Por ALEJANDRO CASTAÑEDa
Falso y auténtico se entrecruzan en esta súper estafa. La historia –según cuenta El País, de Madrid- arranca en las calles de Manhattan. Allí pintaba Pei-Shen Qian para poder pagarse su formación en la escuela de Arte de Nueva York. En esas veredas, a principios de los ochenta, conoció a José Carlos Bergantiños Díaz, español, 58 años, un coleccionista que, para la Fiscalía neoyorquina y el FBI, es figura clave dentro de un presunto entramado de falsificación de obras de arte.
Según la acusación estadounidense, Bergantiños habría contratado a comienzos de los ochenta a Pei-Shen Qian para que imitara obras de mitos del arte moderno como Franz Kline, Jackson Pollock, Lee Krasner, Willem de Kooning, Barnett Newman, Clyfford Still o Sam Francis.
Pei-Shen Qian tenía enorme talento. Deseoso por dejar su marca personal en medio de la estafa, no duplicaba obras conocidas, sino que creaba piezas nuevas, lo que en alguna medida ampliaba el catálogo del autor original y de paso iba afirmando a pura práctica su ciclo formativo.
Las telas fueron enajenadas durante años a través de una de las galerías más antiguas de Nueva York, Knoedler & Company, por la mexicana Glafira Rosales, pareja del español. Pei-Shen Qian las pintaba por unos cientos de dólares y Rosales las vendía en millones. Además de tener buena mano para imitar a Pollock o De Kooning, el chino utilizaba pinturas y telas antiguas compradas en mercados callejeros.
El informe de la acusación asegura que las galerías adjudicaron unas 60 pinturas por más de 80 millones de dólares. Los cuadros superaron sin problemas el análisis puntilloso de los estrictos expertos. Algunos, incluso, fueron adquiridos por museos neoyorkinos. Los exhaustivos estudios confirmaban, uno tras otro, que eran viejos y eran auténticos.
¿Hasta dónde merece la cárcel un hombre que estuvo al margen del gran negocio y que con su talento le dio a la pintura y a la réplica nuevas posibilidades? Pei-Shen Qian en su atelier doblaba la apuesta ante cada pedido: inventaba el tema y la ejecución, estudiaba a fondo colores, olores y telas de sus modelos. Y durante días, ha dicho, se sentía en la piel de su inspirador, en un entresueño que lo transportaba entre la posteridad y el artificio.
La galerista está detenida desde septiembre y el español cayó el viernes 18. Pesa sobre ellos la amenaza de 99 años de cárcel. Pero Pei-Shen Qian se fue con su caballete a China. Sus telas acaso nos avisan que, como no quedan originales, este mundo está condenado a la repetición y a la copia. En declaraciones desde Shanghai aseguró ser víctima de “un enorme malentendido. Hice una navaja para cortar fruta”, dijo. “Pero si otro la usa para asesinar, acusarme a mí es injusto”.
¿Por qué castigar al que es capaz de estar a la altura de los mejores?, se preguntan sus defensores. ¿Por qué privar al arte de unas intentonas que en el fondo demuestran que lo único nuevo es poder descubrir algo viejo? Pei-Shen Qian con su usurpación puso en tela de juicio el mundo de ingenuidad y mentiras que se agita detrás de las subastas. Demostró que no copia el que quiere sino el que puede. Y se burló de un peritaje que no fue capaz de diferenciar entre un original antiguo y un fraude moderno. Sus copias, en alguna medida desnudan los riesgos de tener que ir encontrando cosas nuevas a cada paso. Sus cuadros invitan a dudar del tiempo, de la realidad y de su frágil sistema de representación.
¿Cómo es posible que un pintor de 73 años, sin experiencia, pudiera deslumbrar con imitaciones de tal calidad? Lo suyo revaloriza a la falsificación: aportó a las galerías obras y misterios nuevos y lo hizo tan bien, que los analistas, al darlas por buenas, acabaron transformando al fraude en un verdadero hallazgo. Sus pinceles lograban atrapar una inspiración y una época. Hasta el olor del ayer traían sus telas. Estiró los límites de la realidad. Y la falsedad, en sus manos, dejó de ser trampa para ser acontecimiento.
SUSCRIBITE a esta promo especial