En "Gracias por volar conmigo" aparece tan sólo una parte de su historial verbal, la anecdótica, pero es más que suficiente para poner a prueba su versatilidad de improvisador y su intacta angustia. Dolor y palabra siempre en el borde, como su sitio web (enelborde.com), que empujaban un poco más allá de lo permitido: humor entonces, linde y desesperación. Acaso por ello, más que sus personajes, Peña fue verborrea de la que pueden desprenderse definiciones sensatas, brutales: "La vida es como Flavia Palmiero... Linda y puta". O esta otra: "Me trasformé en un burgués de mierda que tiene todo lo que quiere". Una de las que más se le recuerdan: "A Susana (Giménez) la mato yo". La última y más genuina, quizá: "Soy un fabricante de putos". Sin embargo, por encima de sus bofetadas rutilantes, había un narrador en estado salvaje, sensible hasta la exasperación, que cuenta, que sabía contar en aparente estado apacible, incluso: "Cristina, mucho gusto. Mi nombre es Fernando Peña, soy actor, tengo 45 años y soy uruguayo. Peco de inocente si pienso que usted no me conoce, pero como realmente no lo sé, porque no me cabe duda que debe de estar muy ocupada últimamente trabajando para que este país salga adelante, cometo la formalidad de presentarme. Siempre pienso lo difícil que debe ser manejar un país... Yo seguramente trabajo menos de la mitad que usted y a veces me encuentro aturdido por el estrés y los problemas. Tengo un puñado de empleados, todos me facturan y yo pago IVA, le aclaro por las dudas, y eso a veces no me deja dormir porque ellos están a mi cargo. ¡Me imagino usted! Tantos millones de personas a su cargo, ¡qué lío, qué hastío! La verdad es que no me gustaría estar en sus zapatos. Aunque le confieso que me encanta travestirme, amo los tacos y algunos de sus zapatos son hermosísimos. La felicito por su gusto al vestirse.
"Mi vida transcurre de una manera bastante normal: trabajo en una radio de siete a diez de la mañana, después generalmente duermo hasta la una y almuerzo en mi casa. Tengo una empleada llamada María, que está conmigo hace quince años y me cocina casero y riquísimo, aunque veces por cuestiones laborales almuerzo afuera. Algunos días se me hacen más pesados porque tengo notas gráficas o televisivas o ensayos, pruebas de ropa, estudio el guión o preparo el programa para el día siguiente, pero por lo general no tengo una vida demasiado agitada.", le escribió en carta abierta a la Presidenta de los argentinos desde su columna. Fue a raíz del recordado exabrupto con D'Elía. En esa nota, además de la bronca encendida que viene después de su presentación "formal" (ironía de ironías ponerle comillas a un formal de Peña), el narrador deja espacio para la cordial invocación: "Quiero creer, Cristina, que Luis es solamente un loco lindo que a veces se va de boca como todos. Quiero creer que es tan justiciero que en su afán por imponer justicia social se desborda y se desboca."
Signo de mordacidad de un relato que resume su acto de fe, el recorte de una lectura justiciera para ese cronista que también llevaba sus memorias a contracorriente. Las escribía a la noche, de madrugada, como tatuajes en la cabeza: algunos podían verlas, otros no. Demasiado visibles, sólo él las interpretaba. Porque Peña era también y, sobre todo, un formidable escritor ausente, una figura de autor del espectáculo que se autoexcluía, mejor dicho, sin tomarse nunca en serio. Suerte para sus lectores en foro. Exonerado de las letras, no habrá dejado mucho libro impreso, pero sí algunas heridas en vuelo que él lograba travestir con la anuencia de un estilo brutal, delicado, imprevisible siempre. Gracias por volar con nosotros, Peña, y gracias por escribir cosas tan sencillas y rotundas como ésta: "Antes de ayer me tocó otra vez bailar con la muerte de cerca. Se murió el padre de un amigo y me sacó a la pista. Decí que soy ducho ya en la danza..."
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