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Las nuevas estrellas de las carreras de caballos se forman en la Escuela de Jockeys del Hipódromo de La Plata. Una vez que se reciben, como aprendices, ganan mucho dinero; pero cuando se profesionalizan, el sacrificio es durísimo. Un trabajo con mucha exigencia de peso y de estilo de vida, hecho sólo para valientes
Por CINTIA KEMELMAJER
Miguel Franco Acosta, 18 años, morocho y bajito, es musculoso y su cuerpo se parece al de un equilibrista. Es el primer jockey platense que tiene manager: esa figura habitual en otras actividades deportivas o del espectáculo, comienza a colarse en el mundo del turf. ¿Por qué? Ya lo verá. Acosta nació en Paraguay y en 2011 un patrón lo trajo a La Plata para que estudiara en la Escuela de Jockeys del Hipódromo, una de las tres -junto con Palermo y San Isidro- que existen en la Argentina. Luego de dos años, se recibió de jockey aprendiz y desde entonces corre y corre: ya compitió en setecientas carreras. Y Acosta se lleva 230 pesos cada vez que se sube al caballo, gane o pierda –unos 25 mil pesos al mes-. Los resultados, nada mal: salió primero en 106 carreras. Así que, además del sueldo, se llevó el diez por ciento de los premios. Y eso que aún le faltan catorce carreras para recibirse de jockey profesional.
Si hablamos de profesionales, el 1° de mayo pasado Mario Leyes batió su récord: frente a la mirada de setenta mil espectadores, ganó el Gran Premio República Argentina en el Hipódromo de Palermo. El pozo fue de un millón de pesos. El jockey, como corresponde, se llevó su diez por ciento. “Las tribunas estaban repletas -rememora Leyes, que acaba de terminar de correr su primera carrera del día-. Lleva puesta una polera azul eléctrico ajustada al cuerpo con un caballito blanco bordado en el cuello, pantalones blancos típicos de jockey, botas negras acharoladas en punta y embarradas. “Fue un día soñado”, recuerda.
-”Millonarios no sé si somos los jockeys” -dice Leyes, de 34 años-. Desde que empezó en 1997 corrió once mil carreras y ganó mil doscientas. “Es verdad que ganamos bien. Pero si lo decimos corremos riesgos, porque vivimos todos acá, en el barrio Hipódromo...”
El barrio Hipódromo es un barrio de laburantes. De ancianos. De viciosos -que van al bingo o a los burros-. Un barrio que en los últimos años es noticia por hechos de inseguridad. Y también un barrio de “millonarios tapados”. A pesar de sus buenas ganancias, ni Leyes ni el resto de los jockeys adinerados se mudarían más allá de las diez cuadras de distancia; menos aún a un barrio cerrado, porque necesitan el lugar de trabajo cerca. Se levantan muy temprano y varean los caballos. Si no lo hacen, el trabajo se les puede escurrir como el agua.
Leyes sabe lo que es la necesidad, y no quiere volver a pasarla: vino de Mendoza a La Plata siendo pobre. En su familia eran ocho hermanos. Su papá, cuidador de caballos, lo trajo con uno de sus hermanos. Vinieron con la misión de anotar a Mario en la Escuela de Jockeys Aprendices, adonde estudió tres años y salió a las pistas hecho una fiera: no paró de ganar. “No tenés nada y de golpe tenés mucho. Es duro –dice-. La escuela te lo va advirtiendo. Lamentablemente algunos se dan cuenta tarde. Pero si uno se pega a la familia se cuida de todo”.
CUESTIÓN DE PESO
Lo que más le costó a Leyes de la escuela fue lo que le cuesta a la mayoría: llegar al peso reglamentario. Cuando ingresa, a los quince años, el alumno tiene que pesar 45 kilos. En la escuela el momento del control en la balanza se realiza, al menos, una vez por semana. El que está excedido de peso tiene una falta; si llega a las quince inasistencias, queda afuera.
-El ogro que los pesa y los deja afuera soy yo -dice Luis Miguel Bertarelli, director de la Escuela de Jockeys Aprendices desde 2007-. Cada año ingresan entre diez y doce alumnos y se reciben entre cinco y ocho. Cursan desde Reglamento hasta Caballo Mecánico y los someten a exámenes de Equitación, Educación Física e Hipología (la ciencia que estudia al caballo, desde su estructura física hasta sus aspectos culturales).
Una vez recibido, el aprendiz de jockey aumenta su peso de modo paulatino. Traducido: hasta las primeras sesenta carreras ganadas, el jockey “descarga cuatro kilos”, es decir que corre con cuatro kilos menos que un profesional; de las sesenta a las ochenta, corre con tres kilos menos; entre las ochenta y las ciento veinte, corre con dos kilos menos. Una vez que ganó ciento veinte carreras, el jockey se hace profesional y la balanza sólo puede clavarse en un lugar: los cincuenta kilos. “Se los beneficia por la inexperiencia”, dice Luis Miguel. Aunque el beneficio de correr más liviano signifique, en la práctica, matarse por estar flaco.
El peso es el karma del jockey: para llegar puede hace cualquier cosa. Muchos sufren trastornos alimenticios. Además de cinta y bicicleta fijas, Mario Leyes, por ejemplo, instaló un sauna en su casa. Lo usa todos los días de la semana para bajar ese kilo y medio de más que siempre lo atormenta. La exigencia tiene una razón: si el corredor de caballos está pesado no recibe montas.
Por eso desde chicos los jockeys -dice Luis Miguel- tienen que aprender a comer y a vivir de otra forma que sus amigos. Su rutina es atípica. Se levantan a las 5 de la mañana. Varean los caballos entre las 6.30 y las 10. Tienen que estar bien despiertos y lúcidos para manejarlos: un caballo de carrera va a sesenta kilómetros por hora. Por ende, se tienen que acostar temprano. La vida del jockey es así.
LA CASA PROPIA
Cristian Menéndez tiene 26 años y vive a pocos metros del Hipódromo en una casa de rejas negras. Su coche, un Peugeot 208 gris, está estacionado en la puerta. En las paredes del living de su casa -pintadas de color rojo- cuelgan fotos hechas cuadro detrás de un vidrio: se lo ve a Cristian corriendo, a Cristian ganando, a Cristian posando junto a cuidadores y dueños de caballos. A la izquierda hay un hogar eléctrico encendido; sobre él, más de veinte copas. En el vértice superior del living, un televisor pantalla plana. De fondo se escucha el programa de Rial.
Se vino de Bolívar a La Plata a los quince para estudiar en la Escuela de Jockeys. Allá vivía en una villa. Eran diez hermanos. Ni imaginaba que podría llegar al sueño de la casa y el auto propio. Lo logró en poco tiempo. Ya corrió tantas carreras que perdió la cuenta. Las que ganó sí las sabe: son 530. En el primer año que se recibió, 2007, salió primero en la estadística -fue el que más carreras ganó-. Con sus logros pudo comprar, además de su casa, otras propiedades: una casa para una hermana, otra para un hermano. Un campo compartido con hermanos y tíos –con vacas, potrillos, abejas, chanchos-, y un caballo de carreras a medias con un gerente bancario. “Nunca nos sobró nada, por eso ahora que estoy bien trato de ayudar a mi familia”.
El primer logro fue comprar la casa, esa en la que ahora ofrece mates dulces, en la que vive con Daiana -su novia- y Santiago -su hijo de cuatro años, que no se cansa de dar vueltas sobre un caballo saltarín violeta-.
Ahora, el que quiere venir a probar suerte como jockey es Franco, su hermano. Cristian no está seguro de darle su aval: dice que es una profesión muy riesgosa. “Acá tiene que venir a tratar de ser alguien. Hay mucha droga, mucho cabaret a mano. La junta es muy jodida. No vale la pena sacrificarte para terminar siendo un vago”.
Cristian, por su parte, también tiene un sueño. No es seguir ganando carreras ni acumulando dinero. Es poder montar un negocio rentable para volver, de una vez por todas, a su añorado pueblo. “En cuanto me vaya mal, me vuelvo a vivir a Bolívar”. La última vez que se fue de vacaciones al pago chico fue para su cumpleaños, el 4 de mayo. Hacía dos meses que no iba. La pasó bárbaro, hasta que tuvo que emprender la vuelta. En La Plata lo esperaban los problemas: “Acá, donde dejás de venir a trabajar te sacan las montas –se encoge de hombros Cristian-. No te respetan nada. Yo he ganado muchas carreras, muchos clásicos, y los cuidadores te sacan los caballos como si nada, se olvidan de todos los logros de uno”.
VACACIONES ESTRESANTES
Lunes en Palermo, martes en La Plata, miércoles San Isidro, jueves La Plata, viernes Palermo, sábados en San Isidro y domingos en el hipódromo que toque. Las carreras no paran. La campana de largada suena quince veces al día en cada hipódromo, los 365 días del año. “Las carreras nunca paran, pero uno tiene que parar” dice Mario Leyes. Los corredores a los que les va bien -salvo que no tengan caballo que correr, porque ningún cuidador les dio una monta-, no tienen un solo día de descanso. Pueden pasar un año sin un día libre. El límite aparece cuando el cuerpo no aguanta. Entonces, viene la decisión más difícil: salir de vacaciones.
En general, los jockeys se toman el mes de enero, o julio, o quince días, cinco o lo que puedan. “El que está bien económicamente, para. El que no, monta todos los días para llevar el mango a su casa, porque acá no hay nada, no tenés sueldo, sólo lo que vos ganás y por carreras corridas -agrega Leyes-. Es así: si no corrés no cobrás”.
Para Alejandra Sturzenegger, una actual funcionaria municipal que estuvo, como periodista, muy vinculada al mundo del turf, “el sistema es cruel”, porque cuando egresan de la escuela, mientras son aprendices, reciben muchas montas y ganan muchas carreras, pero cuando se convierten en jockeys profesionales ya no corren con menos de cincuenta kilos, entonces no están tan livianos ni tienen tantas chances de ganar; por ende los cuidadores no les dan trabajo”.
Ahí merman los ingresos -que fueron muchos- y “entran en un ciclo de depresión del cual a veces no salen”, advierte Alejandra. “Hay casos en los que lamentablemente sufren accidentes y quedan postrados o lesionados y en la pobreza. Los que triunfan en el largo plazo siguen la misma receta: familia que les da contención emocional, sacrificio, trabajo y constancia”.
CABALLOS SALVAJES
Su nombre es Carolina Zapata, pulposa, tono caribeño, sonrisa perfecta y simpatía a prueba de balas. Uno jamás imaginaría que, ella también, es jocketa. El de los corredores, sin dudas, es un mundo dominado por los hombres. En Argentina las mujeres jockeys como Carolina son apenas cinco. Les cuesta mucho conseguir que un cuidador las elija para montar su caballo: “Las mujeres acá –dice Carolina- tenemos que trabajar el doble”. Encima, ella vino de Colombia a estudiar a la Escuela de Jockeys de La Plata con un título universitario bajo el brazo. Pero no de economista ni de veterinaria: de algo completamente distinto. Diseñadora de modas.
Ganó 52 carreras en total. En el mundo de los jockeys conoció a su actual marido –Mario Fernández, corredor platense exitoso y padre de su hija Ámbar-, y también conoció el machismo bien de cerca. “Ser mujer en este ambiente es bien jodido. Se mueve mucha agresión. En una carrera te pasan muchas cosas, te insultan, te gritan cosas de la tribuna, te quieren pegar y no les importa si sos mujer. Hay que tener un carácter especial”.
Al principio Carolina lloraba mucho, lloraba a mares. Hasta que -cuenta ella- se curtió. Y entendió que algunas cosas sólo se arreglan a los golpes. La primera vez que lo aplicó fue con un borracho que entró a la cancha a gritarle de todo. Era un peón. Carolina se bajó del caballo, se acercó hasta tenerlo de frente y le pegó un fustazo. Resultado: a la semana siguiente, el peón le pidió disculpas.
La segunda vez fue con un señor de la tribuna: “Me gritó, me gritó, me gritó, me hizo llorar. Entonces fui y lo busqué en el baño. Pero se escondió”. ¿Los compañeros jockeys? Bien, gracias. “Nunca nadie salta a ayudarte, acá vienen los mismos compañeros y quieren pegarte”.
De hecho, el último altercado lo tuvo con un compañero jockey. Venían llevándose mal, y un día Carolina tuvo que pegarle un cachetazo para ubicarlo. De ahí en adelante, todo fue paz y amor. “Ahora nos llevamos bien, pero tenía que ponerle los puntos”.
RECTA FINAL
Así como hacerse jockey es complicado y exigente, mantenerse en el nivel sin perder la cordura es difícil. Algunos jockeys no terminan con final feliz, menos que menos millonarios. Son los que se tientan con los excesos que tienen a mano desde que se reciben. “Cuando salen a correr tienen que enfrentar situaciones que pueden llevarlos a la ruina, y a muchos les pasa: el caso típico es el del chico que de no tener nada pasa a tener dinero y a hacer desastres con eso. Se les acerca cualquier persona y termina seco. Sucede mucho”, dice Luis Miguel. Lo más común en esos casos es que el jockey no vaya a entrenar, deje de varear sus caballos y, en cuestión de días, no reciba más montas.
Y no es cuento. Hay casos emblemáticos, como el de Miguel Cañedo, un jockey que corría en La Plata y ganó nueve veces la estadística. Durante sus primeros años como corredor hizo fortunas. Pero a los 51 terminó en la lona, alquilando una pieza en una pensión y con la entrada prohibida al hipódromo, denunciado por levantar juego clandestino.
“Se dedicó a cualquier cosa, se separó, empezó a despilfarrar todo su dinero -dice Luis Miguel-. Siempre les cuento ese caso a los chicos para que reaccionen y se den cuenta de qué les puede pasar”. Lo encontraron muerto en su piecita. La necrológica de EL DIA, en 2008, sentenció: “A los 56 años, falleció ayer en el Hospital San Martín donde se encontraba internado Miguel Angel Cañedo, un jockey que marcó época en el Bosque (…) entre su récord figuraba el de ser el primero en superar las 150 victorias durante una temporada. Se había retirado hacía años de la profesión, aunque era bastante joven como para intentar seguir, pero su número de victorias había decaído. En sus últimos días, Cañedo, por esas cosas de la vida, ya no disfrutó de la popularidad y la buena economía que alguna vez supo conseguir”.
A veces, para un jockey, es difícil bajarse del caballo.
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