Había nacido en La Plata hace 86 años y era hijo de un maestro armero de la policía provincial. Perdió a sus padres siendo niño y lo inscribieron como pupilo en un colegio de Buenos Aires. Volvió a La Plata para ingresar al Colegio Nacional, estudios que costeó trabajando de "marcador" de los disparos en el polígono del Tiro Federal. Le gustaba contar que "las balas me pasaban zumbando y algunas pegaban muy cerca".
Desde los 13 años vivió solo en pensiones y, no obstante sus carencias, fue un alumno distinguido en un Colegio Nacional brillante. De sus profesores rescataba a Martínez Estrada, al que consideraba su maestro en elocuencia. "El me enseñó a mantener la atención de un auditorio y canalizar adecuadamente la emoción que se siente al defender lo que es justo", afirmaba.
Sin embargo, su primera vocación fueron las Matemáticas aunque al finalizar el Nacional ya se había decidido a estudiar Leyes. Ya grande descubrió que "las Matemáticas están presentes en la belleza de la estructura que tiene el Derecho, manifestado en la proporcionalidad del ilícito y la sanción".
Lo modelaron grandes maestros en el Derecho como Galli, Barcia López, Argañaraz, Peco, Jiménez de Asúa, Laplaza. Aquella facultad de notables fue la base que le permitió elevarse a la categoría de maestro del Derecho Penal. Sus intervenciones en juicios orales se transformaban en verdaderas clases públicas, siempre con su verbo emotivo, apasionado. Fue profesor en la Universidad e integró una recordada cátedra con los doctores Ouviña y Ghione, a la que se conocía precisamente como "la cátedra". Su actividad profesional mereció numerosas e importantes distinciones nacionales e internacionales.
Paralelamente fue dirigente del Colegio de Abogados, institución que presidió en momentos difíciles, como los del último período militar, tiempos en los que llevó personalmente a cabo el patrocinio y procuración de habeas corpus por colegas detenidos por defender presos políticos.
Además del Derecho, mantuvo otra pasión: la actividad política en el conservadorismo. Siendo joven se había deslumbrado con la figura de Rodolfo Moreno, al que consideraba uno de los grandes estadistas argentinos del siglo XX. Había comenzando su militancia juvenil con políticos de la talla de Julio Cueto Rúa y Pablo González Bergez. En su prolongada trayectoria ocupó cargos partidarios, entre ellos la presidencia del Comité Provincial del Partido Conservador. En 1973 fue elegido diputado nacional e integró la comisión reformadora del Código Penal. En 1976 abandonó ya la actividad política, "aunque no la militancia", según se jactaba.
Pese a los reconocimientos hacia su figura, Carlos Acevedo siempre mantuvo un perfil sencillo, callado, amasado en la humildad y dureza de su infancia y adolescencia. Sabio, constantemente consultado por colegas, fue generoso en la enseñanza. Por eso el respeto que generó su nombre.
Se retiró del ejercicio de la profesión el 13 de marzo de este año, en una emotiva ceremonia realizada en el Colegio de Abogados. Ambicionaba dedicar su tiempo al estudio de la historia para comprender un país muy diferente al que soñó de joven.
Siendo adolescente conoció a Alcora Paus, que como reconocía, "me cambió la vida". Fue su primera novia y su esposa, compañera de toda su vida a la que estaba reconocido. Junto a ella fundó una familia de la que sentía legítimo orgullo. Tuvieron tres hijas: Alcora, abogada; Ana María, docente y Susana, arquitecta. Con alegría agregaba como dato fundamental de su vida de los últimos años a sus nueve nietos y a su bisnieto.
Ayer La Plata perdió a un gran abogado penalista, a un maestro del Derecho, pero ante todo, a un hombre ejemplar. Sus restos, que son velados en Osácar, calle 56 entre 9 y 10, recibirán sepultura hoy en el cementerio Parque del Campanario.
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