Entre las múltiples maneras de encarar una comedia musical, o el "musical" estilo Broadway, hay opciones. Se puede elegir entre la mera diversión con un planteo superficial y bellas canciones acompañadas por impactantes coreografías o bucear un poco más en lo profundo de otras cuestiones como en el caso reciente de "Hairspray", "musical"que se acaba de estrenar en nuestro medio y que, además de tener todo lo que hace de él un genuino producto musical de sello Broadway, invita al espectador a pensar o lo que es mejor, a reflexionar y tomar partido por una causa justa. Es lo que se puede apreciar en "Hairspray", un energizante musical con libro de Scott Wittman y Thomas Meehan, partitura de Marc Shaiman y música de las canciones de Mark O´Donnell y Marc Shaiman. Está basado en el filme escrito y dirigido por John Walters, adaptado aquí por González del Pino y Masllorens y con canciones adaptadas por Enrique Pinti, con dirección musical de Gerardo Gardelín.
El espectáculo es de una pujanza extraordinaria en sus variados cuadros musicales y en muchas de sus múltiples canciones. Con el soporte de una bella escenografía de Alberto Negrín, con un hermoso vestuario de Fabián Luca y una impactante coreografía de Elizabeth de Chapeaurouge, "Hairspray" se estructura en dos actos divididos en escenas (nueve en la primer acto y cinco en el segundo), y un prólogo donde se oye la típica canción pop de musical "Buen día Baltimore!!!" cantada por Tracy y toda la compañía, comenzando con una secuencia muy alta en energía. Los acontecimientos que se relatan están relacionados con jóvenes estudiantes de la ciudad de Baltimore, sus ilusiones, sus luchas por combatir la hipocresía que impera en el lugar y la amplia discriminación ejercida contra los gordos y los negros. Estamos en los años 70 y los programas televisivos alimentan las diferencias sociales y raciales. Las circunstancias y el nacimiento del amor en los protagonistas dan un vuelco en esa realidad hostil donde los rubios y los esbeltos sólo parecen ser los triunfadores de todo certamen. Las cosas se ponen en su lugar, y en el número final "No puedo parar el ritmo" interpretado por totalidad de la compañía, se echa por tierra todo prejuicio y se eleva un canto a la comprensión, contra todo tipo de discriminación y de odio racial. Utópico quizá pero no menos esperanzador.
El elenco está encabezado por el multifacético Enrique Pinti que acá asume un rol femenino: el de Edna Turnblad. Composición rebosante de matices, el actor travestido hace una deliciosa madre cómplice de su hija. Un sinfín de recursos humorísticos dibuja una personificación antológica. Como Tracy Turnblad, Vanesa Butera (elegida por un casting televisivo) canta y baila con verdadera pasión ganándose al público desde su aparición con la bella "Buen día Baltimore!". En un cast amplio y caracterizado donde todos bailan y cantan bien, sobresalen Deborah Dixon, Patricia Echegoyen, Salo Pasik, Diego Jaraz, Jorge Priano, Fernando Dente (el chico de "High School, el desafío") y una carismática Laura Oliva en tres personajes regocijantes. Ricky Pashkus dirige la totalidad con la capacidad que le ha otorgado guiar los destinos de varios musicales en Buenos Aires y lleva adelante una comedia que no pierde nunca dinámica, a pesar de sus más de dos horas de duración.
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