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Romance entre literatura y crónica policial

El comienzo de una famosa novela de García Márquez. Testimonios de Arlt y escritos de Soriano. Los casos Penjerek, Robledo Puch, Briant y Barreda. Opinión de Víctor Gil y de Hipólito Sanzone, que cubrieron homicidios resonantes

Por: MARCELO ORTALE

31 de Mayo de 2015 | 00:33

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo…”, dice el comienzo de un libro de García Márquez, considerado por muchos estudiosos como arquetípico de la fusión entre la literatura y la noticia policial. Así empieza, en realidad, su “Crónica de una muerte anunciada”, escrito en 1981, cuando el novelista colombiano había vuelto a cultivar su oficio de periodista.

¿Cuál es el invisible nexo que unió a la crónica policial con la literatura? En el periodismo hubo siempre grandes cronistas-escritores que convertían homicidios o robos de bancos en obras de arte. Lectores apasionados, certeros en la pesquisa, bohemios, trasnochadores, aún quedan algunos dando vueltas por aquí y por allí.

A Roberto Arlt le preguntaron una vez qué le gustaba de las crónicas policiales y dijo: “Indudablemente, el oficio del periodista es de lo más singular que existe en lo de aventuras extrañas”.

La historia de la prensa nacional enseña que el diario Crónica se consolidó al año de ser creado, gracias al caso de Norma Mirta Penjerek, una muchacha de 16 años de edad cuyo homicidio quedó sin esclarecer. Haber convertido a un sospechoso –el zapatero Pedro Vecchio, inocente de toda culpa- en una suerte de vampiro depravado puso en vilo a la opinión pública y quintuplicó el tiraje del nuevo vespertino. Una denuncia falsa y un novelista anónimo fueron los responsables.

El otro ejemplo sugestivo es el de La Opinión, cuyo director Jacobo Timerman se oponía a insertar en las páginas de su diario a la sección policiales. Pero alguna vez, en 1972, apareció el “Angel Rubio” (Carlos Robledo Puch), experto en el arte de matar en serie. Entonces lo sacaron a Osvaldo Soriano de Deportes y lo mandaron a cubrir, con su maravillosa prosa, aquella locura de muertes.

Claro que el agua corre bajo los puentes. Y el río nunca es el mismo. Por dar un solo ejemplo: en los últimos años desaparecieron los sátiros, esas criaturas míticas que poblaban las columnas policiales. Nadie sabe ahora en dónde está el sátiro de la bicicleta, el de la bombacha, el que corría por las medianeras de Ringuelet. No se conoce en qué esquina se perdieron esos faunos enfundados en buzos, que aterrorizaban los suburbios.

Los sátiros migraron, como los cuchilleros que monopolizaban el delito en el siglo XIX. Pero también se fueron, se están yendo de a poco aquellos viejos cronistas policiales, reemplazados ahora por movileros de TV, por conductores y opinadores que en cuestión de segundos le echan la culpa a efímeros “perejiles”, a homicidas que duran lo que una estrella fugaz sin dar tiempo a que se les haga un prontuario.

ROBLEDO PUCH

Vale aquí reproducir la primera crónica de Soriano, sobre el caso Robledo Puch:

“Iluminados por el soplete, Robledo y Somoza trabajan callados y serios. Robledo sostiene el aparato que perfora el material mientras su amigo sigue sus movimientos con atención. El trozo de acero está por caer y Robledo lo ayuda con un golpe. Ninguno dice nada. A Somoza acaba de ocurrírsele una broma acorde con la circunstancia. Pasa un brazo alrededor del cuello de su compañero y aprieta con suavidad, cada vez más. Robledo le da un codazo y lo lanza hacia atrás. Manotea el revólver que tiene en el cinturón y dispara. Asombrado, quizá sin entender lo que ocurre Somoza cae y articula una explicación que es apenas un gemido. Robledo lo observa unos instantes, levanta su brazo derecho y dispara otra vez. “No podía dejarlo sufrir. Era mi amigo”, explicará después. Se ha quedado solo, con dos cadáveres junto a él -antes ha matado al sereno Manuel Acevedo-, pero eso no le preocupa”.

PETCOFF

Emilio Petcoff había nacido en Bulgaria y llegó al país con su madre, en 1940. Se afincaron en Misiones y desde allí se hizo periodista, para pasar varias décadas en Clarín como cronista policial: “Era de la gran vieja escuela. Un maestro de los que enseñan con el ejemplo, sin pedestal, sin puntero y pizarrón. Era de alambre, pero vigoroso; guardaba en el cajón de su escritorio una petaca con algún contenido milagroso que sorbía de tanto en tanto”, recuerda su colega Alberto Amato.

A mediados de los 90 salió de la cárcel de Olmos un preso célebre, extremadamente culto, al que se había sobreseído por falta de pruebas en el homicidio de una mujer. Petcoff, en la conferencia de prensa, le hizo al liberado una sola pregunta: “¿usted con quién se siente más compenetrado ahora, con Raskolnicov (el personaje de Crimen y Castigo), con Joseph K (el de El proceso, de Kafka) o con Leonard Vole (el acusado de Testigo de Cargo)?”. El interpelado lo miró con seriedad y algo de admiración por la pregunta y le contestó…: “No, claro, me identifico con Raskolnicov…”. Petcoff se reclinó sobre su silla y en voz baja le comentó al periodista que lo acompañaba: “Este tipo es culpable. La mató él…”. Se habían juntado, otra vez, literatura y crónica policial.

CASO PENJEREK

Víctor “Poroto” Gil se inició como cronista en 1953 “de la mano de Saverio Redoano, uno de los encumbrados profesionales de entonces”. Lo asignaron a Policiales y allí, dice, “conocí una nueva forma de ver la realidad, que se emparentaba más con lo literario que con lo legal, a diferencia de lo que acontece ahora. Los casos policiales eran la historia de sus protagonistas, sus vidas. La redacción de la crónica era necesariamente extensa, detallada, pero escrita de modo que cautivara al lector”.

Gil fue cronista y llegó a secretario general de El Plata, un inolvidable vespertino platense. Después sería director de El Argentino y por último jefe por muchos años de la corresponsalía de La Nación en nuestra ciudad. A Poroto Gil le tocó cubrir el resonante caso Penjerek. Recuerda que “Norma Mirta Penjerek era una joven de 16 años que vivía con sus padres en Floresta. El 29 de Mayo de 1962 salió de su casa para asistir a su clase de inglés y nunca regresó”. Dos meses después hallarían su cuerpo enterrado en el fango, determinándose que había sido estrangulada.

Un año después es detenida una prostituta en Constitución. “En la comisaría, para sorpresa de todos, declaró que a Norma la había asesinado Pedro Vecchio, un zapatero de Florencio Varela que, se decía, reclutaba jóvenes para ofrecerlas en orgías a hombres de la clase alta porteña. Todo resultó una mentira urdida por un fotógrafo para vengarse de Vecchio por una cuestión de familia…Lo cierto es que a partir de la hipótesis de las orgías con personas encumbradas, el caso cobró una tremenda dimensión. Y en este punto se produce una vinculación con otros hechos fantasiosos ocurridos a partir de cuestiones que se instalan como leyendas urbanas”.

Poroto Gil, después un certero cronista parlamentario, fue un gran descubridor de hechos fantasiosos en los barrios. “Intervine en el caso del Hombre Gato –un presunto atacante de parejas y jovencitas y en el del Lobizón, una terrorífica y gigantesca bestia que apareció en Ringuelet, sobre un puente ferroviario. En el primer caso –en 1954- el vampiro se esfumó tras uno de los muros del Cementerio y nunca volvió. En el segundo –años más tarde- la bestia no se hizo presente con la Luna llena, como aseguraba la vieja leyenda”.

La literatura quedaba a un paso: “En una época en que no existían celulares ni Internet y eran pocas las casas con teléfono, los lectores se preocupaban por hacer llegar a los medios sus inquietudes frente a evidencias de estas leyendas” recuerda Gil. “Y la vertiente literaria del cronista policial, hacía el resto. Eran los años del periodismo fantástico –como lo definieron luego- que brilló hasta comienzos de los años ’70”.

CASO BRIANT

En julio de 1984 desapareció de su casa de City Bell la bella profesora de inglés Oriel Briant, cuyo cadáver -apuñalado 22 veces- sería hallado pocos días después en un costado de la ruta 2 a la altura del km 75. Se iniciaba uno de los casos más conmovedores, enigmáticos e impunes de la historia policial argentina.

Durante años el periodista de este diario Hipólito “Pico” Sanzone lo cubrió. “En un tiempo sin internet, sin redes sociales, ni realitys y con una televisión que todavía se cuidaba de decir y de mostrar cuestiones vinculadas al sexo y la violencia, la historia de Oriel y el profesor Pippo se convirtió en un increíble imán de atracción del interés público”, recuerda ahora Sanzone.

“En un tiempo sin la debida conciencia social sobre la violencia de género, en la que los femicidios se metían en una bolsa confusa que llamábamos “crimen pasional”, los detalles de aquella relación tortuosa eran devorados por un público cada vez más ávido de saber”.

“Acaso así se explique por qué el Caso Briant saltó, en pocos días, la frontera del pago chico y se convirtió en un asunto de interés nacional sobre el que escribieron las más certeras plumas de la crónica policial”, dice Sanzone que, años después, se ocuparía de cubrir el más que resonante cuádruple homicidio de Barreda.

En el caso Briant aparece la nota literaria, inevitable: “La historia tuvo, tiene y tendrá todos los ingredientes de una novela negra. Desde intrigas de política internacional hasta menesteres de santeros, macumbas y otras magias de ocasión. Hubo sospechosos inocentes y de los otros. Hubo confesos de confesiones inválidas. Hubo culpables impunes y otros que pagaron con lo peor de la locura”.

“¿Por qué la mataron a Oriel? –se pregunta ahora Sanzone-. Lo preguntado miles de veces en las sobremesas de una Ciudad que no olvida, tiene respuesta: por un exceso brutal de esa forma de amor que es el odio”.

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