Siempre me gustaron los viajes en el tiempo. Tal vez, porque deseé muchas veces hacer ese viaje. Creo que ir al futuro es para tonterías, como perseguir un perro con una correa flotante. Además, ¿qué gracia tiene verse a uno anciano? En cambio, viajar al pasado supone algo más interesante. No hay conflicto en un futuro posible, el Doc ya lo dice, éste no está escrito, hagamos de él uno mejor. Entonces, es hacia el pasado cuando comienzan los inconvenientes. Como, por ejemplo, los problemas de la existencia misma, la teoría del caos en su máxima expresión.
Quizás por una tradición cristiana de culpa, por un afán de perfección o por serle fieles al rótulo de "humanos" y cometer infinidad de errores viajaríamos al pasado a resolver asuntos pendientes. Situaciones que salieron mal, donde uno se comportó descuidadamente, que podría haber resuelto mejor, de manera más graciosa y exitosa. O sea, la vida por lo general es triste, debe de haber muchas cosas para re-resolver. Por eso este regreso se vuelve atractivo. Precisamente es lo que el Doc y Marty se la pasan haciendo en las tres películas de la saga. Viajan al pasado, actúan sobre lo que ocurrió, para solucionar errores, consecuencias hacia el presente, que sí podemos reescribir. En todo caso, el presente siempre es pasado que reescribimos para intentar controlar lo inefable del futuro.
Si, aprendemos del error, pero a veces hubiera querido no haberme equivocado.
La saga de volver al futuro despierta muchas y variadas pasiones. De ahí que varias veces olvidemos que se trata de una gran película. No sólo por sus magníficos momentos de comedia y por lo seductor de sus personajes sino que perdura en el tiempo por su habilidad cinematográfica. Desde el magistral plano secuencia inicial hasta el soberbio sentido del ritmo y la tensión en el montaje paralelo de Marty acelerando el De Lorean y el Doc arriesgando la vida por el sólo hecho de que uno de sus experimentos científicos al fin funcione. ¡A verla en pantalla grande!
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