En el 5º BAFICI, en 2003, Raúl Perrone presentaba La Mecha. Antes de la proyección dijeron que contestaría sobre la película. Alguien preguntó: "¿Cuál fue el costo de la producción en total?" Perrone respondió: "por favor, hablemos de la película."
Los trailers nos prometen grandes actores, efectos en computadora y que gastaron sumas nunca antes vistas. Quiroga valora El Bosque porque se hizo con sólo 4000 dólares y Catalina "Dlugui" (no tengo ganas de buscar en internet cómo se escribe) invita a ver Actividad Paranormal 2 porque la primera se hizo con poca plata. Aunque cuenta que luego de una hora la tensión se pierde y el final es menos que mediocre, dice que es para "los amantes del género" y le pone un pulgar para arriba (¿?). No sabemos si odia a los amantes del género, si piensa que son idiotas o si cree que por ser de "terror" la película no exige estar buena.
No sé muy bien cómo se vendió Enterrado pero, más que su costo, su atractivo era que sucedía en un cajón; un sueño para el estudiante de cine. Rodrigo Cortés lograba hacer interesante, a través de lo cinematográfico, un simple ataúd de madera. Lo sorprendente fue cuando la película empezó a desconfiar de sí misma. No le bastó con ser interesante, divertida y generar extrema tensión. Empezó a querer que los espectadores se vayan pensando que vieron una superproducción, varios géneros y películas a la vez. Así fue como dentro de ese cajoncito apareció una madre con alzhéimer que no reconoce a su hijo. Luego, hubo una explosión. También, súbitamente, al metraje del film se le agregó un pedazo sobrante de alguna de El Juego del Miedo. En mi caso, grité al cielo: "¿Por qué, por qué, si la peli me venía gustando??!!". Fue en vano, ahora ni si quiera hay proyectoristas. Hacia el final, en la cajita, hubo además una catástrofe. No aparecieron aviones y gigantes azules de milagro.
Pobre Cortés, me lo imagino bicicleteando a los productores. Aunque también lo imagino poniéndose en vidriera para dirigir El Hobbit.
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