Por
Nicolás Isasi
Hace algunos años, la dirección del Festival Aix-en-Provence, que normalmente mantiene una línea mozartiana, estuvo a favor de un programa ecléctico que cumpliera con las expectativas de un público más amplio y diversificado explorando nuevos modos de creación colectiva y tomó riesgos artísticos al encargar la ópera “Written on skin” al compositor George Benjamin, con libreto de Martin Crimp, basado en una leyenda del trovador Guillem de Cabestany. Supuestamente la acción tiene lugar en el siglo XI en Provenza, siendo que esa era una de las cláusulas del festival para la escritura del proyecto, aunque ningún elemento escenográfico nos haga pensar en la tierra natal de Paul Cézanne, hoy perteneciente al área urbana de Marsella.
El viernes pasado tuvo su primera presentación en el Argentino y en Latinoamérica. La obra fue creada para 5 cantantes solistas que no solo hablan como sus personajes, sino también hacen referencia a ellos mismos como ángeles, hablando en tercera persona. La música es misteriosa pero no ambiciosa, con una orquesta reducida y peculiar que hace hincapié en los timbres, las disonancias y ciertos recursos de la época, resultando absolutamente extravagante. Entre los instrumentos se podía escuchar desde una viola da gamba bassa hasta una armónica de cristal hecha por un sintetizador.
La partitura fantasmal de “Written on skin”, dirigida en esta ocasión por Lucas Urdampilleta, mostraba la ejecución de instrumentos de forma aislada, casi percusiva, en un conjunto que carece de melodías reconocibles, que perduren en el oyente. Solo en ciertos momentos, las voces se duplican por los instrumentos de la orquesta con sórdidas melodías y densas armonías, pero sin suficiente energía como para llegar al clímax final. También se escucharon algunos ruidos en el foso que nada tenían que ver con la obra en sí, porque hasta los músicos hacían caras y miraban el lugar de origen del sonido, desatendiendo al director por un instante.
Hernán Iturralde logra un Protector potente y eficaz desde la presencia vocal pero con falta de rudeza en su accionar. Jacquelina Livieri lleva a cabo el sufrido rol de Agnés, con buen manejo del registro, sobre todo en los agudos, haciendo buen contrapunto con el Niño, en la voz del contratenor Flavio Olivier. Carlos Natale y Eugenia Fuente interpretan a John y Marie respectivamente. Él posee una voz clara y sensible. Por su parte, Eugenia presenta buen caudal de voz logrando variedad de matices en todo su registro, complementándose con su par. La puesta en escena de Cristian Drut sigue la línea estética y actoral de la representación original, aunque con menos profundidad, disminuyendo el dramatismo con personajes débiles y marcaciones estáticas en cada escena. La escenografía creada con andamios y la iluminación que pasaba del verde al fucsia en el mismo tiempo y lugar, quitaban toda tensión teatral que pretende generar el libreto de principio a fin. La obra entera se vio relegada a la colaboración conjunta de una dupla de directores que por primera vez se hacen cargo de una puesta grande de ópera, suavizando y aplacando las verdaderas condiciones de la escena.
Si bien agotó localidades en el viejo continente, esta nueva producción convocó apenas a un escaso público el día del estreno. Ojalá se solucionen los conflictos todavía irresueltos con la Orquesta Estable, para poder disfrutar de más público y más ópera en la próxima temporada de nuestro gran coliseo lírico.
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