El amago. El arquero engañado. La caricia de Juan Neira a la pelota. El ruido del roce con la red. El grito de gol seguramente le infló el pecho. Una de las últimas imágenes de su vida es ese gol una mañana cualquiera de enero, acompañado por los amigos de siempre, su gente.
Luciano Andretto era su nombre. Le decían Guicho. Llamaba a La Redonda como "Luciano, de la República de Los Hornos". Se descompensó en la tribuna. Lo atendieron rápidamente y lo trasladaron a un hospital. Rato después, falleció.
Se fue como el Viejo Casale del cuento de Fontanarrosa. En la cancha, al aire libre, rodeado por los muchachos. Por algo el corazón futbolero del gran rosarino le hizo exclamar al narrador en el final del cuento: "...hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa". Seguramente, muchos sienten así.
Desde aquí, el más sentido pésame a sus familiares y amigos.
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