Ni la televisión ni otros pasatiempos tecnológicos de la vida moderna pudieron contra ese juego suyo de la infancia, mezcla de creatividad y de destreza, que no requiere de más que algunos elementos fáciles de conseguir y un poco de paciencia. Eduardo Castro tiene 64 años y sigue, igual que cuando era un niño del barrio La Loma, armando y remontando barriletes. Sólo que entonces los fabricaba con papel de diario y alcanzaban una altura de no más de 100 metros y hoy los diseña de tal manera que puedan ser desarmables y los lleva, así, sin mayor esfuerzo, desde su “base de operaciones” del Parque Alberti, a 700 metros de altura.
“Y eso no es nada, los he puesto a 1.500 metros y no hace mucho uno llegó tan lejos que una avioneta le cortó el hilo”, dice orgulloso.
Empleado del Instituto de Previsión Social y ahora de vacaciones, todas las tardes que el viento se lo permite, carga un bolso con distintos barriletes y se reúne con amigos -vecinos también del parque de 38 y 25- para compartir este gusto por el antiguo entretenimiento que por estos tiempos casi no se ve, salvo en los balnearios de la costa atlántica durante el verano.
Otros, igual que él, siguen con la tradición, como José Abate, jubilado de YPF, dibujante reconocido, que a los 87 años construye piezas para remontar y se las da a los chicos del barrio. “Hizo como 300 -afirma Castro- y los regaló. Incluso un alas delta enorme que también subía muy alto”.
Cada vez más sofisticados
Castro arma coloridos cometas en forma de octógonos y a la vieja usanza, para lo que se vale de un gran trozo de nylon, cañas de tacuara y cinta de embalar que refuerzan la estructura. Pero con los años (“los fabrico desde que tenía 9”) perfeccionó la técnica y los hizo un poco más sofisticados. Para evitar roturas, coloca en las juntas tubos de plástico. “Así puedo transportarlos”, subraya.
Su amigo, José Ricci, lo acompaña todas las tardes. Gran admirador de la habilidad de Castro, lo ayuda cuando el remonte se dificulta por la falta o exceso de viento. “Han llegado hasta el Estadio Unico y hasta 44 y 31. Desde acá se ve un puntito en el cielo”, comenta.
En estos días a pleno sol y de brisas que van y vienen, nada aleja a Castro de su cita en Parque Alberti. La ocasión se presta para despuntar el gusto por su entretenimiento preferido, desafiar nuevas alturas batiendo sus propios récords y juntarse con los amigos mientras que el barrilete hace dibujos en el aire sobre el fondo celeste del cielo. Pasa así 4 ó 5 horas de cada tarde.
“Para mí, remontar barriles, además de un hobby, es un deporte. Porque hay que hacer bastante fuerza para mantenerlo y después para bajarlo. A veces sube tan alto que demora varios minutos en llegar al suelo y hay que saber sostenerlo y aguantar el peso, que representa varios kilos”, explica el vecino de Parque Alberti.
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