Médico cuya jerarquía trascendió fronteras, Rodolfo Crispiani fue durante casi tres décadas una referencia ineludible en el terreno de la gastroenterologia.
Por eso su fallecimiento, ocurrido a los 56 años, provoca hondo dolor entre los colegas y discípulos que admiraron su excelencia profesional y los pacientes para cuyas familias encarnó, con sensibilidad y compromiso, la esperanza de una mejor calidad de vida.
Rodolfo, a quienes sus allegados llamaban “Batata”, nació en La Plata el 15 de julio de 1960 y fue el fue hermano menor de Mario y Jorge. Sus padres fueron Hilda Scian y Luis Crispiani. Tuvo un hijo, Nicolás, por el que se desvivió hasta el último de sus días.
Tras cursar sus estudios primarios en la Escuela 33 y secundarios en el Colegio San Luis, se graduó en la facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata. Hizo su residencia en el Hospital San Martín, donde se formó como gastroenterologo.
Luego viajó a Europa para perfeccionar su formación. Radicado en Paris, Francia, entre 1988 y 1990 realizó estudios de postgrado en la misma especialidad, y regresó a nuestra ciudad donde se desempeñó como médico especialista jerarquizado en gastroenterología, desarrollando su actividad principalmente en el Hospital Italiano de La Plata. Por la solvencia profesional con la que se desenvolvía llegó a ser jefe del área en dicho centro de salud, en el que se desempeño hasta su fallecimiento.
Además formó parte de los planteles de la clínica Perinat, entre otros establecimientos y atendió su consultorio particular en 14 entre 36 y 37, por donde pasaron centenares de pacientes que siempre lo valoraron tanto por su presteza como por su calidez humana.
Su permanente búsqueda de excelencia se tradujo en decenas de cursos de especialización y en su participación en numerosos congresos nacionales e internacionales, donde presentó artículos técnicos y coordinó diversas áreas para profesionales en temas de su especialidad.
Amó su profesión sin medias tintas; por eso, más allá de que batallaba a diario contra sus problemas de salud, estuvo trabajando hasta mediados de éste año, ejerciendo la medicina con sapiencia y entusiasmo.
En lo deportivo acompañó y disfrutó de su equipo, Estudiantes de La Plata.
Quienes conocieron a Rodolfo destacaron su entrega profesional, sus valores y su trato siempre cálido. “Batata” era auténtico, generoso y buen amigo.
A los suyos y a su profesión le entregó lo mejor de sí, por eso -sin dudas- será recordado como un hombre de bien.
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