Hubo que esperar la muerte de 105 personas para que desde el Concejo Deliberante se propusieran una serie de medidas de dudoso cumplimiento y efectividad para menguar la pandemia de accidentes mortales producidas, en su gran mayoría, por la falta de apego a las normas de tránsito en la Ciudad.
Resulta plausible que desde el legislativo local se muestre, al menos, preocupación por la brutal realidad que exhiben las estadísticas.
Sin embargo no parece haber detrás de las medidas propuestas un profundo estudio de la realidad. ¿Cuáles son las esquinas más peligrosas de la Ciudad? ¿Qué sectores deben ser controlados con mayor rigurosidad, a que hora y durante que días?
¿Se le pide al Ejecutivo la realización de operativos de control de tránsito y de alcoholemia, especialmente los fines de semana?
¿Puede alguien suponer que con 95 agentes -entre inspectores y controladores- se podrá regular un parque automotor estimado en 200.00 vehículos?
Ninguna política punitoria resultará efectiva si antes no se desarrolla una decidida y agresiva campaña educativa.
Educar y multar deben ir de la mano y para lograrlo, independientemente de las ordenanzas -que no deben faltar- se requiere una decidida política que acompañe a la ley.
Claro está, si lo que se busca es algo más que un golpe de efecto.
SUSCRIBITE a esta promo especial