Son el puente para que chicos de 6 a 12 años puedan alcanzar una vida mejor. Son el referente de los niños, pero también de sus familias. Son la puerta abierta para que los pequeños vayan cada día a estudiar a un colegio que se transforma en plaza, biblioteca de barrio, club social, pues en la zona no hay nada de eso, sólo quintas en las que trabajan sus padres. Y hasta se han convertido en la vía para que los alumnos conozcan el centro de La Plata, y los de sexto, Mar del Plata y el mar mediante un viaje de fin de curso. Son las maestras y maestros de la Escuela Primaria N° 49 de El Peligro, que cuenta, como otras de la periferia, con mayoría de población boliviana y paraguaya. “El respeto a la docente y el valor que le dan a la escuela, parece de otro tiempo”, subrayan.
Son los docentes de la diversidad, de una nueva realidad que les ha deparado tantos desafíos como satisfacciones.
En nuestra escuela todavía te respetan como docente, pero no ocurre lo mismo en todas, y eso me pone muy triste, dice Mirta Dávila, maestra de 3º
El establecimiento “José Hernández”, que se levanta en el kilómetro 45,500 de la Ruta 36, es el único “punto de reunión social” para los hijos de los quinteros. Y también para sus padres.
A 20 kilómetros de La Plata, la directora de la escuela, Miriam Mendonca, cada mañana recibe a decenas de niños que “no conocen el mar, ni el circo, ni la ciudad”, y que en muchos casos “deben caminar hasta 3 kilómetros para llegar al colegio. Sin embargo, casi nunca faltan, y si tienen que hacerlo piden permiso”, cuenta la docente, agradecida al igual que todas las maestras por “esta costumbre del respeto que les transmiten los padres”, enfatiza.
Todos coinciden en que volverían a elegir la docencia como ejercicio profesional y a esta escuela en particular “por ese especial respeto que les manifiestan los alumnos y sus papás”.
“Vuelvo a elegir toda la vida este camino, enseñar en la escuela pública”, dice Miriam Mendonca, quien considera que en la actualidad “la escuela atiende a la diversidad” y que “el maestro responde a las necesidades de los alumnos, que siguen siendo el afecto, la escucha y la compañía”.
Asegura que no existe un modelo de alumno debido a esa diversidad que aparece en las aulas y para la cual han tenido que capacitarse e ir aprendiendo y trabajando con los chicos.
“La escuela de hoy aborda distintas problemáticas que pueden ir desde la multiculturalidad, la vulnerabilidad y las adicciones hasta el trabajo infantil, sobre el cual centra el esfuerzo este cuerpo de docentes para erradicarlo”, realza Miriam.
“Vienen a nuestro país a buscar una posibilidad de vida, y ‘entregan’ a sus hijos al sistema educativo estatal porque confían, más allá de que esté al alcance”, dice la directora.
El maestro Leandro Moreno apunta que desde hace años llevan a los chicos que egresan a “ver el mar”. Es él mismo quien se “pone el proyecto al hombro” -dicen sus compañeras- y se ocupa de organizar junto con la dirección provincial de Escuelas el viaje al Complejo Turístico Chapadmalal.
La institución organiza numerosas actividades para costear el traslado, y cuenta con la colaboración de la comunidad para obtener el dinero necesario para los viajes de fin de curso.
“Es la única posibilidad que tienen de conocer el mar”, explica Leandro, quien no oculta su preocupación por los niños que, debido al trabajo golondrina de sus padres, pudiesen volver a Bolivia sin conocerlo.
Leandro llegó a la escuela hace 15 años. Lo llevó la tradición familiar. Es que en ese mismo paraje vivieron sus antepasados en épocas fundacionales. En aquel entonces era la posta donde paraban las diligencias camino a capital federal, expuestas al accionar de bandidos, de allí el nombre de El Peligro.
El maestro rural describe a las familias de sus alumnos. “La gente que viene del norte tiene un enorme respeto y confianza hacia el maestro, que los niños internalizan”, remarca.
“Nuestros alumnos no están contaminados por las problemáticas de estos tiempos, como por ejemplo la violencia. La mayoría de los papás no sabe leer ni escribir, por eso no hay apoyo escolar en la tarea para el hogar y tampoco trabajan la oralidad. Las quintas están separadas por muchas hectáreas y no se juntan entre vecinos. La escuela es la plaza, el punto social de los chicos en todos los aspectos, en el estímulo para jugar, en el estar con pares de su edad, en ver una película, en conocer un museo, ir a la República de los Niños. Sus padres no pueden llevarlos y entonces no tienen contacto con la ciudad, no saben lo que es una avenida, negocios, una vidriera, la Catedral o la Municipalidad”, relata.
Liliana Martínez, maestra de 1º A, dice: “Ser maestra en esta escuela es un regalo. Me encanta ser docente, y en nuestra comunidad las intervenciones que hacemos están consideradas como consejos. Eso es lo que hacemos nosotros, aconsejar a los papás. Cuando los integrás y los aconsejás, los sumás”. Y agrega que los alumnos le devuelven el afecto que les da con “la felicidad del egreso”. “Cuando un niño descubre esa satisfacción de saber para qué está y con qué cuenta, esa persona se transforma. El docente debe tratar de ser el espejo de la fortaleza de los alumnos”.
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