En tal sentido, resulta de especial interés el informe oficial que destaca que el primer contaminante de esa cuenca es el Ceamse, seguido por la Cárcel de Olmos y el Hospital de Melchor Romero. Claro está que, además de esos vuelcos contaminantes, el arroyo recibe el descarte de muchas industrias y de otros tipos de establecimientos, así como toda clase de residuos y aguas servidas provenientes de algunos de los asentamientos poblaciones radicados en las márgenes.
También constituye un dato alarmante -no considerado en la mayoría de los diagnósticos realizados sobre el arroyo- el hecho de que este verdadero foco contaminante desemboca a poca distancia de la toma de agua que provee a la Ciudad. Se sabe que El Gato arrastra vestigios de mercurio, metales pesados, plomo y zinc en valores que están por encima de los parámetros máximos admitidos en cualquier normativa internacional.
El funcionario especializado en la cuestión ambiental aseguró que se impulsarán diversas medidas, como la de sancionar un código contravencional específico y dotar a la comuna de poder para aplicar multas, entre otras cuestiones que, seguramente, deberán analizarse en detalle para no invadir jurisdicciones o incurrir en superposiciones con organismos provinciales o nacionales. Asimismo, resulta imposible no advertir que las buenas intenciones en materia de políticas ambientales suelen terminar justamente en eso, en expresiones de deseos.
El caso del arroyo El Gato es paradigmático. Como recuerdan aún algunos memoriosos vecinos, era disfrutado por vecinos de la región en tiempos en los que el arroyo llegaba limpio al Río de la Plata. Sin embargo, el panorama actual, al que se llegó luego de un proceso de degradación constante, es totalmente diferente y son los habitantes de la cuenca los primeros en formular justificados y constantes reclamos.
Hace dos décadas, estudios que realizaron expertos universitarios ya habían detectado peligrosos elementos contaminantes provenientes del sector agropecuario e industrial. A su vez, otro análisis realizado por investigadores de la UNLP hace dos años puso la lupa sobre este cauce que atraviesa la región, desde zonas rurales, industriales, urbanas y también asentamientos sobre su vera. Allí se señalaron las principales deficiencias, y se fijaron prioridades en las que considera las obras esenciales para estabilizar la cuenca y prevenir inundaciones.
La solución de un problema que, evidentemente, es complejo, exige una acción orquestada entre distintos organismos, así como, fundamentalmente, la existencia de una firme decisión política que exceda lo declamativo y se traduzca en acciones concretas.
Sólo la puntual detección de las fuentes contaminantes, la debida identificación de personas, empresas y funcionarios responsables del deterioro ambiental -tal como lo requirieron años atrás los vecinos en una denuncia penal formulada- la aplicación de multas y de las sanciones más severas previstas, en medidas que debieran aplicarse en forma sostenida y por el tiempo que sea necesario, podrán volver eficaz la prometida tarea de depuración.
Lo trascendente es que está en juego que la salud de la población y la calidad del medio ambiente. Y es el Estado el que, en el caso del arroyo El Gato, en lugar de contaminar, debe actuar con la mayor celeridad para defender esos valores.
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