logró la absolución de acusados cuando la opinión pública ya los había condenado y hasta consiguió que se desagotara el lago del Bosque platense para buscar un arma vinculada a un homicidio.

Puertas adentro, y lejos de la leyenda, transmitía una enseñanza mucho más simple. Había que saber tratar del mismo modo a un rey que a un peón.

92 años después, Maucy asegura que esa fue la mayor herencia de la familia. “Mi mamá fue una persona que influyó mucho, me enseñó la importancia de ser independiente y sumamente presente en cada etapa de mi vida. Era divertida, le gustaba escuchar a Gardel y el tango. Cocinar no era su fuerte, pero mi mamá todo lo resolvía. Por suerte para bien”.

¿Y si era varón?
A Augusta la apodaron Ñandú porque, si nacía varón, su padrino iba a ser un maratonista conocido de la familia. Nació mujer y su padrino fue otro, pero de aquel heredó el apodo para toda la vida.
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