Luego de los festejos del día del amigo cuatro chicos salen a reinventar la rutina del qué hacer en el después de hora, cuando empieza el día. Están sentados sin decir palabra. No se les ocurre qué hacer ni qué pensar. Son amigos, no hace falta que hablen para que los relacione la unidad que integran. Todo esta bien y perfecto. Unos murmullos socarrones bastan para que se cree un buen clima, para que emerja la risa. Pero de pronto, volviendo al barrio suben en el auto a la hermana de uno de ellos.
Los santafesinos parecen saber de amigos y mujeres. Como Fontanarrosa, saben expresarlo con humor y situaciones de extrema y cotidiana tensión. Ahora la chica viaja con ellos, la van a alcanzar hasta su casa. Pero el clima apacible e insignificante se destroza en mil pedazos: es la joven (hermosa) hermana de un amigo.
Cualquier charla que le demos es sospechosa. Cualquier mirada es incriminatoria. Nuestro amigo lo sabe, ella lo sabe, nosotros lo sabemos. Es el zumbido del que hablaba aquel filósofo de barrio en El Asadito: las reuniones de amigos se desarrollan en un trato cordial hasta que entra una mujer y algo cambia, un zumbido incomoda el ambiente, empezamos a pensar por qué el boludo de al lado esta hablando con la mina que nos gusta.
Sencillamente así empieza La Risa. Pocos elementos y grandes tensiones. La naturalidad de las actuaciones fluye con la cámara en mano y con los primerísimos primeros planos que construyen esta historia que podría suceder en cualquier provincia del país, ya que no vemos el fondo. El lugar se crea por los detalles en este clima de realidad documental.
Uno puede pensar que para llegar a esta naturalidad hay que ensayar durante todo un año como sucedió en Entre los muros. Muy lejano a esto el director alega un trabajo de improvisación. Un objetivo en cada escena y que la magia surja.
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