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Una cosa es la caridad y otra, el matrimonio

Una cosa es la caridad y otra, el matrimonio

Por Redacción

Por | ALEJANDRO CASTAÑEDA Mail: afcastab@gmail.com Periodista y crítico de cine

Los conventos otra vez son noticia. Dos monjas se casaron en Italia. La plata, el sexo y el poder hoy están más cerca del limbo que del infierno. Obligadas a ocupar un lugar secundario, algunas religiosas han hecho a un lado el servicio y la obediencia para salir a escena con otro libreto y otras apariciones. Este fue el año de su destape. La cosa empezó en el convento de General Rodríguez, elegido por los kirchneristas más ahorrativos para esconder allí las donaciones. Las orantes y penitentes de Fátima estaban comandadas por una monja veterana y disminuida que se ahorró la indagatoria. La imagen de la hermana Inés arrastrando bolsos dolarizados en esa madrugada de coimas, hombres y escopetas, fue el capítulo estelar de este convento tesorero que apelaba a la biblia de vialidad para que al Kirchnerismo nunca le faltaran escones.

Después aparecieron las monjas de Nogoyá, sufrientes y clausuradas, una cofradía de hermanas aguantadoras que habían hecho del látigo su principal alimento espiritual. No se flagelaban siempre, de a ratitos, según contó una de las ex pegadoras. Habían aprendido de López a usar el auto castigo para poder sacarse de encima todos los bolsos con malos pensamientos.

Ahora en Italia, punto culminante de esta escalada a la fama, se casaron dos monjas. Pasión prohibida, por supuesto. Pero bueno, el amor nunca pide permiso. Cada tanto, en esos regímenes de clausura, la tentación anda picoteando entre los confesionarios, capitalizando soledades y ofreciendo sus manzanas a las más apetentes.

La noticia dice que “con gran impacto en la opinión pública, se casaron a la italiana, por el régimen de uniones civiles, dos monjas, una es Federica y la otra se llama Isabel, tiene 44 años, es doctora en filosofía y se ha pasado la vida haciendo el bien en las misiones católicas del mundo. Se sabe que es sudamericana, tal vez argentina”. Criolla tenía que ser. Isabel aclaró que “salimos del convento pero no dejamos la Iglesia y no nos olvidamos de la fe”. Y Federica admitió que la tiene más difícil, porque pertenece a un pequeño pueblo del sur de Italia. “No solo deberé decir a mi padre que no soy más monja sino que también estoy feliz por casarme con Isabel”.

Nuevo y descollante aporte de las monjas criollas. Felicidad en el uno a uno, sin temor al cupo ni a la excomunión. Isabel y Federica no quieren ser identificadas”. Sus amigas saben de sus dudas a la hora de oficializar un amor que en el convento acaparaba todos los murmullos. Algunas creen que Satanás se encargó una vez más de desbarrancar vocaciones y promesas. Otras repasaron libros en busca de explicaciones. Las dudosas releyeron el manual de tentaciones para ponerse en guardia. Y a la madre superiora tuvo que admitir que poco puede hacer el cielo frente a la terrenal decisión de dos mujeres que, hartas de hacer caridad y mermelada, decidieron olvidarse del prójimo y gastar sus dulces con un amor de cercanías, que seguramente traerá látigos y bolsones

Todo empezó de a poco. El apego inicial se transformó en un desconocido cosquilleo que ampliaba el sentimiento de hermandad. Se fueron mirando con simpatía y empezaron a sentir al unísono que sus pensamientos tenían cada vez menos cielos y más rayos. Isabel se desayunaba con un escalofrío nuevito que no le daba tregua. Y Federica apelaba al santoral y a los libros de filosofía para poder entender ese hambre nuevo que sentía su cuerpo. ¿Por qué la sonrisa de Isabel la alegraba en la mañana y la inquietaba en las nochecitas? Y hubo una tarde que las manos empezaron su tarea, porque ahí se inicia todo. Y hubo un atardecer que hablaron a solas y notaron que los hábitos ahora les molestaban. Y una vez se unieron para ver si eso era nada más que un relámpago. Pero en la intimidad descubrieron que esa tormenta no paraba nunca y que sus votos de castidad se iban deshilachando junto a esa compañera que empezó ocupando sus vigilias y al final se quedó con todos sus sueños. De a poco, como dicen ellas, el amor se abrió camino, a despecho de recomendaciones y ofrendas. Hasta que una mañana de sol se sinceraron y confirmaron lo que las demás imaginaban pero no se atrevían a calificar: que dejaban el convento para irse a vivir con sus deseos a una casita de las afueras, llevando a cuestas un matrimonio, ese territorio prohibido que le impuso un tarifario a su soltería y que las obligará dejar un lado la santidad para aventurarse en otros reposos.

La imagen de la hermana Inés arrastrando bolsos dolarizados en esa madrugada de coimas, hombres y escopetas, fue el capítulo estelar de ese convento tesorero que apelaba a la biblia de vialidad para que al Kirchnerismo nunca le faltaran escones.

Poco puede hacer la alegoría celestial frente a la decisión de dos monjas que, hartas de hacer caridad y mermelada, decidieron olvidarse del prójimo y gastar sus dulces con un amor de cercanías.

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