Últimamente a las nuevas películas de Woody Allen se las ha ido desestimando, a veces con un poco de razón la mayoría no. Se ha hecho alguna vez referencia a su mensaje explícito final que empieza a ser más obvio y por lo tanto cansador. En realidad siempre apareció algo así en todas sus películas: en El Dormilón la idea de hacer caso a las emociones frente a lo absoluto de la ciencia que había demostrado que las relaciones entre hombres y mujeres no funcionaban en el futuro; en Manhattan reconocer la belleza en las cosas simples que nos hacen feliz como el rostro de Tracy; en Crímenes y Pecados explicando que a diferencia de Hollywood no hay necesariamente culpas en la vida real. O en la similar Match Point, más atacada, por la cuestión del destino que no considero un mensaje necesario sino una explicación verosímil como lo es la teoría del caos para Jurassic Park.
En esta película, Owen Wilson es un norteamericano enamorado de París y su pasado que viaja a la capital Francesa con su novia y sus suegros. Maravillosamente cada medianoche tiene la posibilidad de viajar en el tiempo a ese pasado añorado.
Aquí el mensaje parece ser sólo un problema: quedarse en el pasado o vivir el presente. Luego la película transcurre por este camino. Hacia el final un diálogo parece hacernos entender que no tiene sentido vivir en ese pasado, ya que es lo que el personaje de Owen Wilsosn le dice a Marion Cotillard, su verdadera amada, cuando ella desea quedarse a vivir allí. Entonces parece ser la típica conclusión donde nuestro protagonista cambia, crece y decide dejar su sueño loco y aferrarse a su vida cotidiana, o sea, su esposa y su familia. Pero aquí no, el protagonista tampoco decide viajar definitivamente al pasado, ya que de todas maneras sería imposible, sino que plantea la posibilidad de quedarse con una chica francesa, del presente, también enamorada de Cole Porter y de los objetos antiguos como él, desoyendo así su propio consejo, viajando al pasado a su verosímil manera.
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