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Todas las mujeres

Por Redacción

Por SERGIO SINAY (*)

Mail: sergiosinay@gmail.com

Si un extraterrestre hubiese desembarcado en estos pagos durante las últimas semanas y se hubiera guiado por la publicidad para entender qué es una madre, se habría quedado con la idea de que se trata de una mujer que “necesita” imperiosamente un teléfono celular, que cría hijos y los deja infantilizados por el resto de sus vidas, que desea las cosas más absurdas e innecesarias (como un par de auriculares para llevarlos puestos todo el día), que siente una voracidad especial en un día determinado y que esa voracidad sólo se calma en costosos restaurantes, que tiene adicción por unos aparatos llamados electrodomésticos, que es una limpiadora compulsiva y “necesita” por lo tanto múltiples elementos de limpieza, o que esa mujer que llamamos madre es simplemente un pretexto para comprarnos a nosotros mismos las cosas que deseamos mientras simulamos adquirirlas para ella. Así, por ejemplo, nuestro amigo extraterrestre habrá podido ver en las pantallas de los televisores cómo un niño extrañamente vestido de adulto se alegraba de que gracias al Día de la Madre él podría lograr que en el mismo comercio donde vendían cosas para ella, le compraran una bicicleta a él. Madre, pensaría el alienígena, es el modo en que los terrestres de esta zona llaman a una excusa.

Ante la catarata de imágenes de este tipo, y al no ver otras opciones, acaso el visitante galáctico terminara por redactar un informe en el que los términos mujer y madre aparecieran como sinónimos y pudieran usarse de manera indistinta. Costaría sacarlo de la confusión. Y la dificultad provendría del hecho de que muchísimos terrestres la comparten. Habría que explicarle que todas las madres son mujeres, pero que no todas las mujeres son madres. Y que no por eso dejan de ser mujeres.

EN BUSCA DE ALGO MÁS

En 1963 se publicó en Estados Unidos un libro que pronto recorrería el mundo y generaría reacciones tanto de alborozo como de ira. Su título era “La mística femenina” y su autora Betty Friedan (1921-2006), que ganó el prestigioso premio Pulitzer por esa obra. Friedan fue una pionera en la reivindicación de los derechos de las mujeres. El libro venía a reflejar las inquietudes de muchas mujeres que, habiendo cumplido con sus “deberes” de amas de casa, habiéndose convertido en madres y en devotas esposas, y tras haber dedicado buena parte de su existencia al cuidado y servicio de otros, se preguntaban, en silencio la mayoría y en voz alta un número creciente de ellas: “¿Esto es todo, esto es la vida?”.

Para esa época ella, que era periodista y había cursado estudios de psicología, estaba casada, tenía tres hijos y había sido despedida de su trabajo durante el segundo embarazo. Sentía un cierto vacío existencial que creyó propio, pero cuando, por encargo del Smith College (un selecto colegio para mujeres enfocado en las artes), inició una investigación sobre lo femenino y efectuó un minucioso trabajo entre decenas de mujeres, se encontró conque aquella insatisfacción estaba generalizada. Eso la impulsó a explorar qué estaba pasando, quizás sin sospechar que esa decisión la convertiría en líder de los movimientos de la mujer que cobraron fuerza en aquella década y cuyo oleaje y consecuencias transformadoras no cesaron hoy.

En “La mística femenina” resonaban las voces de estudiantes, amas de casa, docentes, mujeres de diferentes condiciones económicas, sociales y culturales, todas de mediana edad. Y aunque ha transcurrido algo más de medio siglo desde aquella obra detonadora de un fenómeno social, aún mantienen plena vigencia párrafos que se pueden leer en ella, como éste: “Una mujer debe poder preguntarse, sin sentirse culpable al hacerlo, ´¿Quién soy? y ¿Qué quiero hacer en mi vida?´. No se debe sentir como una persona egoísta y neurótica si quiere alcanzar metas propias, que no estén necesariamente relacionadas con su esposo e hijos”.

“...aunque ha transcurrido algo más de medio siglo desde aquella obra detonadora de un fenómeno social (`La mística femenina`) , aún mantienen plena vigencia párrafos que se pueden leer en ella, como éste: “Una mujer debe poder preguntarse, sin sentirse culpable al hacerlo, ´¿Quién soy? y ¿Qué quiero hacer en mi vida?´. No se debe sentir como una persona egoísta y neurótica si quiere alcanzar metas propias, que no estén necesariamente relacionadas con su esposo e hijos”

Friedan venía a decir lo que fue repetido, actualizado y profundizado por muchas otras pensadoras y activistas en el mundo a través de escritos, de acciones y de su propias formas de vida (entre ellas la australiana Germaine Greer, la estadounidense Gloria Steinem, la francesa Simone de Beauvoir, las argentinas Alicia Moreau de Justo, Florentina Gómez Miranda o la propia Victoria Ocampo). En el corazón del mensaje estaba la idea de que las mujeres son personas integrales, no solo madres. De hecho, antes de publicar “La mística femenina”, Friedan había escrito un artículo titulado “Yo digo: las mujeres también son personas”, que fue rechazado en todos los medios en los cuales los presentó.

Las hijas de las contemporáneas de Friedan, y aún más las nietas, no dejaron que aquel mensaje cayera en el vacío y un número siempre creciente de ellas lo convirtió en actitudes, en conductas, en elecciones existenciales. Hoy, a pesar de las imágenes y dardos subliminales que hayan impactado en nuestro amigo alienígena y en miles de terrestres, se extiende y comprende la idea de que la maternidad es una función en la vida de una mujer, pero no su identidad completa. Cuando esa función es elegida y comprendida en toda su extensión, alcanza hermosas y trascendentes dimensiones. Cuando se vive como obligación (por mandatos familiares, sociales y culturales) suele convertirse en fuente de insatisfacción vital, malestar emocional y, lo peor, resentimientos inconfesados y tóxicos. La secuencia es: primero mujer, luego madre.

SER PERSONA

Si solo el hecho de ser madre permitiera que una mujer se sintiera como tal y fuera socialmente considerada mujer, habría dos instancias de intenso sufrimiento. Una, la imposibilidad del embarazo (o incluso la decisión de no tener hijos, arriesgándose a ser objeto de comentarios y miradas capciosas). Otra, la partida de los hijos ya crecidos. Este segundo caso suele ser origen de sobreprotecciones nocivas tanto para las madres como para los hijos, de retenciones forzadas de hijos bastante crecidos, y de otras conductas disfuncionales. Ello se origina en una pregunta no dicha por temor a la respuesta: “¿Si no soy madre que soy?”.

Hay una respuesta: persona. Ya la dieron Friedan y sus compañeras, contemporáneas algunas, sucesoras otras. En un libro intenso, bellamente escrito y comprometido, cuyo título en inglés es “Without Child” (“Sin hijos”), la escritora, periodista y ensayista Laure Lisle cuenta su propia experiencia, y amplía desde allí la mirada hacia el horizonte de las mujeres que, por decisión propia o por cuestiones ajenas a ellas, no son madres. Y recuerda que la esencia de lo femenino y la luz de la identidad se pueden proyectar hacia y desde muchos campos. El arte, la docencia (excelentes maestras no tienen hijos o nos los tienen aún), el cuidado de otros y mejoramiento del mundo a través de la política, la medicina, el urbanismo, la psicología, la labor solidaria, por nombrar apenas algunos canales.

La maternidad elegida (sea biológica o por adopción) es una hermoso elemento en la exploración del sentido de la propia vida. Y la elección de una vida sin maternidad es otra expresión, igualmente válida y a menudo fecunda, en la conformación de una vida con sentido. Es la plenitud de lo humano expresándose en una mujer, madre o no, lo que haríamos bien en celebrar cada día (no uno solo) con respeto, con cuidado, con equidad, sin discriminación y sin prejuicios. Feliz día a todas las mujeres. Hoy, y mañana también.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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