Tengo que confesarlo, la verdad es que me gustan mucho los muñecos. Además creo que tienen alguna relación directa con el cine, aquello de lo inanimado animado. El teatro es real, hay un tipo ahí parado. El cine es más falso, es más mediático, hay una lejanía más concreta con la realidad, pero igual puede ser tanto a más verosímil.
Siempre me atrajeron los Muppets, los muñecos de los ventrílocuos (los que no me llegaban a dar pánico) y siempre tendré un lugar en mi corazón para Gizmo. Es genial la idea de que una media verde con ojos tenga tantas expresiones. Sobre todo sigo sintiendo la superioridad de la materia sobre los efectos especiales. Me causa más empatía, por ahora, el Yoda de plástico que el digital (aunque igual es divertido que salte y luche).
Como John (Mark Wahlberg) en Ted, yo también tenía un peluche de chico. El de la película es un oso que por un milagro navideño cobra vida para convertirse en el amigo inseparable que necesita un chico solitario. Este osito lleva la gracia del Teddy de Inteligencia Artificial, hay un origen concebido por Spielberg y Kubrick. Cuando los 2 crecen, ya con treinta y pico de años, a John no le es fácil separarse de él y le trae problemas con su novia. En mi caso era un mono sin nombre. Yo no lo recuerdo pero al parecer me lo sacaron porque ya era muy grande para tener un mono de peluche. Luego de muchos años lo pude recuperar de entre los juguetes viejos. También (y con razón) mi relación con él me ha traído varios problemas así que lo he apartado de mí nuevamente junto a otras aspiraciones y sueños.
Por otro lado Ted habla del cine. Del gusto por el cine, por las películas de los 80, por las buenas y las malas, por las fantasías de los niños. Recuerdo que la discusión más dura entre mis amigos era qué animalejo había en los orificios donde se debía introducir el brazo en el desafío de Timothy Dalton en Flash Gordon
Ahora aquel Mono está en algún lugar de la casa de mis padres, seguramente vaya a buscarlo y rescatarlo del olvido, antes que se pierda o lo quemen, para no terminar como Orson Welles en El Ciudadano.
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