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"R100" de Hitoshi Matsumoto

Por Redacción

¿Qué es la comedia?

 

Parece que Hitoshi Matsumoto es un comediante de la televisión japonesa, creador de un particular humor absurdo. Por ejemplo, Las locuras del Zen, aquel programa de MTV donde un grupo de muchachos debía hacer ridículas prendas sin reírse, es la versión estadounidense de uno de sus sketches, La biblioteca silenciosa. La serie documental de la televisión japonesa Professional dedica un episodio a Matsumoto. Allí se muestra minuciosamente el proceso de creación de un sketch de otro de sus programas cómicos, desde el desarrollo de la idea hasta su realización meses después. Es muy interesante el camino en la búsqueda de la comedia, en la construcción del humor, y todo el trabajo real que existe hasta llegar a un resultado, que no parece muy lejano a un sketch de Cha-cha-cha. Paralelamente, en el documental, podemos ver a Matsumoto cenando con amigos y preguntándose: ¿qué es la comedia? ¿cómo hacer reír a los demás?

En el 28º Festival de Mar del Plata se presenta su cuarta película R100. Con excepción de la primera, Big Man Japan, se han proyectado sus otras películas, Symbol y Saya Samurai, en ediciones anteriores.

Desde Big Man Japan, Matsumoto empieza a dar signos de su particular comedia cinematográfica. Esta película de 2007 trata sobre un anti-superhéroe que, un año antes de Hancock, tiene la habilidad de transformarse en un gigante de 50 metros que pelea contra seres extraños de proporciones bíblicas que amenazan la ciudad. A pesar de esto, la gente no lo respeta, en parte también porque es bastante tonto. Más allá del tono de comedia bizarra, Matsumoto se va de registro y hacia el final, cambia totalmente de universo. La diégesis de la película se rompe, deja de pretender ser realista y pasa a convertirse decididamente en un Kyodai Hero, el género de televisión japonesa donde algunos superhéroes gigantes luchan contra bestias grandes como edificios del tipo Godzilla. Esas series donde se pone de manifiesto la realidad por la fallida puesta en escena. Maquetas no muy complejas de ciudades y algún actor dentro de un traje de monstruo bastante pobre. Pero aquí el cambio de formato y su relación con lo real se hace más evidente cuando varios superhéroes empiezan a patear al villano en el suelo, humillándolo, bardeándolo, como un arrebato de pandilla barrial.

A pesar de su asombrosa irrupción, fue con Symbol que empezó a verse con más interés a este realizador japonés en el mundo del cine. También esta vez, él mismo protagoniza la película. Ya desde el inicio vemos claramente dos construcciones formales diferentes y dos universos significativos bien distintos. Por un lado, un mundo onírico, metafórico y simbólico, donde una persona despierta súbitamente en una habitación vacía. Como en una suerte de prueba-juego, cámara Gesell, la activación de distintos botones dentro de ese cubo van proporcionando ciertos elementos para la vida del confinado. Sin entender el porqué, cada vez que aprieta un botón aparecen los más variados elementos: comidas, adornos y hasta un africano que pasa corriendo. Luego de cientos de botones da finalmente con la salida e intenta escapar. Pero lo particular de esta historia es que simultáneamente en un montaje paralelo se muestra la vida de un abuelo mexicano, luchador de Puroresu (una especie de lucha libre mejicana, pero en Japón), acompañado por su hijo y su nieto que lo van a ver participar en otra de sus peleas. Esta segunda historia está contada con un tono realista, costumbrista. Las historias no tienen la más mínima relación durante mucho tiempo hasta que uno de los botones que aprieta el personaje encerrado causa un sorprendente efecto en medio de la lucha libre. El cuello del viejo peleador se estira de una manera totalmente absurda. Queda establecido que cada suceso milagroso de la vida cotidiana en cualquier parte del mundo podría haber sido activado por este esclavo japonés cada vez que haya apretado un botón sin funcionar.

En su última película, R100,  Matsumoto cuenta la historia de un hombre en busca de placer sexual a través de una extraña agencia donde institutrices sadomasoquistas en cualquier momento cotidiano sorprenden al cliente para proporcionarle ridículas formas de violencia, y así generar satisfacción. En ese instante de orgasmo la cara del cliente se infla exageradamente, irrealmente. Luego, se entiende que existe otra historia paralela. Se trata de los productores de esta misma película y su problema en seguir soportando a un anciano director de cine que no para de filmar incoherencias. Hacia el final, el viejo director, que logra seguir en su puesto, mira su obra terminada. Ahora, a él mismo se le empieza a inflar absurdamente la cara, una transormación mágica que sólo existía dentro de su película. Orgasmo visual y artístico en clave de metalenguaje de la mano de Matsumoto.

Nos queda Saya Samurai, su película de 2011, que parece ser una comedia sentimental tonta, alejándose de ese juego de realidades alternas que se venía analizando. Aquí se cuenta la historia de un samurái caído en desgracia. Luego de haber desertado de la guerra es sentenciado a “la prueba de los 30 días”. Consiste en poder hacer reír al hijo del emperador que ha perdido la risa por la muerte de su madre. Si no lo logra en este período de tiempo deberá cometer “sepuku”, suicidio de samurái. De esta manera, el personaje intenta hacer reír al niño de las formas más ridículas y estúpidas. Los días pasan y el objetivo se va complicando, por lo que recibe ayuda de su pequeña hija y también de los carceleros que lo acompañan. Juntos ayudan a pensar, construir y diseñar cada sketch para lograr el objetivo. Aunque el niño no parece reaccionar, el público se empieza a entusiasmar. Este samurái se va haciendo cada vez más popular a la vez que el ahora grupo de cómicos se sienten felices y orgullosos por sus creaciones. En principio, pareciera que no hay dos mundos esta vez. Pero sucede que aquí Matsumoto se pregunta: ¿Qué es la comedia? ¿Cómo se hace? ¿Qué cosas dan gracia? ¿Cuánto hay que trabajar para eso? Aquí, el cine es película y a la vez pregunta e indagación sobre sí misma. El viejo samurái representa a Matsumoto (esta vez, interpretado por un no actor) trabajando con sus colegas que sufren y se juegan la vida por hacer reír. Aunque es una comedia de ficción, Matsumoto hace un documental sobre sí mismo trabajando con su equipo y experimenta con nosotros. Para probar qué cosas hacen reír y cuáles no. Para no dejar de preguntarse qué es el humor y para que, a su vez, disfrutemos profundamente de esta pregunta.

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