Nunca creí que un anciano iba a hacer de mí una especie de bosta.
Un viejo sufre y me resbala. Alguien se está por morir y yo nada. Ni una lágrima, ni pucheritos, ni un estornudo. (El pobre viejo tiene un campo de 300 hectáreas, muchos criados que lo tienen que ayudar en sus quehaceres y un hijo exitoso, es en verdad, “un pobre viejo”).
Esta película me hizo dar cuenta del monstruo insensible que soy, de la porquería en que me he convertido, de lo que me ha pegado y endurecido la vida todos estos años. Y eso que con esto de que los padres envejecen uno se vuelve más sentimentalmente perceptivo (o sea una nena llorona).
Lloro con viejos poniendo piedras en una lápida, lloro cuando un vecino con pala se reencuentra con sus hijos… soy un tonto, caigo con cosas bien sencillas. Pero acá nada. Será que el anciano escritor tampoco tenía sentimientos hacia nada. Sólo un sueño deambula en su mente (que por su construcción más bien entra en la categoría de recuerdo aunque desde la voz en off se nos aclara concretamente que se trata de un “sueño”). ¿Pero, quiere volver a su infancia? ¿Tuvo una linda infancia? ¿Quiere intercambiar toqueteadas con su niñera? ¿Quiere salir por la ventana? ¿Qué hay de lindo en el pasto seco del campo? Aquí no hay interés por desarrollar estas preguntas.
Sorín le pone un poco más de acento a la construcción de lo visual con enfoques y desenfoques que acompañan las apariciones de los personajes y los detalles del piano dándole tiempo a los planos que, como el abuelo, parecen no sensibilizar (porqué la niña buena de la película le dice “abuelo” (¿desde cuando a alguien le gusta que le digan a uno así?)). Además nombrar a Bioy Casares y a Borges con tanta relevancia sin que lo tenga realmente en el relato parece alejarnos más de lo sincero de esta película.
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