“Las leyes dicen lo que los jueces dicen que dice”. La frase se le atribuye a Oliver Wendell Holmes, miembro de la Corte de Estados Unidos y autor del célebre libro “The Common Law”. Es la más sintética y exacta definición del realismo jurídico.
En nuestra realidad, como nunca antes, se escucha “Que lo resuelva la justicia”. Pronunciada por periodistas, abogados, políticos, ensayistas, constitucionalistas o jurisconsultos en general, la expresión, seguramente, bate el récord de repetición.
La Justicia, valor supremo según Aristóteles -el arte de “dar a cada uno lo suyo” la definían los romanos-, es un concepto abstracto, un “valor” si se quiere, pero al que no se puede atribuir la solución de los problemas. Cuando dicen “que lo resuelva la Justicia” se refieren a los jueces, hombres de carne y hueso, con virtudes y debilidades comunes a todos los ciudadanos y salidos de la misma sociedad que ha engendrado a los políticos, los funcionarios, los empresarios y hasta a los hinchas de fútbol que tenemos.
No se busque, entonces, a un ser excepcional para desempeñar la tarea de un héroe, sino a un buen hombre para cumplir el mandato más elevado que le puede ser confiado: juzgar a sus semejantes con justicia y verdad, protegiendo al débil, castigando al delincuente y absolviendo al inocente.
En eso están resumidas las virtudes que deben caracterizar al buen magistrado en una época de moral incierta y una existencia cotidiana amenazada por peligros a los valores más esenciales, como la vida misma, la paz, la seguridad y la dignidad del ser humano.
JUZGAR, PESADA TAREA
Juzgar ha sido siempre la tarea más difícil, quizá demasiado pesada para la endeblez humana. Al juzgar, intervienen fatalmente sentimientos personales y factores de índole colectiva y social, que tratan de conciliar las leyes con las exigencias de la sociedad. En esto radica la crisis actual.
El juez se encuentra influido, inevitablemente, por las ideas en vigencia, de tipo moral, religioso, cultural o ideológico. No puede abstraerse del ambiente ni de la opinión pública; es un “hombre en sociedad”, que tiene opiniones e intereses comunes con otros. No está solo, sino ligado por solidaridades y vivencias: es casado, divorciado o soltero; nació en una familia acaudalada o pobre, es hijo de comerciantes o de trabajadores; es religioso o librepensador, y quizá, aunque no lo diga, peronista, radical o socialista. ¿Es posible que estas circunstancias no se reflejen en sus decisiones?
Cuando decimos que la Justicia debe ser independiente de la política ¿es realizable, o ilusión políticamente correcta?
Desde hace largos años la probidad e idoneidad de los jueces vienen siendo tema capital. “La administración de Justicia contribuye más que cualquier otra cosa al buen desempeño de los gobiernos y a la tranquilidad de los ciudadanos y por ende a la estabilidad de las instituciones” decía Alexander Hamilton en “El Federalista” en 1788.
Un siglo y medio después, en “Elogio de los jueces escrito por un abogado”, Calamandrei se ocupó del tema con tal enjundia que su posición resulta hoy más vigente que nunca. Publicado en 1935, desarrolla temas como la fe en los jueces; la urbanidad de los jueces; semejanzas y diferencias entre jueces y abogados; las relaciones entre ellos y la verdad, y de ésta con la Justicia. Lo sorprendente es que más de ochenta años después, no ha perdido un centímetro de su fuerza:
Hoy los jueces en Argentina, según las encuestas, carecen de credibilidad
Vayan unas pocas y breves citas:
“Cuando olvidando las sutilezas de los Códigos, los artificios de la elocuencia, la sagacidad del debate, se habla con palabras sencillas, con la conciencia del hombre que pretende vivir honestamente en la sociedad que le toca, la palabra “justicia” vuelve a ser fresca y nueva como si se pronunciase por primera vez.
“Sin probidad, no puede haber justicia; pero probidad quiere decir también justicia a tiempo completo, que sería una probidad a utilizar en las prácticas de todos los días. Y esto, sin ofensa de nadie, se le debe decir a los jueces y también a los fiscales y defensores, cuya probidad no consiste solamente en no dejarse corromper, sino también, en cumplir con su deber día tras día, con esmero, laboriosidad y puntualidad, en la lectura concienzuda de las causas, y en la contracción al estudio del derecho, por esencia, permanentemente cambiante”.
“El juez debe tener el valor de ejercitar la función de juzgar. Es un trabajo duro, no una canonjía placentera”.
Medio siglo después, en 1998, otro magnifico procesalista de prosa elegante, Augusto Mario Morello, se preguntaba desde estas mismas páginas de EL DIA: “¿Cómo, hacer, entónces, que el Derecho, la Justicia y sus operadores cumplan su misión trascendental?
La respuesta es una sola: Jueces probos. Pero ¿Quién le pone el cascabel al gato? Es decir ¿cómo lograr probidad en los jueces?
LA CREDIBILIDAD
El valor fundamental para resguardar la función judicial es la credibilidad (la cita vuelve a ser de Morello).
Hoy los jueces en Argentina, según las encuestas, carecen de esa credibilidad. Las conductas personales indecorosas ostensibles; las cercanías al poder político, las complacencias con intereses particulares poderosos, han contribuido a ese desprestigio.Pero también son innegables la abrumadora cantidad de causas a resolver (delitos contra el Estado, contra las personas, contra la propiedad, delincuencia juvenil, conflictos privados en número alarmante, tribunales de familia con miles de pleitos desgarradores por alimentos, tenencia, industria de juicios por causas laborales, accidentes, verdaderas y falsas denuncias de abuso, amparos, querellas, abogados mal formados, fabricados por universidades fantasmas; en fin, millones de expedientes y fojas y farolerías que, literalmente, hicieron ceder los cimientos de los archivos judiciales de La Plata hace un par de años) y la falta de infraestructura adecuada. Mapas judiciales obsoletos, cárceles vergonzosas, tiempos procesales morosos y burocráticos que hacen que lleguen siempre tarde, han dibujado esta realidad: Los ciudadanos no creen en el poder judicial.
¿Qué hacer? Comenzar un largo camino que nos devuelva la fe en quienes tienen que juzgarnos y preservar nuestra vida, nuestra libertad y la de nuestros hijos y las generaciones venideras. Hay que empezar ahora esta faena inacabable, separando sin miramientos a los faltos de decencia e idoneidad y designando, con selección rigurosa, a los que demuestren conocimientos y “probidad”.
Aquí y ahora, a fines de 2016, hay que poner el ojo avizor de legisladores, periodistas y ciudadanos sobre las numerosas designaciones en ciernes, al menos en nuestra provincia de Buenos Aires.
Sólo con un Poder Judicial conformado por magistrados de esa madera es posible mantener la esperanza que predicaba Morello. Es necesario el aporte de todos: jueces, abogados, colegios profesionales, universidades, opinión publica en cooperación, para afirmar la paz, que es el valor fundante del más movilizante e imprescindible: la Justicia.
(*) Abogado, recibido en la UNLP en 1963
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