Ni copias, ni homenajes. Eso suena más a cómo defender o atacar a Fredy Villarreal. Tarantino se apropia, sin disimulos, de todos los géneros del cine que le fascinan, de las películas de acción mas obvias, y hace una con su estilo. No le alcanza con hacer una película para contarnos lo que le apasiona sino que caprichosamente, o no tanto, hace que todo se relacione con el propio cine. De paso, nos cuenta explícitamente que le gusta el cine de Pabst y el género de películas de montaña. Cine que habla del cine que habla del cine.
En Bastardos Sin Gloria los géneros son herramientas amables (porque se dejan amar y por ser herramientas de ayuda ideales) y se los entiende como se debería hacer más seguido, tomando su carácter convencional pero con un estilo particular. Una contradicción que aquí surge efecto a la perfección.
Por un lado, Tarantino piensa que después del espaghetti western no se puede filmar de otra manera un western. O tal vez Tarantino sabe que es así. Por otro lado, la conversación seca del villano bajo el sombrero, aquí, se convierte en una absurda cuestión acerca de cómo atender diferencialmente a una rata o a una ardilla en nuestro hogar.
Por un lado, la espía es descubierta por su carácter femenino. Por ser cenicienta, el esteriotipo más concreto de la mujer ñoña. Por otro lado, el pie desnudo de una mujer será el centro de atención y de tensión de toda una escena.
Sucede así también con la chica de la cara gigante, que casi hecha todo a perder por tener compasión de un héroe de guerra nazi, por amor, debilidad que el cine de espías otorga a las mujeres. Aunque de todas maneras logra su bíblico objetivo.
A pesar de algunos pocos diálogos que no tienen la frescura de Tiempos violentos y Perros de la calle, (algo que ya sucedía en Kill Bill: Vol. 2 y Death Proof) y a pesar de Brad Pitt, la película logra de forma extraordinaria que salgamos sonriendo y cantando después de ver una apabullante carnicería.
De las películas más felices que vi en mi vida.
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