Saturnina, la dueña de una verdulería de 520 y 151, tiene al lado de la silla donde atiende un palo grueso de madera. “Es para defenderme de los ladrones”, explica. Sin embargo, no pudo usarlo para evitar que le robaran ayer cuando empezaba la tarde.
Eran poco más de las 14 y el barrio estaba tranquilo. En eso entró un delincuente que primero echó mano del trillado método de simular una compra.
La mujer que lo atendió tardó en darse cuenta de su verdadera intención. Cuando se vio descubierto, el ladrón sacó un cuchillo y la amenazó.
El único interés del delincuente era llevarse la plata de la caja. Distinta era la preocupación de Saturnina, que imploraba para que no le hicieran nada a su hija, que estaba a su lado viendo cómo todo ocurría. De hecho, la chica también fue increpada con el arma blanca.
Con un botín que no llegaba a los mil pesos en billetes chicos, el asaltante dio media vuelta y se fue caminando. Por 151 se alejó unos 100 metros, giró para ver si lo perseguían y después se perdió de vista.
La comerciante no pudo hacer nada para frustrar el robo: el palo de madera quedó en su lugar y las víctimas apenas pudieron pedir auxilio al 911. “Estábamos temblando por el miedo”, reconoció Saturnina, que padeció por primera vez un asalto en ese local.
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