En Elefante Blanco esta vez Darín es un cura tercermundista que desarrolla su obra religiosa en un edificio que fue pensado para ser el hospital más grande de Latinoamérica y terminó siendo un gran monumento al abandono en medio de una villa porteña.
Uno de los proyectos está dirigido a los chicos. Se supone que tratan de alejarlos de las drogas y hablan de sus problemas en una especie de terapia de grupo. Allí conocemos al “Monito”. Él se queja porque no le gusta que le digan “Monito”, a él le “rompe las pelotas” que lo llamen así. No le gusta que lo denigren, que lo rebajen. Para él es un insulto que le hagan recordar que se parece a un mono, que lo asocien a un animal. De todas formas parece tener una buena relación con los curas. Él quiere progresar de alguna manera, dejar el “paco” y prosperar. Pero ve que no es tratado de algún modo más agradable, su interés por ser mejor persona no tiene correlato con alguna felicidad, con ser respetado o tener un lugar. Él siempre será un “Monito”, un animal gracioso.
Gatica nace en una familia muy humilde, a golpes y penas logra ascender socialmente. Gracias al boxeo, empieza a tener dinero y medios para disfrutar de una “mejor” vida. Se viste como Gardel. O, quizás, con ropa más cara de la que podría comprar Gardel. “Eh, que pinta que tenés mono, parecés Gardel che” le dice un viejo con guita. Porque Gatica para esa gente bien nunca será Gardel, sólo se le puede parecer. Por eso José replica: “Mono las pelotas, oligarcón! Señor Gatica, y soy Gardel, me entendiste papito? ¡Volá!”. Gatica tampoco podrá pertenecer, siempre será excluido. Lo sabe y le duele. No por eso se negará a sus gustos que lo hacen ser quien es; una sopita calientita, algún perro y algunas borracheras.
No sólo por esta referencia la obra de Favio se abraza con Elefante Blanco. Su pasión por el plano secuencia hace huella en Trapero. Así termina Carancho y así terminará Elefante Blanco. Con un gran sufrido plano secuencia del cual no podemos contar mucho.
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