Tarantino en Death Proof quiso hacer un homenaje a las películas de acción, de acción real, con dobles, con escenas arriesgadas, persecuciones y choques, grandes proezas sin efectos en computadora, pelis de la vieja escuela, a la vieja usanza. Entonces eligió como protagonista a la bella y habilidosa doble de Uma Thurman en Kill Bill, Zöe Bell. Allí, algunas amigas actrices se enfrentan a Kurt Russell en escenas de pura acción. De más está decir que Zöe Bell se dobla a sí misma. Pero entonces ya no se trata de un simple homenaje. Como en las películas de Jackie Chan, las acrobacias son más espectaculares porque sabemos que él se encarga de todas, no hay doble, y por eso no hay cortes necesarios, montaje forzado para que no reconozcamos el truco; porque no hay truco, hay realidad, hay riesgo real y así lo confirmamos cada vez que terminan sus películas, donde vemos los verdaderos peligros que sufrió.
El importante crítico francés André Bazin explicaba este problema en su “montaje prohibido” al hablar de la película Crin Blanca de 1953. Allí reniega de los cortes que posibilitan la entrada del doble en escena para hacer proezas con el caballo suplantando al niño protagonista; evidencian el truco y además la pérdida de autenticidad no se resuelve luego. El montaje, que a veces se piensa como fundamental en el cine, dice Bazin, cuando rompe una situación donde lo esencial es que dos acciones se sucedan en el mismo espacio es decididamente anticinematográfico. De nada sirve ver a Jackie Chan en un clip de planos detalles de pies y caras golpeadas; tenemos que suprimir los cortes para que no se pierda la sensación real de la hazaña y verlo peleando efectivamente. Así en Death Proof el miedo de Zöe Bell al ser perseguida por Kurt Russell y el riesgo de caer a la carretera a 100 kilómetros por hora compartirán el mismo plano.
En Django uno de los personajes de la pandilla villana es una mujer con un típico pañuelo que esconde su identidad; se trata obviamente de Zöe Bell. En un determinado momento mira atenta una imagen estroboscópica, en 3D. No hay nada nuevo en las tres dimensiones parece decir Tarantino, es algo tan viejo como el viejo oeste. Puede ser una moda que pasa, como en los ‘50 y en los ’70. Tal vez que sea precisamente ella signifique que el 3D se trata de un truco forzado que nos separa de lo real del cine que no es necesario usar.
Sucede que Django también rememora el cine a la vieja usanza, el cine que le gusta a Tarantino. No se trata de puros efectismos, se trata del cine que tiene que ver con la realidad, del cuerpo puesto en acción. De allí que veamos claramente a Jamie Foxx tirar por un capricho la montura al suelo y, en un plano secuencia sin dobles, montar gloriosamente a su caballo en pelo, como se monta a Crin Blanca.
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