Fue una personalidad de esas de que los platenses suelen enorgullecerse; noble en sus principios, coherente en sus ideales, fiel a sus amigos, afectuoso con todos, de una avidez intelectual insaciable y de una cultura inagotable. Macho amaba la música clásica y la popular, gozaba con la literatura, se apasionaba con la política nacional y mundial; se podía departir horas con él amenizando la charla con referencias poéticas, cinéfilas, históricas y filosóficas, con la ventaja de matizarla con sus hallazgos humorísticos y filoso ingenio. Las tertulias de café, o las hogareñas a las que el matrimonio Ogando-Aramburú era tan afecto, han dejado huellas memorables en sus numerosas amistades y familiares.
En todos los campos del saber y la cultura, la constante curiosidad de su espíritu inquieto y vital, solía recalar. Hijo del profesor Emilio M. Ogando y de Dña. María Pereyra, se formó en un hogar de austeros principios morales y refinada sensibilidad estética. Egresó como bachiller del Colegio Nacional para luego continuar sus estudios en la facultad de Derecho, donde participó activamente en las famosas luchas universitarias del '45 de las que guardaba innumerables anécdotas, como las de la prisión a que fueron sometidos los estudiantes en la cárcel de Olmos.
Supo luchar contra las arbitrariedades de la dictadura y, ya instalada la instancia democrática, se volcó apasionadamente con un grupo de correligionarios y amigos al radicalismo intransigente, representado en aquel entonces en el ideario desarrollista del Dr. Arturo Frondizi. Fue por esos años que presidió el Instituto de Previsión Social de la Provincia, institución donde la huella de su actividad pública cosechó los mejores logros. El reconocimiento y la gratitud que recibió por la eficacia y sensibilidad en el ejercicio de aquella función, lo acompañaron y alentaron en los años dolorosos que sobrevendrían después.
Macho, quien junto con su mujer, Pina Aramburú, había educado a sus dos hijos, Patato y José, en ideales democráticos y de justicia social, tuvo que padecer la desgracia e incesante desconsuelo de que le arrebataran a su hijo mayor, sin volver a saber jamás de él. Desgracia de la que se sobrepuso actuando en organizaciones de Derechos Humanos, acompañando a Pina en la conformación y lucha de las Madres de Plaza de Mayo, declarando en el juicio a las juntas militares, y estando presente en todas las manifestaciones que en estos 25 años de ausencia, recuerdan el horror perdurable de esa barbarie. Desmembrada la familia, con el hijo menor exiliado en Italia y la enfermedad y la tristeza adueñándose de la fragilidad de su mujer, Macho les añadiría a sus pesares, hace dos años, la pérdida de su amada y bella compañera de tantos años compartidos.
La injusticia que se enseñoreó en un espíritu tan delicado como el suyo, no logró sin embargo doblegar sus principios ni su nobleza. Se sobrepuso a todas las penas y rencores, y hasta el último momento demostró su generosidad e hidalguía en medio del dolor y la desolación. A los que lo conocieron y estuvieron cerca de él, les quedará para siempre la lección de vida y sabiduría de este honorable caballero y modesto gran señor.
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