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El momento Alibaba



Por Redacción

Por ROBERT J. SAMUELSON

WASHINGTON.– Alibaba, la empresa electrónica gigante de China, es una precursora.

Vamos a ver más empresas chinas que se aventurarán a entrar en la escena mundial. Las más ambiciosas ya no se contentan con operar exclusivamente en China o con actuar como fabricantes por contrato de marcas norteamericanas, europeas y japonesas bien establecidas. Un número cada vez mayor de ellas recaudará dinero en los mercados de capital del mundo (como lo hizo Alibaba en su “oferta pública inicial” de acciones), adquirirá firmas extranjeras y establecerá operaciones de fabricación y distribución extranjeras.

Será tentador considerar esta expansión como la fase siguiente del capitalismo de estado de China: una movida conscientemente orquestada por el Gobierno y por el Partido Comunista para incrementar la influencia y el poder de mercado de China en el exterior. Esto es, en el mejor de los casos, una simplificación y en el peor, un error. La explicación más probable es que las empresas de propiedad privada de China -aunque sea con la bendición del partido- desean ser actores globales por sus propios motivos.

A menudo se considera que el capitalismo de estado consiste en la capacidad de China de controlar la economía por medio de las empresas del estado, que reciben préstamos bancarios preferenciales y subsidios gubernamentales. En verdad, los líderes de China han intentado algunas veces hacer eso. Pero la realidad es más confusa. Esos esfuerzos a menudo han fallado y las empresas privadas han constituido el principal motor de crecimiento económico de China. Eso es lo que sostiene el economista Nicholas Lardo, del Peterson Institute, en su nuevo libro, “Markets Over Mao: The Rise of Private Business in China.”

Desde 1978, cuando el premier Deng Xiaoping lanzara las reformas económicas de China, ha habido dos transformaciones básicas de la economía, escribe Lardy. La primera ha sido el viraje de las decisiones sobre precios de las entidades gubernamentales al mercado. A fines de los años 70, pocos precios se establecían en el mercado; para 2003, más del 95 por ciento de los precios de venta al público y de alimentos eran establecidos por compradores y vendedores privados. Algunos precios -gasolina, electricidad, agua, transporte en ferrocarriles, servicios postales y telecomunicaciones- aún son controlados por el Estado, pero esas excepciones son “corrientes en otras economías de mercado,” señala Lardy.

Para 2011, las empresas administradas por el Estado representaban sólo el 26 por ciento de la producción bruta de China

En la teoría económica los precios establecidos en el mercado promueven la eficiencia y el crecimiento. Los precios se elevan cuando hay poco suministro de productos o servicios, lo que lleva a la expansión de los productores existentes o a la formación de nuevas empresas. En forma similar, las presiones competitivas favorecen a las empresas eficientes contra las no eficientes, en lugar de imponer precios idénticos para ambas.

La segunda transformación importante, dice Lardy, ha sido el constante cambio de las empresas estatales a las privadas. Ese factor también favoreció la eficiencia y el crecimiento, porque las firmas privadas tienen incentivos mayores para maximizar las ganancias manteniendo los costos bajos y proporcionando productos que satisfagan la demanda del mercado.

Un impresionante despliegue de estadísticas sostiene la conclusión de Lardy. Para 2011, las empresas administradas por el Estado representaban sólo el 26 por ciento de la producción bruta de China, mientras que a fines de los años 70, representaban casi un 80 por ciento. En 1978, los puestos de trabajo del sector privado -principalmente las firmas familiares pequeñas- representaban menos de un 1 por ciento del total, en las zonas urbanas. Ahora representan alrededor de dos tercios, calcula Lardy. (Observen también que estas cifras excluyen a trabajadores agrícolas y empleados de firmas de posesión extranjera; ambos sectores son en su gran mayoría privados).

Sin duda, muchas firmas estatales poderosas, las más prominentes tres enormes compañías petroleras, siguen existiendo. Pero la expansión gradual de las empresas privadas continúa, sostiene Lardy, por un motivo poderoso: las empresas privadas dan más ganancias que las públicas. Eso les brinda la posibilidad de financiar nuevas inversiones, lo que contrarresta de lejos el acceso preferencial de las firmas estatales a créditos bancarios y subsidios gubernamentales. En 2012, informa Lardy, la tasa de rentas de las firmas privadas sobre sus bienes -una amplia medida de rentabilidad- era casi el triple de la de las empresas estatales: 13,2 por ciento versus 4,9 por ciento.

El capitalismo de Estado es un término elástico; puede significar lo que la gente escoge que signifique. Lardy ha demolido una versión común: que las empresas del estado permiten que el gobierno guíe el crecimiento económico. Pero no ha resuelto la importante cuestión del nexo entre el Partido Comunista y las empresas de China. Tal como lo señala Lardy, el partido ha reclutado con entusiasmo a empresarios como sus miembros y los empresarios a menudo han buscado con entusiasmo las conexiones del partido para avanzar sus intereses comerciales.

¿Quién domina y con qué fin? Mientras las empresas chinas se expanden en el exterior, aún queda la pregunta de en qué medida están impulsadas por intereses comerciales o en qué medida sirven como instrumentos de una política de estado. En forma similar, no está claro si, en sus leyes y reglamentaciones internas, China discrimina contra las firmas extranjeras para dar una ventaja a las locales, o en qué medida lo hace. Pero ésas son preguntas para otro día.

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