Más allá de la situación ecónomica (¿50 millones y monedas al 30 de junio?), el ajedrez político preocupa. Intranquiliza. No abre lugar a la esperanza. No es sano el amontonamiento. Tampoco, la fragmentación. Gimnasia no puede seguir dividiendose a cada paso. Las diferencias a grandes rasgos son válidas, necesarias. Pero si se comienza a discutir desde las diferencias, existirán tantos clubes como socios. Y no hay más de un par de modelos de clubes. Bosque o Estadio, patricios y plebeyos, derecha o izquierda, peronistas o radicales... Montescos o Capuletos. Es sano discutir por todo, no pelearse a muerte por todo. Mientras tanto, son 5 o 6 personas los que discuten nombres, quienes pregonan la unidad, "pero yo voy de 1". Ninguna agrupación dijo quienes serán sus vicepresidentes. Ninguna agrupación dijo quien sería su DT. Ninguna agrupación explicó como van a conseguir 8 o 10 millones de pesos para poner en marcha la maquinaria entre diciembre y enero. Algunos, ni siquiera se lanzaron aún. Nunca entenderé la fascinación del poder en Gimnasia, la búsqueda del "17 de octubre propio". "El presidente con el que Gimnasia se fue al descenso" (ojalá que jamás suceda) es un rótulo posible para quien gane estas elecciones. ¿Tan grandes pueden ser los egos?
Carlos Gaskin, Francisco Gliemmo, Daniel Papasodaro, Héctor Delmar, ¿Julio Chaparro?, ¿Guillermo Marín? Urgen las definiciones. 5 o 6 listas, es una locura. Y ser el presidente de Gimnasia con el 30% de los votos abrirá la puerta a más divisiones. Es decir, la puerta al infierno.
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