Donald Trump insiste en que la elección presidencial podría estar amañada. Se desconoce si él no comprende el daño potencial de sus palabras, o simplemente no le importa. La afirmación de Trump -planteada sin evidencia- socava la esencia de la democracia de EE UU, la idea de que las elecciones del país son tanto libres como justas, con el derrotado abriéndole en paz el paso al vencedor. Sus repetidas aseveraciones están generando sospechas entre sus más fervientes seguidores, lo que aumenta la chance de que millones de personas no acepten los resultados del 8 de noviembre si Trump no gana.
Las responsabilidades del magnate en tal situación son mínimas: no tiene un cargo público y dice que, si pierde, sencillamente regresará a su “muy buen estilo de vida”. En cambio, sería la demócrata Hillary Clinton y los congresistas republicanos -en caso de que ganen- quienes tendrían que gobernar un país dividido no sólo por la ideología, sino por la legitimidad de la presidencia.
Mientras la campaña de Trump va de crisis en crisis, el candidato republicano sigue denunciando sin fundamentos que Clinton, sus partidarios y los medios están conspirando para robarse la elección. Acusó a Clinton de reunirse con potencias financieras mundiales para “tramar la destrucción de la soberanía de EE UU” y argumenta que a su rival ni siquiera se le debería haber permitido postularse.
Los seguidores de Trump parecen tomar sus reclamos en serio. Apenas un tercio de los votantes republicanos dicen tener mucha o algo de confianza en que los votos serán contados con imparcialidad, según un reciente sondeo de Associated Press y el Centro NORC de Investigación de Asuntos Públicos.
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