En plan de desarrollar una especialidad de buceo con tiburones que luego habría de registrar como propia, Esteban Darhampé se dio cuenta de que los equipos de oxígeno eran una limitación porque sus burbujas espantaban a los escualos. Fue así que para evitarlo comenzó a sumergirse conteniendo la respiración y con el tiempo fue ganando experiencia en esta práctica conocida como apnea hasta alcanzar los cuarenta metros de profundidad. Radicado en Honduras, hoy Esteban no sólo practica la disciplina como un deporte en sí mismo sino que es además el principal impulsor de un encuentro que reúne a los mayores exponentes de ella a nivel mundial.
Nacida entre pescadores de perlas hace siglos, la apnea constituye en la actualidad un deporte extremo que exige tanto resistencia física como un gran control mental. A fuerza de desarrollar estas capacidades, algunas personas llegan a descender más cien metros de profundidad o a suspender durante cerca de diez minutos su respiración.
“Se requiere desarrollar mucho la propia capacidad aeróbica, pero sobre todo control mental y concentración. Porque el gran desafío del buceo libre es administrar el aire, y para eso hace falta mantenerse tranquilo, sobre durante la primera parte descenso”, explica Esteban Darhampé.
Sucede que en los primeros veinte metros, como el cuerpo tiene todavía flotabilidad positiva, uno necesita impulsarse para poder bajar. Pero pasado ese punto la presión hace que los pulmones se compriman hasta un tercio de su tamaño, por lo cual ya no es necesario esforzarse: uno comienza a caer”.
Claro que ese mismo fenómeno que facilita el descenso obliga luego a nadar hacia arriba para salir a flote; y “ésa es la parte más brava”, cuenta Esteban.
Pero si el ascenso resulta duro no es sólo porque requiere de un gran esfuerzo físico en un punto en que ya no se cuenta con tanto aire, sino también por el riesgo que implica. “ A medida que uno va subiendo y la presión disminuye, el riesgo de sufrir una epoxia que te cause un desmayo es mayor”, dice.
“Si bien en los primeros veinte metros uno tiene que impulsarse para poder bajar; pasado ese punto la presión hace que los pulmones se compriman a un tercio de su tamaño y uno comienza a caer”
De ahí que las competencias de buceo libre, además de contar con buzos de apoyo que intervienen en caso de emergencia, tienen también un curioso protocolo que los participantes deben cumplir para que se les dé por válida la marca.
“Cada competidor debe llegar a una marca preestablecida en un tiempo fijado y, para probar que cumplió la prueba, tiene que traer a la superficie una tarjeta depositada en un plato. Pero además, una vez que emerge tiene que sacarse la máscara, mirar a los jueces y hacer un ok con la mano dentro de los quince segundos. Si se desmaya queda descalificado; y eso es algo común”.
Aunque el desafío de las competencias de buceo libre es siempre el mismo (llegar a la mayor profundidad posible administrando el propio aire), existen diversas modalidades en las que se suele competir. Entre las más populares se encuentran la apnea dinámica, la apnea con peso constante y la inmersión libre.
Mientras que en la primera de las modalidades el apneísta sólo se vale de sus extremidades como único medio de propulsión; en el segundo está equipado con un lastre que le facilita el descenso; y en el último de los casos, utiliza una línea fondeada tanto para descender como para ascender.
Según las modalidades, se han alcanzado ya récords mundiales que van desde los 101 a los 240 metros de profundidad. Aunque se trata de logros absolutamente increíbles, el cuerpo humano, al igual que el de los mamíferos marinos, está dotado de un reflejo de inmersión que facilita alcanzar esa profundidad.
Durante el descenso, el ritmo cardíaco de los apneístas disminuye entre un 10% y un 25% para ralentizar las funciones corporales y consumir menos oxígeno, al tiempo que sus vasos sanguíneos se contraen para elevar ligeramente los niveles de oxígeno, y el bazo libera más glóbulos rojos para que llegue oxígeno a los órganos vitales, sobre todo el cerebro y el corazón. Por otra parte, a medida que se desciende el plasma sanguíneo va llenando los vasos pulmonares para evitar los daños que podría causarles la presión a más de 35 metros de profundidad.
SUSCRIBITE a esta promo especial