La sed de éxito y hegemonía de Lewis Hamilton, lo llevaron a cometer errores de principiante (que es). Al punto de privarlo de un título, que era más fácil ganar que perder.
Su "hermano" en McLaren, Fernando Alonso, corrió pensando en conjeturas, trampas, espionaje y la sensación de que aunque hiciese el máximo esfuerzo, la escudería que le paga 30 millones de dólares por año iba a trabajar para que su compañero obtenga el Campeonato. Y no se dio cuenta de cuan cerca estuvo siempre de la gloria, no sólo en el último GP, sino a lo largo de la temporada.
Mientras que Kimi Raikkonen, despreocupado de todo lo que sucede en la máxima y sin nada que perder, llevó la apatía, que todos le marcan como un defecto, a lo más alto del automovilismo mundial. Y le dio a Ferrari el Campeonato de Pilotos, que se suma al de Constructores que la casa de Maranello ya había obtenido.
Más que nunca, el finlandés le sacó el polvo a ese viejo axioma del deporte motor que dice que "las carreras no terminan hasta que cae la bandera de cuadros". Condujo con eximia categoría, ratificó que en la segunda mitad del calendario fue holgadamente superior a todos sus rivales. Y en el abrazo del final con su coequiper Felipe Massa, le agradeció por los servicios prestados.
¡Salud Kimi!
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