Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
La indiferencia generalizada de la gente por la gente ya es una institución que tiene sus arraigos y por ende sus “derechos”. Una de sus prerrogativas es, precisamente, “no ver nunca nada que pueda comprometer”. Algo así le pasó a Enrique, de apenas 25 años de edad, quien había alcanzado un título académico con excelente calificación y sus padres lo habían premiado con un automóvil de última generación. En uno de sus habituales paseos, sin tener en cuenta los límites de velocidad que rigen en las calles, de repente escuchó un fuerte golpe en el exterior del vehículo. Frenó bruscamente, bajó y vio una pequeña marca que le había hundido la chapa de una puerta de su flamante auto. Pocos metros detrás estaba la piedra y a mayor distancia el niño que la había tirado.
Corrió hacia el pequeño, lo agarró por los brazos y lo levantó en vilo apoyándolo contra un árbol, mientras le gritaba: “¿Qué has hecho? ¡Mira que desastre! ¡Mira mi auto nuevo!” Estaba enfurecido y faltaba poco para que le saliera humo por las orejas, mientras seguía gritando e insultando tanto al niño como a su ausente madre. El pequeño, de unos ocho años de edad, lloraba angustiado y decía:
- “Por favor, señor, discúlpeme, lo siento mucho... Yo tiré el cascote porque ningún vehículo se detenía.” Mientras tenía sus ojos fijos en la otra vereda, donde yacía otro niño mayor que él, sobre una vieja silla de ruedas que se había desvencijado.
- “Es mi hermano, le dijo, se salió una rueda de su silla y se cayó al suelo. ¡Yo no puedo levantarlo!”
El joven ejecutivo soltó al pequeño y giró hacia donde el otro estaba caído e imposibilitado de moverse. El niño, lloriqueando, le preguntó:
- “Señor, ¿puede usted, por favor, ayudarme a poner la rueda en la silla de mi hermano y sentarlo en ella? Él está golpeado y es muy pesado para mí... yo soy chiquito”.
Desconcertado, Enrique tragó saliva. Cruzó la calle, levantó al lisiado y lo sentó nuevamente en su silla, mientras acomodaba la rueda zafada de su lugar. Además tomó su propio pañuelo y le limpió las lastimaduras. Con profunda ternura miró a ambos y los acarició: “Ahora, ¿están bien?”
El chiquillo le agradeció con una sonrisa... de esas que no pueden describirse: “Dios lo bendiga, señor... y muchas gracias... y discúlpeme...”.
Enrique siguió con su mirada al pequeño que empujaba con denuedo la pesada silla de ruedas con su hermano, hasta que entraron en una humilde casa. La marca en aquel auto lujoso quedó allí como recuerdo continuo de que en la vida se debe ir mirando, para que nadie tenga que sorprendernos tirándonos una piedra. Dios siempre nos habla al corazón, pero – si nos distraemos – a veces tiene que usar alguna piedra, para que le prestemos un poco de atención. O, dicho de otro modo: la Misericordia de Dios puede manifestarse también por medio de algo que no nos gusta o que nos duele… pero lo importante es el resultado que Dios espera de nosotros, para nuestra felicidad.
Usted, ¿qué prefiere? ¿Estar más atento a la Voluntad de Dios y cumplirla o que le llamen la atención para que no se distraiga de lo esencial?
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