Por LUCRECIA GALLO
Suena Mario Luis.Acá, en Abasto, en el Centro de Orientación y Producción Agropecuaria, a veinte minutos del casco urbano de La Plata, 17 pibes privados de su libertad esperan al entrenador.
El bajará de un Palio blanco con el bolso en la mano. Vestirá musculosa, pantalón largo y unas buenas “llantas”. Cruzará la puerta de la casona antigua, una reja amarilla y otra más. Saludará a los asistentes, a la encargada de ropería y entrará al patio, con el pecho ancho, como si estuviera en el Luna Park.
El escenario: soleado. Un campo abierto repleto de pavos, gallinas y chanchos. Un fuego encendido, a un costado. Una cancha de fútbol, la pelopincho, el mate y una promesa hecha realidad. Hugo “Popeye” Luero, el profe de gimnasia que los entrena martes y viernes, hoy les enseña a boxear.
-Eh, viejo, trajiste los guantes para jugar- le dice el Chino, uno de los 17 que viven ahí, apenas lo ve.
-Los guantes no son para jugar -aclara, Hugo, entre dientes- son para pelear.
Lo que no saben ni el Chino, ni los otros 16 es que Luero, como a él le gusta llamarse, fue un protagonista del boxeo. Con 15 años de trayectoria, debutó en 1976 y se retiró 1991. Sus peleas -30 como aficionado y 112 profesionales de las cuales perdió 19- se comentaban en El Gráfico, entre otros diarios del país, y hasta se transmitían por los canales de televisión. Peleó con todos. Fue campeón argentino y sudamericano, anotó dos récords y aunque dice no añorar nada de aquella época, cada vez que puede, repite: “A mí sólo me faltó ser campeón mundial”.
Golpe de suerte
Si la vida de Hugo, el hombre que llegó a La Plata para ser boxeador, se contara en un libro, la primera línea diría: “Nada sucede dos veces, sólo hay una oportunidad”.
Es sábado. Hugo tiene 17 años -ahora cuenta 56- cuando se va a bailar con los amigos, como tantas otras veces, a San Clemente del Tuyú, ubicado a unos 10 kilómetros de su Santa Teresita natal, partido de General Madariaga, por esa época. Apenas se bajan del jeep en el que habían ido, leen un cartel que les cambia los planes: “HOY BOXEO. CLUB FOMENTO DE LAS MONJAS”.
Una vez adentro, casi como en las películas hollywoodenses, alguien empieza a decir que falta un boxeador para una pelea y ahí nomás se avivan todos.
-Dale, peleá- le decían los amigos.
-Están locos, si yo no entiendo nada de boxeo.
-Dale, cagón. Cómo no vas pelear- insistieron e insistieron.
De pronto, no tuvieron que suplicar más. Enseguida, aunque nunca, pero nunca se le había cruzado por la cabeza subirse a un ring, dijo que sí. Le prestaron un pantalón corto y un par de botas y arrancó, sin problemas. Ese día, así, de imprevisto, conseguía su primer empate en el tercer round. No tenía más trayectoria que los códigos de la calle.
Estados Unidos de La Plata
“Me voy, quiero ser boxeador”, dice que le dijo a su madre cuando volvió de San Clemente. “¿A dónde vas a ir?”, le preguntó ella sin oponer resistencia.
Por entonces vivía con su mamá, ama de casa y sus cuatro hermanos, menores que él. Estaba en segundo año del secundario y trabajaba en una ferretería. Por segunda vez no dudó. Dejó todo: la escuela, la familia y el trabajo.
“Mirá, Juan Carlos, no quiero trabajar más, quiero ser boxeador”, recuerda que le dijo a su jefe y también recuerda que el tipo se rió. Vendió la Gilera 150 que se había comprado trabajando y así, como quien cambia figuritas, adquirió un pasaje para irse a Luján, donde tenía algunos amigos.
En el viaje, le comenta a su compañero de asiento que quería ser boxeador. Y éste, un desconocido que según Luero, hoy podría adjudicarse el mote de haberlo descubierto, le dice: “¿Cómo te vas a ir a Luján? Tenés que estar cerca de Buenos Aires, tu destino es La Plata”.
Y así fue como, en Dolores, cambia el pasaje y se viene para la ciudad de las diagonales. “Yo nunca había salido del campo. Para mí La Plata era como EE UU. No conocía nada”, cuenta sonriendo, el boxeador.
En guardia
Habían pasado tres meses desde que vivía en una pensión en 45 entre 1 y 2, con vianda incluida. Su madre Esther no estaba ni enterada de su paradero. Y mucho menos su padre, Ernesto, el cual desde que se había separado de su madre vivía en Entre Ríos. Era carnicero.
Preguntó por todos lados y llegó al Club Atenas, donde estuvo poco tiempo hasta que le recomendaron: “Con tus perspectivas hay una sola persona que te puede ayudar”. Ese hombre se llamaba y se llama Alfredo Navarro y también fue directo: “Si tenés condiciones yo no te voy a hacer perder tiempo”, le dijo.
Y llegó el día del debut como aficionado. En Río Santiago; el viejo Club YPF era el marco de la fiesta en la que ganó por nocaut en el primer round.
Quizá ese fue el comienzo de una historia que hoy le permite afirmar: “El deporte es lo más lindo que le puede pasar a alguien porque sin ser nada, por una piña que pegaste, al otro día te conoce el mundo”.
Dos con izquierda, uno con derecha. Dale, más fuerte. No te pongas duro, livianito. Ahora, en el instituto de menores C.O.P.A donde trabaja como profesor de educación física desde que Duhalde, como gobernador provincial,en 1994, lo convocó, el Polaco -un rubio que a los 14 aprendió a boxear, se calza los guantes y prueba pelear tres minutos con el campeón. Luero le explica el recorrido del golpe, lo espera y después lo empieza apurar. El Polaco se pone rojo, no aguanta más.
“Para pegarle a la bolsa me tuvieron un mes caminando para adelante, para atrás, para el costado. Con las manos atadas para que no las baje, me enseñaron lo que era el boxeo”, cuenta Luero y asegura: “Aprendí como en la vida: primero te parás, después caminás y por ultimo corrés. No te podés parar y salir corriendo, porque te vas a caer.”
Popeye y el título argentino
Las vueltas de la vida no son tantas, pero a veces, según quien la gire, va más rápido. Es 10 de febrero de 1976. Hugo Luero vuelve a San Clemente del Tuyú. Tiene 19 años, 30 peleas como aficionado y, de contrabando, porque su edad no alcanzaba la permitida, en el mismísimo Club Fomento de las Monjas donde se subió por primera vez a un ring enfrenta en su primera pelea profesional a Galindo González y le gana por nocaut en el quinto round.
En un año estará tercero en el ranking argentino y peleará con los mejores hasta llegar a lograr los dos títulos. Por sus puños desfilaron los rostros de Ubaldo -Uby- Néstor Sacco, Marcelo Di Croce, Yeyé y Pajarito Hernández, Lorenzo García y Locomotora Castro, entre otros que siguen en la lista.
“Todos pelearon conmigo. Soy el boxeador que en la historia del boxeo argentino más peleas hizo: 36 de fondista en el Luna Park, además de ser el último en pelear en el templo del box, antes de que cerrara”, remarca el hombre de ojos azules y piel blanca.
Por el titulo argentino peleó con Héctor “Yeyé” Hernández un 23 de septiembre de 1978, generando uno de los récords que marcaron su vida hasta la actualidad. Ese día entraron al Luna Park 16.500 personas. “Soy el último boxeador en llenar el Luna Park hasta hoy. De ahí en adelante nadie me igualó”, señala el campeón. El tenía su propia hinchada, la del club de sus amores: Gimnasia, la que cargó 17 micros repletos de gente para ir a alentarlo y cortó calle 7 para recibirlo en la Ciudad.
Luero se saca la remera, traba los brazos y los pibes lo festejan como si fuera a pelear. El sol le pega en la cara al boxeador. Mira fijo al lente de la cámara como si recordara un antiguo rival.
¡Vamos Popeye, viejo, nomás!, le gritan, desde que en la pelea por el título argentino una tía levantó una pancarta con el apodo que lo bautizó. Hoy lleva tatuado el dibujo del marinero que comiendo espinacas cobraba fuerzas para pelear.
Un nocaut para la historia
En la otra esquina del cuadrilátero, Diógenes Pacheco Da Silva no sabe que esta noche perderá por nocaut en el 7º round. Ni siquiera imagina que el puño de Popeye le hará dar una vuelta carnero. Pelean por el título sudamericano, es 4 de agosto de 1979 y las cámaras de canal 13 registran la memorable velada en el Club Atenas. “Nunca en la historia hubo una caída igual”, sintetiza este medio mediano que hoy se mantiene en 68 kilos, dos arriba de su peso de competencia, aunque originalmente comenzó peleando en la categoría welter junior. Y no pierde oportunidad: “Fue una carrera muy linda. Ser campeón del mundo fue lo único que me faltó”. A esa altura, batía su segundo récord: 56 peleas invicto. 13 en un año y entre ellas cinco por título.
Luero, dice él, fue el tipo que más horas entrenó en el boxeo argentino. Hacía 500 abdominales en 10 minutos. Corría todas las mañanas entre 6 ó 7 kilómetros. Y se cuidaba. Como era grande para la categoría, hacía una comida por día. Lo tenía todo calculado: sabía cuánto engordaba con un churrasco como con un vaso de agua. Y claro que si había que bajar medio kilo antes de una pelea, tenía todas las estrategias para hacerlo. Ahora sigue corriendo, pero ya no hace abdominales. No le teme al paso del tiempo y asegura, “estoy mejor que antes”.
Cuando se dio cuenta de que su tiempo había pasado y que Tito Lectoure, dueño del Luna Park, le había negado la posibilidad de pelear por el campeonato del mundo, bajó la guardia y decidió retirarse.
Corría el año ‘91 cuando Popeye se despidió. De nuevo el Club Atenas y un contrincante platense: José Quinteros, al que le gana por puntos. Ya tenía 34 años, estaba casado y con dos hijos: Mauro Iván (22) y Diego Ignacio (26), a los que nunca prefirió entrenar. Es que Luero conoce el paño, y por eso dice: “el boxeo es un arma mortal. Hoy se hace cualquier cosa, nunca quise que mis hijos pelearan porque los pueden lastimar”.
El camino de la fama
La lógica indica que para llegar a la cima hay que empezar bien de abajo. Luero hizo eso, escalaba como podía. De a poco. Sumaba. De una pensión en otra. Más tarde, una casa alquilada, la posibilidad de comprarla, de traerse a su familia: madre y hermanos. La formación como profesor de gimnasia, el entrenamiento, dos gimnasios y muchas amistades. Todo eso, mientras peleaba.
El campeón sudamericano, el mismo que tuvo que pedir prestado un par de guantes para comenzar con el box recreativo en minoridad, supo viajar por todo el mundo: conoció Panamá, Colombia, Venezuela, Francia, Sudáfrica e Italia. En cada lugar lo recibieron con los mejores agasajos. Lo invitaban a comer y le entregaban reconocimientos que él, sin pensar en la posteridad, regalaba cada vez que un fan se lo pedía, al terminar la pelea.
“Uno piensa que la fama nunca se termina. No tengo nada guardado, ni filmaciones, ni recortes, sólo me queda el cinturón del Sudamericano. Me hubiera gustado armar un museíto”, se arrepiente Hugo y aunque intenta hacer memoria sabe que las pocas cosas que tiene guardadas son la nada si se compara con los años de carrera.
Si cenaba en un restaurante se acercaban a pedirle autógrafos, sacarse fotos. No pasaba la puerta de ningún lugar sin que antes se escuchara: ¡Hola campeón!
Pero otras eran las épocas del boxeo y ya nada es igual. Luero no tiembla en decir: “Yo era como Maravilla Martínez”.
Antes, cuando la ocasión lo ameritaba, se ponía algunos de los sacos que Ante Garmaz le regalaba. Cenaba con Monzón y Susana, Moria y Castiglione. Conoció a Olmedo y al Facha Martel, el Bambino, Pepe Parada y Cacho Fontana. Pero, inigualables, sus ídolos son Maradona y Menem.
Con el Diez dice haber compartido muchas cosas: acá y en Italia, pero paradójicamente la única foto que tiene con él se la sacó en La Plata cuando Diego era técnico de Mandiyú.
A Menem lo conoció cuando todavía era gobernador. Recuerda que estaba en la primera fila del Luna, mirando a Corro, y el riojano soltó:
-Si este tuviera los huevos que tenés vos.
-Cada uno con su estilo- le dijo, humilde, al gobernador.
-No, no. yo de esto se mucho- le retrucó Carlos.
El retiro no es su final
Aunque el instituto de minoridad C.O.P.A no es un cuadrilátero, en algo se parece. Los alambrados marcan como las sogas del ring los límites del juego. Luero junta las cosas para volver a su casa.
-Eh viejo, peleá conmigo- le dice el Chino.
-Qué vas a pelear vos- le retruca Luero.
- ¿Qué te hacés el profesional? Yo te peleo a lo tumbero, te rompo todo- le dice entre risas.
- Que mal te veo Chino, las peleas en la calle, abajo del ring, también las gané todas.
Luero, este zurdo reacio, que daba pelea, ganara o perdiera, arriba del ring no mira para atrás, asegura que estos chicos corren con ventaja. Tienen a un campeón como entrenador. Y los pibes lo saben. Esperan que esta primera clase de box recreativo se multiplique con una bolsa y más guantes. Saben, como Luero, que el box los puede acompañar en ese minuto suspendido, ese en que hay que recuperar las fuerzas, controlar las pulsaciones, recomponerse para estar erguido cuando la campana vuelva a sonar.
Hoy, Luero quiere devolverle a la Ciudad algo que antes no pudo lograr. Sueña con traer, por primera vez en la historia, una pelea por el título del mundo a La Plata. Piensa en Narváez como protagonista de la velada y aunque espera el apoyo del gobierno provincial, lo ve cerca. “Voy a buscar los medios para poder hacerlo”, reafirma.
Cuando se ríe, a Hugo se le arruga la cara, la única resentida por los golpes. Ya pasaron más de 20 años de su retiro, pero no importa cuando, alguna vez celebrará un aniversario con una gran fiesta entre amigos, donde exhibirá en pantalla gigante, su pelea legendaria por el sudamericano. Aunque primero, claro, tiene que conseguir el video.
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