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La Maga Verde

Tomar absenta hecha en Barrio Hipódromo. Dejar fermentar alguna que otra historia
La Maga Verde

Por Redacción

Por JOSE SUPERA
Escritor

PRIMER SHOT

“Te presento a la Maga Verde. Con esto te vas a poner hasta el culo”, me dice el catalán Joaquín Bernad Caballero. Es dealer de absenta en bares y salas de rock de la ciudad. La luz del sol de la tarde lo pinta de misterio. Es como un duendecito: su calva, sus bigotes manchados de tiempo y tabaco, un ser mágico, de esos que se maravillan con la vida, con lo simple, de los que te cuentan algo y se sorprenden de lo propio, pero también de lo ajeno. Ahí me siento en sintonía.

Ingredientes de la absenta: Ajenjo francés (planta), anís estrellado, anís verde europeo, semillas de hinojo y hierbabuena.

Le mandan por correo desde Europa el ajenjo francés, en paquetes de un kilo. Explica el proceso: macerado todo eso durante, mínimo, 90 días, con alcohol de cereal de 96 grados, luego se baja el alcohol a 80 grados, y con agua de lluvia hago almíbar, lo dejo diez días más, ya son 100 días.

Pienso en los ingredientes que componen la destilación de mis sentimientos: raíces de olvido, semillas de recuerdo, unas hojas de locura, unas gotas de miedo, ramas de nostalgia y sueños. Todo viene macerando hace rato. No se cuándo voy a fermentar. Pero siento la mezcla, la destilación adentro mío.

Después el Duende Verde saca un botellón enorme. Un embudo. Pone un filtro de papel en el embudo, y adentro unos pedazos de carbón. Dice que es para eliminar la “tullona”, para quitarle el etanol.

“Mira mi lengua”, me dice, “está así de tanto tomar absenta”.

Me habla en catalán, en francés, me pierdo en el idioma. Dice que la verdadera forma de tomar es como me la está preparando. Una parte de absenta, tres de agua fría y una cuchara de azúcar disuelta.

SEGUNDO SHOT

Aviñón, Francia. El famoso puente. Nuestro Duende Verde durmiendo ahí junto a Mariela, su pareja. Es de noche. Ahora amanece. En unas horas se van a cruzar por primera vez con la misma viejita que se sienta todos los días en la puerta de su casa a tomar absenta. Ellos están parando en esa ciudad desde hace unos días. Hacen su espectáculo de estatuas vivientes. Todos los días ven a la misma señora de 80 años sentada en la vereda. Tomando el líquido verde. Varias veces les ha convidado. Varias veces le han pedido la fórmula. Siempre la misma respuesta. “Yo puedo convidarles de todos mis secretos, pero nunca podría decirles de qué están hechos”.

TERCER SHOT

No te voy a perdonar nunca, Aurora. Y fondo blanco de líquido verde. Que quema. Recuerdo y esófago. También estómago y corazón. El Duende Verde me mira. No le digo nada pero me doy cuenta que estoy haciendo el duelo con el trago amargo de absenta.

Estoy acá para hablar de esa bebida.

No de aurora.

Aurora.

Que ahora se mete en mis pensamientos, se cuela en esta nota, un gusano en mi cabeza, pero no tengo que hablar de ella. Por qué es que aparece ahora. Se murió hace dos meses, casi. Ya hice el duelo. Ya le escribí un poema. Ella me mandó a la mierda. Para mí estás muerto, me dijo, y me colgó el teléfono. Y nunca más la llamé. A mi madrina literaria, a mi Maga Verde.

CUARTO SHOT

Ahora tomo la absenta diluida en agua y con azúcar. Lo sigo escuchando. “La viejita que conocimos en Aviñón, la primera vez que me da de tomar, me dice que la absenta es una bebida para tenerle respeto, miedo nunca, pero sí mucho respeto. Al año siguiente volvimos a trabajar a esa mágica ciudad y otra vez volvimos a ver a la viejita que tomaba absenta todas las tardes en la puerta de su casa. Le insistí tanto que un día me dijo que me iba a decir cuál era la receta, pero que yo tenía que contarle el secreto más importante que estuviera fermentando adentro mío. Como erás, hoy tengo la receta...”

Y otro sorbo y otra vez me viene Aurora. Quizás me viene porque ella fue un trago amargo, difícil de olvidar, algo que me va a quemar por siempre.

El Duende Verde me dice que con Mariela recorrieron gran parte de España. Vivieron en un bosque. Junto a un húngaro que no hablaba una palabra en español y tocaba todo el tiempo su acordeón. Trabajaban de estatuas vivientes. No podían dejar de moverse de una ciudad a otra. Eran caminantes. Arte nómada. Pero antes de conocer a Mariela se había recibido en Cataluña de sociólogo. Trabajó en agencias de publicidad y hasta fue Manager del grupo La Unión, los de la famosa canción “Lobo hombre en París”.

Después llega Mariela. Ella es artista plástica. Aunque no trabaja de eso. Hablamos de que uno es lo que se siente. Seguimos hablando de cosas de la vida. Son gente noble, sencilla. Fueron recogiendo retazos de tiempo, historias que juntaron de la calle: gente muy, pero muy rica. Siento que podría quedarme todo el día tomando absenta y charlando con ellos. Pero me tengo que ir. Hay algo que siempre me dice que me tengo que ir de los lugares donde empiezo a sentirme cómodo.

Cuando me quiero parar, mi cuerpo es una seda. Mis músculos son agua y absenta y lentitud. Una lentitud dulce, armoniosa.

Les agradezco a los dos.

Bernad me dice que estoy invitado a volver cuando quiera a por más absenta. Nos damos un abrazo sincero. El atardecer de barrio Hipódromo me envuelve.

QUINTO SHOT

Pienso que para eliminar el etanol de mi cuerpo, lo mejor que puedo hacer, es caminar. Me bajo del auto en el centro. Es un caos. La gente está desquiciada. Mi sangre tiene absenta y quietud. Me muevo entre ellos. Camino como poseso, un estado ahora inducido por el espíritu de las fiestas, de negocio en negocio, de vidriera en vidriera, reflejos, amable con algunos soy, a los otros ni cabida, alguien me choca un hombro, se caen unas bolsas, me putean, yo sigo, soy un alegre en este mundo triste inyectado de hormonas de decadencia.

Entro en un negocio cualquiera.

No sé qué venden. Pero al contrario de los otros, está vacío. Me acerco al mostrador. La mujer me mira extrañada. Le digo que estoy buscando..., que estoy buscando algo como para..., que en realidad lo que necesito es... Y después no digo más nada. Me quedo en silencio. La mujer me mira. Sonrío. Camino hacia atrás. Salgo del negocio. En la calle recuerdo a Aurora por última vez. El sabor amargo todavía en mi boca. La absenta y su efecto se desvanecen. Lo otro va a seguir siempre acá.

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