El martes a las 17, a pesar de que había bastante movimiento en la esquina de 10 y 60, a un delincuente no le importó ese contexto y entró a robar en una dietética. Pero al final terminó detenido.
Sin llamar demasiado la atención en un primer momento, el ladrón vio que la empleada estaba atendiendo sola y que no había clientes.
Entonces se envalentonó. Fue a encararla y le pidió un vaso con agua. La sinceridad la dejó para después: “Lo que quiero en realidad es tu celular”, le lanzó.
Desconcertada y sin manera de defenderse, Diana le mostró el teléfono del local. “No, dame el tuyo”, le dijo otra vez. Acto seguido le pegó una trompada debajo del ojo.
“Si encuentro algo más te pego un tiro”, volvió a amenazar el intruso, mientras revisaba el comercio en busca de otros objetos de valor y de la plata de la registradora.
Luego salió corriendo. “Yo me asomé a la calle, vi que había un policía enfrente y les grité”, relató Diana. Al parecer, ese efectivo nunca se dio cuenta de lo que había pasado, pero reaccionó ante los pedidos de auxilio.
Así fue que salió a correr al ladrón, igual que un vecino que pasaba en bicicleta.
Al final, el revuelo sirvió para que al delincuente, que se escapó sin cómplices, lo persiguieran por calle 10 y lo pudieran atrapar a pocos metros, sobre 61.
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